Impartir castellano en inglés en un zulo

Ahora que hemos recibido la noticia de que vamos a ser país de acogida de refugiados sirios que huyen de la guerra en su país, me gustaría escribir algunas reflexiones desde el pupitre. El segundo día de clase de este curso ya tuve que ser mediadora (casi recibo una patada y un escupitajo) de un conflicto entre un alumno indio y un marroquí. Por lo visto, existe animadversión entre niños según sus países de origen, habiendo colectivos, como los paquistanís y los afganos, que suelen soportar toda clase de desprecios. Desconocía esta animadversión, ya que los inmigrantes de hace unos años eran chinos, sudamericanos, magrebís y de Europa del Este. Soy filóloga catalana. Tengo tres horas semanales de castellano con un grupo que tiene dos alumnos con quienes me tengo que comunicar en inglés. Imparto la clase en un aula que parece un zulo, donde la única presencia de la tecnología son unos cables que cuelgan del techo. Adiós a la innovación pedagógica, señora Irene Rigau, consellera de Ensenyament. Estoy de acuerdo en abrir los brazos a las nuevas culturas y necesidades. Pero que sea con unos medios dignos: traductores de urdu o punjabí (lengua oficial en el instituto), psicólogos y técnicos en integración social.

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