A UN ESPAÑOL PERPLEJO

Antoni Cisteró Percibo que lo que está pasando en Cataluña, los hechos y sus supuestos y manipulaciones, puede dejar perplejos a muchos españoles, deseosos de hacerse su propia composición de lugar, sin caer en los maniqueísmos interesados tan al uso. Lo que sigue es pues, sólo el punto de vista de un catalán que lamenta en lo más profundo la innecesaria y tergiversada situación actual. Vamos a ello, con una pincelada introductoria.

Desde siempre, las oligarquía catalanas y del resto del Estado, han vivido una relación ambigua de amor (cuando se trataba de maximizar beneficios) y odio  (cuando una quería más parte del pastel). En paralelo, con altibajos, existía y existe en Catalunya (al igual que en tantas otras colectividades) un sentimiento legítimo de pertenencia a una comunidad por parte de la ciudadanía, con infinitos matices de profundidad y convicción. La oligarquía ha ido estimulando o reprimiendo tal sentimiento según sus intereses. Este preámbulo sirve para entrar en el origen directo de la situación actual: El pujolismo.

El expresidente hoy denostado, supo (él sí que con verdadera astucia) hacer penetrar en las entretelas de la sociedad su planteamiento clientelar y maniqueo. Convergencia Democrática de Catalunya se hizo imprescindible en cientos de colectivos sociales, mediante hábiles subvenciones y favores (no sólo pecuniarios), a través de su largo periodo de gobierno y su dominio de Diputaciones y Consejos Comarcales. Tal dispendio precisaba de la colaboración necesaria del poder económico, que mantenía así a raya posibles inquietudes de tipo social. En una España heredera de los tics caciquiles del franquismo, todo encajaba de la forma más natural.

Pero ello no hubiera sido posible sin inocular un maniqueísmo inquisitorial. No sólo a los fieles se les cobijaba bajo el manto protector del “president” y su corte; a los díscolos o simplemente críticos o independientes, se les señalaba negándoles el pan y la sal. Un repaso a la historia servirá de ejemplo: Al salir a la superficie el chapapote de Banca Catalana, Pujol impulsó, mediante docenas de entidades adictas (a lo que se vino a llamar ”el pueblo”) un proyecto llamado “Crida a la Solidaridad”, que combinaba justas reivindicaciones de ámbito social y cultural, con una defensa a ultranza del Presidente, identificando cualquier duda o análisis crítico como ataques a Catalunya. Duró algo más de un lustro, hasta que apagado el fuego  judicial, Pujol reinició un acercamiento a la oligarquía española mediante la operación Roca, momento en que las mismas entidades dictaron la extinción de aquel “movimiento del pueblo”.

Y vayamos a la situación actual, originada por dos confluencias astrales: La mediocridad de los grupos dirigentes tanto en Catalunya como en España, y la más dura represión neoliberal, con la complicidad de la crisis generada por este propio movimiento. A la presentación de un nuevo Estatut, avanzado aunque mejorable, refrendado por la ciudadanía, el Parlament y las Cortes, y bajo promesas de respeto por parte de Zapatero, se puso en marcha el rodillo judicial conservador, anuncio de la posterior manipulación popular. Más allá del articulado, susceptible de opinión, la cerrazón del Constitucional se percibió en Catalunya como un ataque al libre albedrío de un pueblo, y de ahí la exigencia del “derecho a decidir”., que originó una gigantesca manifestación de rechazo y proclamas de dignidad. A ella fueron independentistas y no independentistas, afectados por los recortes e indignados del más variado pelaje. Cientos de miles de personas, en actitud civilizada pero beligerante, que pusieron los dientes largos a quién llevaba tres años dándoles dentelladas.

Así que se puso en marcha, de nuevo, el agit-prop, la maquinaria social (viciada en la estructura, pero compuesta de cientos de miles de honestos ciudadanos) a la  vez que se convocaban elecciones. Pero para sorpresa de Mas, que pidió una adhesión mayoritaria a su figura como adalid del “derecho a decidir”, volvió a perder el acostumbrado 20% de escaños. Así que, con la gente ilusionada, se procedió a dar otra vuelta a la tuerca hacia la radicalización. Ya no servía el tal derecho, era insuficiente. Para subir al Everest, se desdeñaban los campamentos intermedios. Antes de calzarse las botas se prometía ya llegar a la cima.

Este proceso de radicalización y aceleración, como Alvia en una curva, fue expulsando progresivamente del proyecto inicial a numerosas organizaciones, en especial las que, a pesar de pedir mayor soberanía para Cataluña, seguían denunciando los recortes y el mal (por ausente) gobierno del President. A cada acelerón, la fuerza centrífuga disminuía el pasaje: ICV-EUiA con grandes tensiones internas y defecciones, PSC, con dolorosas escisiones. Incluso se ha roto CiU, acarreando más escisiones en Unió Democrática. Los que se caían (o les empujaban), pasaban a engrosar las filas de los malos catalanes, cercanos a los “españoles” (concepto paraguas para hacer entrar en él a toda la población, como si todos fueran partidarios de la cerrazón y estulticia del PP). Tal proceso ha significado también grandes tensiones (más o menos ocultadas) en las propias ERC y CDC. El 27S está tan cercano, que éstas últimas no aflorarán hasta los comicios, pero ahí están. Aquí se ha hablado de grupos y organizaciones, puesto que a nivel popular, manteniéndose la aproximación festiva a un futuro ideal, sigue existiendo la adhesión de cientos de miles de personas, adhesión y votos que se disputan los promotores del proceso mediante una creciente radicalización.

En resumen: nos encontramos ante una esquizofrenia colectiva, azuzada por intereses partidistas (que no de nación). Ante el hecho de que nada es lo que parece, ni las palabras corresponden a lo que de ellas dicen los diccionarios, se ha optado por simplificar el mensaje e intensificarlo en los medios. Es preciso el acto de fe, ante la falta de elementos sólidos dónde agarrarse:

DERECHO A DECIDIR: Aunque el propio independentismo ya ha abjurado de él, cabe señalar que de decisión había poca, al ser no vinculante, convirtiéndose entonces en pura petición de opinión.

LABOR PARLAMENTARIA: Durante la corta legislatura, el teórico primer partido de la oposición ha actuado como aliado incondicional del gobierno, dejando vacio el rol de seguimiento y crítica a la labor del mismo. Un ejemplo: Sólo 24 horas después de conseguir la coalición CDC-ERC el control de la Diputación de Barcelona, se ha retirado de la acusación del Caso Palau (Millet).

ELECCIONES PLEBISCITARIAS: Que por parte de CDC, ERC y CUP se han decidido llamar así, aunque no convocarlas bajo este nombre, y no siendo reconocido por la variopinta gama de los otros partidos. Ello merece un poco más de análisis, puesto que la metáfora aplicable es la de que unos han decidido jugar al baloncesto y los otros a fútbol. Sin embargo, la insistencia mediática, que otorga el derecho a decidir (éste sí) al President sobre de qué tipo de elecciones se trata (al igual que de marcar quién es buen catalán y quién no), hace dudar al votante: ¿Puedo coger el balón con las manos?, ¿la copa, qué federación la dará? Cabe señalar que esta dicotomía se aplica, (con la CUP como gozne) también a los que están únicamente por la independencia y después ya veremos, y los que priorizan el ámbito social, único camino para pensar en mayores grados de soberanía.

EL DÍA DESPUÉS: Habrá ganado uno de los dos esquemas (plebiscito/autonómicas al uso), previsiblemente con diferencias ajustadas. En cualquiera de los casos, se tratará de caminos divergentes, con el consiguiente daño a la gestión diaria de los asuntos comunes. Así, si los partidarios de la independencia alcanzan 68 o más escaños, los sesenta y pico perdedores no tendrán ninguna ley que llevarse a la boca, ya que el Parlament iniciará los pasos para una declaración unilateral de independencia como única meta. Y lo hará con un gobierno continuista, con Mas (nº 4) de presidente (verdadero objetivo a alcanzar), pero con parlamentarios surgidos del más variopinto escenario, que difícilmente seguirán en su totalidad el quehacer para el que habrán sido votados. Si, al contrario, es la opción contraria la que alcanza los 68 escaños, los sesenta y pico independentistas ya asumen que no van a realizar la labor parlamentaria (como ha afirmado ya el nº 1 de Catalunya pel sí, Raül Romeva: “o gano o me voy, no me sentaré en el Parlament”). El resultado, sea el que sea, puede desembocar en un Parlament partido por el eje.

EL PROCESO: Desde hace más de tres años, se están celebrando todo tipo de actos divulgativos, en los que se pone de relieve el resultado final del mismo. A nadie le amarga un dulce. Hasta límites increíbles, se detallan las bondades de una Catalunya independiente. Al ser difícil de juzgar con la situación (y la clase dominante) actual, lo que se afirma es pura hipótesis. Sin embargo, lo más predecible es lo que menos se ha explicitado: el propio “proceso”, los pasos a realizar y las dificultades que debería afrontar de seguir adelante. Hasta ahora, los actos son festivos y acogen gran cantidad de gente dispuesta a pasarlo bien mientras se sienten, sincera y honestamente, parte de un proyecto histórico que consideran justo y necesario. Pero se esconden los costos de tal trayectoria. ¿Por qué se escogió iniciar un movimiento (aparentemente de no retorno), en el momento de mayor poder (político, jurídico, mediático, económico…) del más retrógrado PP? ¿No existían y existirán los mismos derechos en momentos donde la política catalana tuviera mayor fuerza ante eventuales oponentes? Incluso si se piensa en la actitud de la Unión Europea: ¿Es el momento adecuado plantear un problema de tal magnitud y con tal acritud entre contendientes, mientras se debate el futuro del euro y de la propia Unión? ¿O es que el momento corresponde sólo a la debilidad política y moral de Convergencia y su presidente? Un pequeño ejemplo para ir finalizando. Estos días se está hablando de constituir la Hacienda catalana, una de las necesarias “estructuras de Estado” para un ídem independiente. Se basará en modelos exóticos, como el sueco o el australiano, que se fundan en la confianza del cotizante con la Administración. En una campaña anterior, la existente Oficina Tributaria de Catalunya, animó a los contribuyentes a presentar sus declaraciones en ella, qué se ocuparía de pasarlas a su homónima española.   Posiblemente por las dudas sobre su eficacia, pérdidas o posibles sanciones, el resultado fue que sólo se presentaron unos 160 expedientes, de los más de 3.000.000 de aquí que se procesaron a nivel español. El “coste” excedía la voluntad de participar. Se comprende que los partidarios del “proceso” intenten minimizar los riesgos y dificultades, ya que el ciudadano (y el elector) no siempre está tan dispuesto al sacrificio como aparentan sus líderes.

EN RESUMEN: El pueblo catalán (mixto, de aluvión, cruce de culturas) tiene orgullo de  serlo, y quiere lo mejor para su colectividad. Lo mismo sucede con cualquier otro pueblo del mundo, con sus matices y relaciones de poder. Pero podríamos encontrar similitudes entre los sueños y ambiciones de los catalanes y de muchos españoles. Sí, hay un hartazgo. En ambos ámbitos se está harto de caciques y cambalaches, de políticos al servicio de las oligarquías que deciden sobre la educación, la lengua, la sanidad, sobre los débiles; de dogmas impuestos por el interés de los poderosos que manipulan, degradándolo, el concepto de democracia, de voz del pueblo, de voluntad ciudadana; que pretenden hablar en nombre de los que previamente han acallado. El sentimiento es sincero y legítimo, y no habría que combatirlo sino esforzarse por comprenderlo; la manipulación (de aquí y del Estado) sí debiera ser rechazada de plano.

España no es sólo Rajoy o Fernández Díaz; Catalunya tampoco es sólo Mas o Boi Ruiz. Ciertamente, puede que la salida a tal degradación sea algo distinta según el ámbito territorial, pero desde luego son muchos más los trazos comunes a la voluntad de libertad e independencia (personal, ciudadana) que los considerados distintivos de una sola colectividad. Así que sólo si admitimos, unos y otros, la duda, la posibilidad de error, con voluntad de reconducir los agravios históricos; sólo si buscamos soluciones comunes a los problemas comunes, respetando las diferencias y el derecho de cada uno a solventarlas a su manera; sólo si nos alejamos de los maniqueísmos y las simplificaciones fácilmente manipulables, podremos pensar en un futuro mejor.

http://convocatoriacivica.info/a-un-espanol-perplejo/

 

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