España es un estado girondino

Chantal DelsolComo un trallazo. Chantal Delsol, filósofa, historiadora de las ideas políticas, editorialista de Le Figaro, lo soltó como un trallazo: España es un país girondino (La Vanguardia, 31.08.15). Lo cual significa, en las coordenadas mentales francesas, que España no es un estado, o que no tenemos solución, o que estamos condenados a ser pasto de mafias, caciques y señores locales. La Gironda era la reacción, el reducto donde se refugiaron los privilegiados –la nobleza y el clero- para anular los logros revolucionarios. En la aceleración histórica que supuso la Revolución francesa, en medio de la grandilocuencia y la sangre con que todo se puso patas arriba, se fueron formulando dos propuestas políticas: la federalista y la radical, más conocidas como la de los girondinos y los jacobinos. Estos se situaban respectivamente a la derecha y a la izquierda en la Asamblea Nacional, y de ahí las “izquierdas” y “derechas” actuales. La guerra parlamentaria derivó en  una sublevación en toda regla, que acabó con la derrota girondina. En cierta manera, fue la victoria de las izquierdas sobre las derechas, la revolución contra la reacción, el radicalismo contra el revisionismo,  París contra las provincias. El comandante Napoleón contribuyó decisivamente a la victoria jacobina, lo que le valió ascender a general, y con un pasito más llegó a Emperador. Y luego, todo lo demás.

Desde la perspectiva jacobina, el poder de la nación es único e indivisible, patrimonio por igual de todos los ciudadanos. Para borrar las huellas tanto del feudalismo como del federalismo, se prohibieron en el territorio de la República las lenguas, dialectos y hablas locales. Y eso explica la Francia actual, donde las antes potentes lenguas regionales han desparecido, donde es impensable diferencia alguna en la Administración pública desde Dunquerke a Perpiñán, incluyendo Ajaccio y las islas Reunión. El acuerdo nacional es que “así es, y así debe ser”. La regionalización solo se plantea como una mejora de la eficiencia: nunca como un “derecho al autogobierno”.

Por eso en Europa no entienden lo que pasa en España. Que la Constitución reconozca los “derechos históricos” de País Vasco y Navarra, que las autonomías desafíen al gobierno central, que las sentencias del TC se puedan incumplir ostentosamente, que haya diferentes fiscalidades, que el presidente del gobierno tenga que ir con pies de plomo para no ofender a ningún barón autonómico, resulta inaudito. De ahí a un estado fallido –estilo Libia- no hay un trecho tan largo. Los independentistas saben que su apuesta es perdedora: pero les queda la esperanza de ganar “por incomparecencia de la otra parte”.

Pero lo más lacerante es que ese ánimo centrífugo haya calado en la izquierda como marca de progresista y revolucionario. ¿Cómo es posible que lo reaccionario, los privilegios, lo insolidario, pase como guay y democrático? Solo se me ocurre una explicación: el franquismo, con sus obsesivos ¡Arribaspaña!, fue el veneno que lo intoxicó todo. Hizo malo todo lo que suena a España, desde la bandera hasta el propio nombre, pasando por los toros y la Hispanidad. Y dio bula a esas atrocidades ideológicas que ahora gozan de impunidad: los derechos históricos, el autogobierno, la normalización lingüística, los ocho apellidos y la independencia. Habrá que esperar: esperar a que pase la inflamación. Que se consuman todos los rastros de franquismo, y luego hablaremos.

Jesús Royo Arpón.
Barcelona-Spain, 18/07/2016

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