Vuelta de turca 2015

Vuelta de tuercaSea cual sea el resultado electoral del 27 S, lo que resulta previsible es que seguirá la dinámica que ha producido una traumática fractura social, simbólica (identitaria) y política. Será difícil, por ejemplo, recomponer la ruptura o agrietamiento de relaciones de convivencia en familias, amistades, profesionales, vecinales…, rotas por la disyuntiva de decantarse a favor del nosotros o con el nosotros y por la demonización de los «otros» (sobre todo, de los que no comulgan con el frenesí nacionalista de lo políticamente correcto). Me estoy refiriendo no a las tópicas y manidas cuestiones del contencioso Cataluña-España, sino al guerracivilismo subyacente en Cataluña. A la confrontación y fracturas internas.  Lo escribía hace unos días el historiador hispanista Henry Kamen (residente en Barcelona y uno de los mejores conocedores de la España y Cataluña modernas), lo escribía ayer mismo el periodistas y escritor Carles Enric López, se aprecia en el vídeo de UPyD, grabado durante la visita de Maite Pagaza a Barcelona para apoyar a los candidatos de UPyD, en que militantes de esta formación denuncian la coacción y se aprestan a «defender» sus derechos y libertades ciudadanas….     

La sangre, de momento, no ha llegado al río, al contrario que otros episodios secesionistas y golpistas contra un régimen constitucional. Pero, hay signos de violencia encubierta y también explícita. La violencia simbólica (quema de banderas, exhibicionismo «porno» de símbolos, eslóganes sobre el robo y el expolio, invasión de espacios institucionales y públicos por símbolos y propaganda nacionalista, adoctrinamiento y represalias en escuelas, «bombardeo» mediático…), siempre latente, se ha exhibido públicamente en el forcejeo de banderas en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona el día de la Mercè, con el aplauso coral de la multitud independentista, que llenaba la plaza. Más significativo aún es observar el rostro de Mas  de sus adláteres (como el día de la pitada del himno nacional en el Campo Nou). Hay también otras violencias soterradas que pueden salir de los patios de vecinos y de los recintos escolares y laborales y explotar… y de la sociedad civil no subvencionada. Y hay una violencia descontrolada que se desarrolla en barrios marginales. Me estremeció un vídeo, tomado en el extra radio barcelonés, en que unos cuantos desarrapados en moto vociferaban e insultaban (con amenazas e insultos gruesos) a un grupo de jóvenes con enseñas independentistas.     

Hay quienes relativizan la naturaleza de la dinámica que se arrastra ya desde hace cuatro años. Confían en la eficacia y futuro de la «tercera vía»: propuestas de reformas constitucionales, nuevas modalidades de encaje, federalismos asimétricos, establecimiento de puentes entre las dos orillas o bandos, diálogo… Otros ven en el Movimiento Nacional en marcha una presión calculada para negociar una fiscalidad y justicia «propias», porque más autogobierno no puede haber. En mi opinión, el diálogo es un simple instrumento de propaganda electoral, porque se trata de una dinámica autista, y cualquier tercera vía ha de partir de un marco democrático igualitario en el que prime la democracia, es decir, la supremacía de la libertades y derechos ciudadanos (individuales) sobre «derechos colectivos», «derechos históricos», identidades comunitarias, cuyo reconocimiento y respeto debe quedar siempre preservado como derecho de los ciudadanos que tienen, sin más, determinados sentimientos de pertenencia o creencias. La primacía de la democracia es particularmente necesaria en Cataluña. El asunto, siempre sometido a la polémica entre multiculturalistas y los defensores de las ideas democráticas de tradición revolucionaria, ha sido en España bien estudiado y formulado; los recientes artículos a este respecto del que en un tiempo fue senador por el PNV, Joseba Arregui, son emblemáticos. No hay confusión a este respecto.

En suma, cualquiera que sea el resultado (previsible con la vigente ley electoral que castiga las ciudades y barrios de nueva construcción, la del cinturón metropolitano, donde reside el 65 % del censo), seguirá la pesadilla nacionalista, el chantaje, el populismo, la demagogia, la manipulación… y, en suma,, la agresión permanente a la ciudadanía democrática. La división no puede plantearse en términos identitarios, en la «balcanziación» de la política. Ahí veo la urgencia y necesidad de que la sociedad civil democrática se movilice para frenar y «derrotar» a los nacionalistas. Será una «batalla» larga y un  planteamiento a largo plazo, pero no puede ser de otro modo teniendo en cuenta el tejido que ha venido tejiendo el catalanismo de modo persistente  desde más de un siglo y, en particular, con las sucesivas vueltas de tuerca desde la Transición.

Se dice que si el recurso del PP al Estatut, la crisis, la corrupción, el malestar social, la indignación…, concurren y explican el ascenso del nacionalismo. Pienso que, desde hace muchos años, en Cataluña, como en el País Vasco, hemos asistido a un crescendo nacionalista por la debilidad de la democracia, afectada por la deriva del régimen de partidos (partitocracia) y la «territorialización» del poder. El vacío provocado por los déficits institucionales y ciudadanos democráticos ha ido siendo colmatado por los nacionalistas; como en otras CC. AA. esos déficits han sido ocupados por las tramas corruptas. Históricamente, los nacionalismos han hecho su agosto en períodos de crisis profundas, en tiempos que en que las democracias entran en crisis o se muestran vulnerables. Esto me parece de libro en el caso catalán. Ni el Estatut suscitó entusiasmo alguno fuera de las élites y castas políticas autonómicas ni la movida nacionalista ha prescindido ni llevado a cabo ninguna ruptura con la trama de intereses privados (por ejemplo, sanitarios), de imputados, corruptos,  despilfarradores, agiotistas, xenófobos, evasores de capital… El «proceso soberanista» no es un movimiento de indignados. El soberanismo en vigor no es el 15 M. Sí que creo que incorpora a nuevas generaciones, huérfanas de valores democráticos, educadas en el resentimiento contra la idea de España y el desprecio del régimen constitucional y espoleadas por el malestar de la crisis. Pero, sus dirigentes, ideas, looks, actitudes, son las de unas clases medias muy interesadas en disponer de un mercado político, cultural, económico y social, perfectamente acotado. Como en los movimientos nacionalistas (fascistas) de los años 30.  

Esas nuevas generaciones se han visto arrastradas por los «constructores de la nación»; son los mismos  constructores y la misma nación que hace un siglo. La «memoria histórica» la tenemos totalmente desatendida en este campo. La preñez de este parto soberanista, en concreto, viene perfilándose desde lustros atrás. Me refiero al parto que supone la marabunta de gentes y banderas que ha ocupado las calles, que se siente fuera de la ley constitucional, que se consideran amos de instituciones y medios públicos, que hacen de la educación su frente de juventudes, que vitorean a quienes proponen la ruptura de la caja única de la seguridad social y de la fiscalidad redistributiva, que marchan abrazados a los representantes de las castas corruptas, a los desmanteladores de la sanidad pública (escándalo sin precedentes), a los tijereteros de las prestaciones sociales, de las leyes de dependencia, a quienes desvían a TV3• fondos destinados al Hospital de Bellevitge, a fugitivos del Tribunal Constitucional, etc.,  

Me he tomado la molestia de recuperar un análisis de los cambios en la situación política en Cataluña, que escribí en julio de 2003. Lo consideré entonces una vuelta de tuerca sobre el panorama que dejé casi tres años antes, cuando me vine a vivir en Málaga. El título completo era más extenso. Se lo envié por correo a algunos de mis amigos en BCN, con los que había compartido «militancias» en la izquierda, A. T., F. B. y el flamenco. Me ha parecido oportuno enviároslo adjunto  (abreviado) para poder compartir con vosotros la observación de cómo estamos quizá en el epílogo (no desenlace aún) del guión que se ha venido trenzando desde hace décadas. Hasta yo mismo me he visto sorprendido viéndolo ahora en retrospectiva.

He estado releyendo también algunos documentos y notas que tengo de 2007, concordantes con lo que hacía prever la vuelta de tuerca de 2003. Leo sobre el «trasfondo turbio, tenebroso, socialmente sospechoso, de perfil democrático bajo, próximo al racismo» del art. 6.1 del nuevo Estatut. Leo asimismo un breve artículo (fraccionamiento del sistema sanitario») en el que se afirma que «cuando los responsables de la Generalitat en esta materia lanzaron el otro día un globo sonda de que se iba a crear para los emigrantes un carné de aptitud, que midiese el grado de aptitud de catalanidad asimilado por el extranjero…,» se crea división social. Me encuentro con advertencias sobre el «disparate de la fragmentación del sistema fiscal y tributario». Un comentarista achaca la política nacionalista del PSC la pérdida de 242.000 votantes, «la cuarta parte de los que le dieron su apoyo en las elecciones de 2003». Un economista critica que «el Gobierno catalán tampoco está de acuerdo en tener que justificar las subvenciones que recibe del Estado por competencias que comparte con él o que son exclusivas de la Generalitat». Un analista escribe que «el estatuto que entra en vigor constituye, según Maragall, una nueva constitución para Cataluña. Un ex dirigente de IU afirma: «Hemos construido un sistema electoral en que la única representación que parece estar garantizada es la de los nacionalistas. La inmensa pluralidad que queda fuera tiene que escoger entre dos partidos con políticas parecidas en muchas materias…». El mismo economista dice en otro artículo: «A la mayoría de los políticos catalanes se les podría aplicar la frase de Samuel Johnson, identifican los intereses de Cataluña con sus intereses. Yo creo que quien confunde Cataluña con el nacionalismo catalán es el nacionalismo catalán, es decir, el propio Maragall». Un historiador sevillano, que estudió en Barcelona, se preguntaba a propósito de ciertas propuestas de fiscalidad «asimétrica»: «¿No nos preocuparía que lo plantearan? ¿No denunciaríamos que se estaba iniciando una revuelta de los ricos, insolidarios, rapaces y egoístas? Pues igual razonamiento y las mismas preguntas han de hacerse a Esquerra y a quienes están dando legitimidad a un partido reaccionario».

No os abrumo más. Solo quería argumentar que si no contextualizamos el show de estos tres últimos años y los que nos esperan en el guión y sucesión de vueltas de tuerca que se han producido desde finales de los años 70 del siglo pasado, creo que no entenderemos nada. Como la pesadilla no acabará este 27S, os remitiré la semana que viene un ramillete de artículos con opiniones críticas sobre el nacionalismo, que me parecen esclarecedoras.  

Rafael Núñez
26 de septiembre de 2015

Enlace al artículo de J. A. Gaciño en que habla de identidades personales, las únicas realmente existentes.

La vuelta de tuerca de 2003. Un espléndido ejemplo de semiótica nacionalista

Podría decirse de los nacionalismos en general y del catalanismo en particular lo que Ralf Dahrendorf  ha dicho del discurso neoliberal de la globalización: que “nos encontramos con ideas que se remontan a años atrás y ahora dominan   la escena intelectual pareciendo que no hay espacio para alternativas” (La Vanguardia, 15-6-03).

El nacionalismo catalanista participa de ese discurso recurrente, con las pertinentes particularidades semánticas, muy acordes con la función simbólica, ideológica y política que han desempeñado la lengua e historia “propias” (1). Pero, lo realmente nuevo en esta “segunda transición” es que la convergencia de los nacionalistas y la izquierda catalana (o “izquierda nacional”) no es ya el antiguo “compromiso histórico” de la Transición, tendente a la hegemonía política que ha venido expresando el hasta ahora llamado proceso de “construcción” o “reconstrucción nacional”, sino una estrategia de apropiación de todo el aparato institucional y del espacio político y de radical exclusión de los “otros”, relativizándose aparentes líneas divisorias como las de derecha (convergente) e izquierda. El pujolismo, en este sentido, y aunque de cara al electorado se mantenga el juego de simulación, ha dejado de ser el régimen a batir. Se trata superar al pujolismo no por el desmantelamiento de un régimen corrupto sino por mayores metas y retos abrir en el proceso nacionalista.

La cadena de connotaciones y significaciones lingüísticas excluyentes de términos como lerrouxista, neolerrouxista, vidalquadradista de izquierda, españolista, facha…, ha recuperado nuevos -por agresivos y radicales- efectos taumatúrgicos, a la hora de crear una frontera con el campo de los excluidos y estigmatizados, a la vez que ha consumado  la “normalización” ideológica, política y social de la mitología que sustenta y envuelve la anomalía catalana en España, el juicio de que España es un mal negocio para Cataluña (S. Cardús) o la tesis del difícil encaje o de la incomodidad de Cataluña en España (J. Pujol). El divorcio –vienen a decir- se ha consumado o está a punto de consumarse.

En suma, el supuesto de la “cuestión catalana” no se plantea como la dificultad del encaje del catalanismo con el proceso liberal y democrático en España sino como la evidencia más significativa de una irresuelta o mal resuelta “cuestión nacional” en el Estado español, reduciendo la idea de España, mediante una avasalladora publicística sin escrúpulos con la realidad histórica, a un aparato estatal autoritario, anacrónico y parasitario, sin entidad política nacional, sin revolución liberal ni procesos democráticos en su historia, sin ciudadanos. La xenofobia (la conciencia de superioridad de siempre del catalanismo) está haciendo estragos en las ideas y actitudes sociales.

Lo fundamental y subyacente en todo ese discurso es que configura un espacio de convergencia y consenso catalanista (que incluye todos los colores del espectro) con el manifiesto propósito de  sustraer el lenguaje y el espacio político catalán a posibles perturbaciones democráticas (eventuales movimientos sociales como los que hubo en la transición) y de mantener viva la “cuestión nacional” en un “Estado plurinacional” (nunca constitucional)  como cuestión inconclusa, mal cerrada o abierta. Lo demás (señas comunitarias e identitarias, soberanismo, independentismo, techos competenciales, federalismos asimétricos, el ser o no ser, déficits fiscales, expoli, etc.) no pasa de ser un requisito previo, ejercicio ideológico multiculturalista y reaccionario (valga la redundancia), muy familiar y presente en la historia del catalanismo.

Como decía Salvador Giner, ese ejercicio ideológico de convertir “lo profà en sagrat” resulta extremadamente útil e indispensable para obtener una hegemonía social y política, que es la que ha propiciado que las élites políticas catalanas (lo que los de UCE llaman “castas autonómicas”, las que aparecen tan bien retratadas en “La segunda mujer” de Luisa Castro), se apropien en exclusiva de su coto político, sin intromisiones constitucionales ni  competencias “estatales”…, ni contestación de esos foranis, xarnegos, altres y nous catalans, asimilados y agradecidos a la “tierra de acogida”, verdadera casa pairal.

Pienso que el conocimiento de esta semiótica nacionalista, hoy triunfante, es imprescindible para descifrar la sustancia catalanista subyacente a través de las cambiantes circunstancias políticas en Cataluña desde principios del siglo XX. Es tan esclarecedora la secuencia lineal desde el XIX a los años que corren como desde el ahora hacia atrás. Me atendré ahora a lo que me parecen factores claves para descifrar el guión o sustancia catalanista de las últimas décadas, desde la atalaya del presente.

En las postrimerías del franquismo y durante la transición, los cocineros de las estrategias catalanistas, preocupados por el vital asunto de la hegemonía, idearon un “compromiso histórico” entre lo que ha devenido el pujolismo y lo que entonces era el PSUC, para garantizar la transversalidad y hegemonía catalanista en los movimientos de oposición al franquismo, cuya mayor expresión sociopolítica fue la Assemblea de Catalunya. (El “compromiso histórico” eran una expresión de las tentativas de establecer una entente en Italia entre el PCI y un sector de la DC).

El nacionalismo pujolista, que anunciaba llegado el momento de “fer política”, además de “fer país”, y que se presentaba como la fuerza convergente de la burguesía, el “pal de paller” del catalanismo y mecenas de la celebrada “sociedad civil” catalana, estableció un pacto con la “izquierda nacional”, la del PSUC, que se suponía había logrado “integrar” (catalanizar) a los xarnegos, altres catalans o foranis de siempre; era en un hipotético protagonismo de éstos en los que los catalanistas –principales beneficiarios del desarrollismo franquista- veían la principal amenaza para el proyecto de “fer pais” (M. Sellarès), con vocación de vertebrar la Cataluña postfranquista. O sea, para el proyecto de “construcción nacional”.

Para los no integrados o no integrables se recuperó la vieja terminología (lerrouxistas y españolistas) o se renovó a tenor de las circunstancias con términos como neolerrouxistas y neoespañolistas… Los demás grupos políticos eran adláteres de estos dos pivotes o quedaban fuera de juego, y para que el fuera del juego político fuera efectivo se excluyó a los que no se atenían al guión del Consell de Forces Polítiques, que incluía sólo a los que tenían patente de catalanidad y dejaba fuera a los “sucursalistas” que tenían sus centros de decisión fuera de Cataluña.

Lo sorprendente del caso, para quienes hemos padecido la hegemonía catalanista como si de un fatum incuestionable se tratara, es que los diseñadores nacionalistas no dejaron el guión atado y bien atado: no contaban con el él éxito de la irrupción de Terradellas en el tejido de esa transversalidad catalanista. En la operación Terradellas se conjugaron varios estados de necesidad, pero fue finalmente capitalizada y llevada a buen puerto por los “reformistas” próximos a Suárez, necesitado de un interlocutor que aceptara su proyecto de reforma política, al margen de las grandes plataformas de la oposición antifranquista. Terradellas, marcado todavía por el trágico desenlace de los hechos de octubre de 1934, se prestó desde un principio al entendimiento con Madrid y más teniendo en cuenta la existencia de un proceso constituyente que desembocó en un régimen constitucional. . El éxito de la operación Terradellas fue un chino en los zapatos de la transversalidad diseñada por Pujol y el PSUC con sus adláteres del socialismo catalán.

El contratiempo tuvo siempre carácter provisional. El irresistible ascenso electoral del PSOE (el de los González catalanes o residentes en Cataluña, no tan integrados como se las prometían los creyentes del mito psuquero y pretendían los artífices de “els altres catalans” o “els nous catalans”) instó a los dirigentes de las familias catalanistas a `poner huevos en todos los nidos y a repartirse –como advirtió después J. Ramoneda- el campo del catalanismo de izquierdas, a subsumir a la Federación del PSOE (un apéndice residual o marginal, con anterioridad), a llevar a cabo la fusión de los socialistas bajo la hegemonía y dirección de los catalanistas y a hundir al crisis al PSUC en una crisis terminal. La desaparición del PSUC supuso la quiebra de un modelo de “integración” y de “izquierda nacional”, de cuya adaptación a los nuevos tiempos y pervivencia se hizo cargo el PSC. Los restos del PSUC (refundado como IC) quedó como patrimonio de las clases medias aficionadas al retrogusto catalanista progre y radical. “Casi nada se escapó del reparto (de la militancia): desde el último resorte de poder hasta la misma oposición todo parecía salido de los mismos cenáculos”, dirá Rafael Nadal (El País, 28-5-03).

Un momento decisivo fue el de la aceptación de  la exoneración de Pujol de las implicaciones delictivas del affaire  Banca Catalana, lesivas para Pujol pero también para la identificación del país con el catalanismo, fenómenos ambos que de forma notoria se urdieron y ataron entre 1979 y 1982. La izquierda comunista y socialista hicieron causa patriótica con Pujol, asumiendo que la denuncia del desfalco financiero y la actuación de la justicia atentaban contra Cataluña. Como diría Francesc de carreras, de aquellos barros, estos lodos.

El abrazo de Felipe González a Pujol, pergeñado en Roma, significaba el plácet de Madrid a la convalidación en Cataluña del “pacto constitucional” resultante de la transición por el “compromiso histórico” del pujolismo con la izquierda; de ese abrazo y pacto originarios emanó la plena aceptación de la “normalización” identitaria (catalanización) de la sociedad catalana, sobre todo, de los González de Cataluña, a cambio de la franquicia de lo que vendrá a llamarse el felipismo para acceder en condición de copartícipe a los círculos de poder catalanes y a cambio del apoyo presupuestario en el Congreso. Fue una pieza clave para articular el triángulo de poder entre las élites de Madrid (éstas con el lema de la “modernización” que eclosionó en el 92, base ideológica y sociológica del desmadre especulativo), País Vasco y Cataluña.

La triangulación de los nacionalismos fue la fórmula con la que se quiso saldar en los 80 la “asignatura pendiente” de la vertebración de la “periferia” y el “centro”, o sea, del ensamblaje de los poderes fácticos estatales y nacionalistas. La celebración de la fórmula y su vigente sostenimiento por potentes e influyentes grupos de presión fácticos y mediáticos, capitaneados por PRISA, tienen la virtud de revelar los intereses a los que la fórmula sirve y, más aún, el particular modelo de Estado de bajo perfil democrático (“plurinacional”, “territorial”…) que se quiere.

Este diagnóstico de la situación no es nuevo. Hace tres años y medio, Francesc–Marc Alvaro recuperaba el término “compromiso histórico” para definir el consenso entre Duran y Maragall en el nombramiento de Josep A. Farrés como asesor del “abrazo territorial” (negociaciones sobre la organización del territorio) entre convergentes y socialistas. Una significativa coincidencia era que en una noticia de la misma página del diario (El Mundo, 30-1-00), Carod Rovira destacaba como “nuestra victoria” la incorporación de los Gutiérrez, Martínez o López” al proyecto soberanista, identitario o “territorial”.  Sin embargo, esa apreciación, aunque respondía a la línea de continuidad subyacente desde la transición y ha estado particularmente presente en la intencionalidad de las diversas propuestas de reformas estatutarias y de las teorías sobre los efectos del déficit fiscal, resulta discreta si se compara con la falta de pudor de los planteamientos  que han deparado la campaña y los resultados de las recientes elecciones municipales. Lo esencial es que se abre la campaña como la gran oportunidad de expulsar al PP del espacio político catalán y se cierra con la oferta de pacto de Durán a Maragall tras las autonómicas, incluida la cogobernalidad, con vistas a la negociación del nuevo Estatuto entre otras razones (La Vanguardia, 18-6-03).

La “crecida moral” del PP tras las elecciones, que dio pie a las pertinentes consideraciones de Francesc de Carreras en “El PP en Cataluña: eppur si muove” (El País, 29-5-03), ha servido, paradójicamente, de acicate para activar y acelerar el consenso nacionalista.

Desde los distintos foros catalanistas se recuperan las viejas ideas y los abusos lingüísticos (me remito a la nota 1) con nuevas pretensiones estratégicas. S. Cardús, argumentando que en Cataluña “el grueso de los partidos (catalanistas) está situado en un razonable progresismo  social activo”, del que queda descolgado “un extremo ideológicamente muy conservador representado por el PP”,  y la falta de respeto al “pacto constitucional respecto a la naciones históricas” por parte del nacionalismo español, anuncia la apertura de una segunda transición por parte de vascos, gallegos y catalanes frente al actual modelo autonómico, y el “compromiso amplísimo en el Parlamento y el Gobierno (catalanes)” para el proyecto de un nuevo Estatuto (La Vanguardia, 16-4-03 y 25-6-03). Oriol Bohigas, por su parte, propone un “memorial para la supervivencia”, que entraña: soberanía financiera para atajar la “sangría del déficit fiscal” (trae a colación las colaboraciones del libro coordinado por J. Ros Hombravella y J. M. Jové) y “asimetrías y libertad de elección” (“independencia, es decir, autodeterminación de las dependencias”) para un nuevo estatus político “lejos de lo que se practica y ha practicado a lo largo de la democracia y la autonomía” (El País, 4-6-03). Ciertamente, lejos de la democracia y de una fiscalidad redistributiva progresiva.

La escala de prioridades y objetivos inmediatos del consenso no ofrecen confusión y vienen siendo reiteradamente expuestos incluso por tribunos “molt assenyats”, y alcanza a cuestiones tan sustanciales para la identidad como las elecciones a la presidencia del Barça, que, al decir de Rafael Jorba, han virtualizado el triunfo de la “centralidad catalana”. Bru de Sala ratifica y certifica que “mientras Catalunya no sea independiente…, si no hay poder para obligar (al uso del catalán)…, hoy por hoy, y en el próximo futuro, la prioridad del catalanismo es el déficit fiscal y el autogobierno” (Culturas, 25-6-03). Entre los análisis que he leído caracterizando la sustancia de esa estrategia de consenso, me ha parecido extremadamente elocuente el de Rafael Nadal (“Los pactos del príncipe”, El País, 28-5-03): la posición de Maragall es abrir la puerta a un futuro pacto con CiU, para “transitar por una especie de período constituyente” (segunda transición) y pactar todo lo sustancial como estrategia del “régimen para seguir en el poder”.

Y como suele pasar en la política catalana, cuando del enemigo se trata, todo ocurre “a Dios rogando y con el mazo dando”. Las actuaciones políticas hacen buenas la incesante industria publicística y la maquinaria propagandista. En lo que respecta a la cohesión interna para alcanzar la plenitud del nuevo “consenso” nacionalista legitimador de cualquier opción política, la progresión es impactante. Insisto en lo de la plenitud consensual por la importancia que para el catalanismo tuvo la lección de Quebec y tiene en el actual contexto de la UE el consenso previo a cualquier fórmula precisa, tal y como ha puesto de manifiesto el análisis de Kepa Aulestia, a propósito del fiasco del empeño de Sarkozy con el referéndum en Córcega (La Vanguardia, 9-7-03).

“Felipe González se ha hecho catalanista”, podíamos leer en La Vanguardia (18-6-03), con una intervención (“parecía una homilía de Pujol”, cuenta el corresponsal del diario), ante una nutrida representación empresarial, que apuntaba a la necesidad de aceptar en Europa las “soberanías compartidas”, las “identidades” y los “sentimientos de pertenencia” como vectores políticos.

Respecto a la reforma del estatuto, que se considera vía preferente  para transitar por la otra prioridad (la del déficit fiscal y la soberanía), se han presentado dos iniciativas que marcan el camino a seguir: juristas de prestigio consideran que el “reconocimiento de los derechos históricos” (insisto: “¡juristas de prestigio!”) da pie para una reforma estatutaria (9-7-03) y el Parlamento catalán reclama la competencia de convocar referendos, argumentando que en un “Estado plurinacional la soberanía es compartida por los pueblos que lo configuran le guste o no al PP”, en contra del parecer de la diputada Dolors Nadal, para quien tal competencia podría “vulnerar la unidad de soberanía, que recae en el pueblo español en su conjunto” (El País, 27-6-03) ; y así, un largo etcétera, coronado por el polivalente uso de la movilización contra la “ley de cohesión” educativa, considerada algo así como la armada de la españolidad; frente a ella, solo es aceptable la cohesión catalan(ist)a para el nuevo consenso estatutario, la afirmación de la incompatibilidad de identidades y la conversión de éstas en fundamento de la “pluralidad nacional del Estado” (La Vanguardia, 9-7-03).

Un capítulo especial de la cohesión social (nacional) que se pretende es la reciprocidad servil que se está produciendo entre los viejos y “nuevos catalanes”, entre los de sangre –portadores de la autenticidad identitaria- y los asimilados. Bustos, buque insignia de cuanto ocurre en el Vallès, tierra de “capitanes” socialistas y ejemplo de asimilado, ofrece a CiU la entrada sin peajes en el gobierno municipal de Sabadell. Con todo, los “capitanes” les recuerdan a los dirigentes de la familia catalanista que esos “otros catalanes” y los “capitanes” se encuentran respectivamente infra representados e infra compensados por los servicios prestados (El País, 18-5-03).

Esto le permitió a Carod Rovira (El Periódico, 4-5-03) celebrar el reconocimiento de la patente de “catalanidad de los descendientes de la inmigración” y la acogida de estos “nuevos catalanes” en una “Cataluña libre, dueña de sus recursos y potencialidades” y emancipada del déficit fiscal, que lastra el bienestar de los catalanes, especialmente de los que menos han participado del “somni català”. Todo en el marco ideológico de un nacionalismo padano (lombardo), de ricos que ofrecen un filtro de integración a los serviles, que tenía precedentes en el catalanismo, pero nunca como hasta ahora, desde que Angel Colom se puso a la labor, ha llegado a tener posibilidades cuajar. Las ideologías revolucionarias y de izquierda, tan presentes en la historia política de la Cataluña contemporánea, eran un dique infranqueable.

De este modo, Cataluña se ha convertido en la principal valedora de la triangulación nacionalista del Estado para la transformación del Estado Autonómico (o federal) en Estado plurinacional, abierto a diversas aspiraciones soberanistas. Pero, el reaccionarismo foral o plurinacional, por mediación del compromiso histórico de la izquierda con el catalanismo,  ha devenido progresismo.

Los nacionalismos son históricamente reaccionarios, han surgido como reacción a la amenaza liberal, al fantasma de democracia y de la revolución, a la globalizadora… El “compromiso histórico” de los 70 cuajó como reacción a la fuerza de la marejada popular en la oposición antifranquista (A. de C.), la estrategia de Lizarra surgió como reacción a la “marea popular” que provocó el asesinato de M. A. Blanco y se sostiene frente a la “amenaza constitucionalista”, y otro tanto está ocurriendo con el catalanismo respecto a esta última. “Se empecina en ignorarlo ese progresismo reaccionario -escribía Aurelio Arteta- para el que la peor calamidad que nos amenaza el día 13 (fecha de las elecciones vascas de mayo del 2001) sería el ascenso del PP y el presunto vasallaje del PSE” (El País, 11-5-2001). El paralelismo está servido.

Desde Cataluña, se echa mano del “rearme de la españolidad” del PP como pretexto, para consolidar la triangulación nacionalista en el Estado con el objetivo seguro de condicionar de manera determinante la estrategia del gobierno del PSOE, asunto capital.

El fiel de la balanza socialista, bajo ZP, se inclina hacia el eje nacionalista (Maragall-Odón Elorza…)/felipista (Chaves…)/mediatico (PRISA), que cocina el menú ideológico del PSOE. Un ejemplo elocuente es la conexión del “Diálogo en Euskadi” de Tussell, paradójico mentor  del citado eje (algo así como el Herrero de Miñón para los nacionalistas periféricos) con la “centralidad catalana” y su estrategia plurinacional: ante la dificultad actual de romper el pacto PP-PSE sobre el nterroirsmo, obligado por circunstancias ineludibles, sí que es posible desequilibrar al funambulista Zapatero (El País, 27-6-03). Sin grandes aspavientos internos, se anulan los expedientes a los alcaldes socialistas navarros que pactan con los herederos de EH, desestiman el llamamiento electoral y postelectoral de Mayor Oreja, el PSC se suma a la posición de todo el elenco catalanista de la Cámara catalana en defensa de la Mesa del Parlamento vasco, PSOE Y BNG forman coalición o firman acuerdos en más de 50 municipios…, y finalmente, Maragall compromete el sí de Zapatero a la reforma estatutaria (ABC, 5-7-03).

Me preguntaban qué podemos  decir, qué podemos hacer, desde la orilla de la democracia, de la movida babélica. He dejado para el final un elemento que me parece clave para valorar el caudal de energías que el catalanismo ha desplegado en el rearme de la cohesión interna del consenso nacionalista ante las primeras las grietas que los precarios movimientos antinacionalistas y, en particular, el Foro Babel, han producido en la arquitectura de la transversalidad durante el último quinquenio. Los efectos han sido limitados, pero suficientes para introducir en el lenguaje político catalán algunos conceptos básicos de la democracia (como ciudadanía, Constitución y sus derivados) que han distorsionado seriamente la aceptación plácida de la imagen de cohesión interna y del consenso parlamentario. A pesar de que a la mayoría de los babélicos era difícil etiquetarlos como fachas y españolistas, como siempre, el rearme catalanista –es lo que se está produciendo de modo agresivo- inventa enemigos o amenazas “externas” con las miras puestas en los “disidentes internos”. A estas alturas la prioridad no es ya hegemonizar la semiótica de signos, símbolos y del lenguaje comunitario, identitario, que delimitan el territorio y lo políticamente correcto;  ahora, la prioridad es volcar cuantos fondos y recursos públicos e institucionales sean precisos en hacer reversible la sociología electoral

Un  repaso a la sociología electoral muestra que el crecimiento de IC y ERC se produce, sobre todo, entre clases medias radicalizadas, que ejercen el papel de élites y nutren las ONGs “catalanas” y los círculos progres (catalanistas), y entre jóvenes descendientes de inmigrantes que, por razones de aspiraciones sociales o por un concepto insolidario del bienestar, se muestran asimismo proclives al discurso lombardo tras las luminarias de las élites mesocráticas. De hecho, también Joan Saura, el “cap de IC” y heredero del PSUC, se ha apuntado de forma pública a la predicación del déficit fiscal, del que Ramona Vilalta empezó a hablar hace unos años en IC. Y Maragall, por su parte, ha hecho una última precisión de lo que significan sus asimetrías, significativa por cuanto la hizo delante de los 550 empresarios que pagaron los 600 euros por cubierto y bajo el campo semántico de “otra forma de relacionarse con España”. Sería histriónica y cavernícola, un acto más de masturbación historicista, la reinvención propuesta de la Corona de Aragón, si no fuera por las veleidades imperiales del asunto: la recuperación de los reinos y fueros de Cataluña, Aragón, Valencia y Mallorca forma parte de la vertebración económica de la región de los 17 millones de habitantes o arco mediterráneo que se extiende desde Montpellier al eje del Ebro (El Mundo, 17-7-03).

Mayor sorpresa me eprodujo el artículo “Contra el frentismo” (El País, 3-6-03), de Josep Ramoneda. De un confuso análisis inicial, sesgado por interesado, pasa a proponer sin tintes comunitaristas lo que los nacionalistas catalanes proponen. A partir de la arbitraria deslegitimación del PP para adentrarse en el espacio político del centro (no se entiende bien por qué no el PP y sí, por ejemplo, el PSOE devorador de UCD), imputa al PP la eventual responsabilidad de impulsar un frente constitucionalista y la tentativa de trasladar a Cataluña el frentismo existente en el País  Vasco, “catastrófico para Euskadi, pero (que) al PP le ha dado muchos dividendos electorales, dentro y fuera del País Vasco”, “como base del discurso neoespañolista” (El País, 3-6-03, “Contra el frentismo”).

El artículo ofrece, desde mi punto de vista, una sarta de confusiones y contradicciones, impropias de otros artículos que le he leído al autor, pero muy propias, a mi entender, de un amplio sector social progre, que como podríamos caracterizar como lector de El País u oyente de la SER (…). Pero, por encima de otras, resulta lamentable y significativo el olvido y silencio del hecho de que han sido sólo militantes y representantes electos de esas fuerzas del frente constitucionalista las que figuran como víctimas de la defensa de las libertades y derechos constitucionales. Me parece, además, que es un reduccionismo simplista, sesgado, e incluso reaccionario, considerar el constitucionalismo (o el patriotismo constitucional) como base del “discurso neoespañolista”, y muy nacionalista asumir sin más (y valga la redundancia) la “asunción de la realidad nacional de Cataluña” (por muy contemplada y asumida que esté por los partidos nacionalistas) y la existencia de un “problema catalán pendiente de resolución”, al estilo de las visiones historicistas sobre el ser y no ser de España.

Pero, confusiones y contradicciones aparte, la carga de profundidad está en legitimar, e incluso beatificar por aquello del sueño del beatus ille del oasis catalán, la transversalidad política catalanista en Cataluña y el consenso catalanista en el Parlamento catalán, incluso esas “demasiadas zonas de sombra compartida”, las de la corrupción las primeras, como único espacio posible del juego político y de la pelea entre derecha e izquierda, aunque debe ser una pelea bastante amañada porque, siendo ERC –según Ramoneda- nacionalista e izquierdista y CiU, de centro y socialdemócrata, nos hemos quedado sin derecha catalanista.

Por último, quiero que precisar que tendríaMOS que superar la compartimentación plurinacional, los ámbitos de decisión propios, el sentido de no injerencia en derechos colectivos o históricos, etc., es decir, ignorar la territorialización nacionalista y hacer política realmente nacional, pues, de lo contrario, no hacemos sino contribuir al éxito de la estrategia nacionalista e ignorar que el “pacto constituyente”  es entre ciudadanos, no entre “pueblos” o “reinos”. Esta prioridad debe serlo de las izquierdas, de las derechas y del centro.

R. N. 16-7-03.

(1)     A título de recordatorio: a) la identificación del “desorden interno” (los fantasmas de la revolución, de la mutación de la jerarquización social, etc.) con la figura del “forani” (un foráneo propio, sólo existente, por otra parte, en la sociedad catalana) asociada a su vez al enemigo externo (el nacionalismo españolista desde el que sólo es interpretable España); b) el icono noucentista, siempre redivivo, de que España  es un residuo argárico,  apéndice norteafricano, el Sur lastrado por oscuras y contradictorias fuerzas amenazantes (reaccionarios y revolucionarios, conservadores y jacobinos, militaristas y anarquistas, currantes carne negra –xarnegos- y parásitos de tez oscura… y un largo etcétera), de donde proceden los fantasmas que perturban el oasis catalán (término inventado ad hoc por Gaziel en los años 30), europeo en su origen y por vocación y destino, y c) la vocación de centralidad y modernidad consustanciales a Cataluña; las referencias a España en las leyendas catalanistas recuerdan a ese otro mundo que para la “civilización griega” eran los persas y para la “pax romana” eran los bárbaros.

(2)     La posición de ERC responde a la secuencia lingüística del nacionalismo, a su semiótica: Primero, sustitución de nación de ciudadanos por la nación del volkgeist (lengua, historia, territorio…) o el pueblo en versión romántica medievalizante; después,  relevo de raza por cultura y desplazamiento del pueblo por comunidad identitaria y nación sin Estado; recientemente, incorporación de las realidades étnicas al discurso diferencialista o teoría del relativismo cultural y creciente presencia del viejo discurso lombardo (el del déficit fiscal, la soberanía fiscal, lastre del SUR, etc.) en el repertorio diferencial o soberanista e integración de ambos (multiculturalismo y regionalización neoliberal) en el de la Europa de las Regiones (o de los pueblos) y la globalización.

Rafael Núñez. Málaga, 17, julio, 2003.

 

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