En mitad de ninguna parte

Párrafos extraídos del artículo en El País

La secesión es uno de esos asuntos que no toleran el equilibrismo. Una frontera se levanta o no. La ciudadanía, a diferencia de la estupidez, no admite grados. A partir de determinado momento dejamos de compartir derechos y libertades con millones de conciudadanos. Por voluntad de una parte, ya no integramos la misma comunidad de decisión y de justicia. La voluntad y el oficio de los nacionalistas nos ha situado en ese terreno y, a estas alturas, entregarse al consolador conjuro de los buenos deseos comienza a ser algo peor que deshonestidad intelectual. La disposición a ignorar las malas noticias, a creer que lo que se quiere llegará a ser y que podemos jugar con situaciones dramáticas sin instalarnos en el drama, es un ejercicio de adolescencia política que no nos podemos permitir. La falta de limpieza mental, a fuerza de hurtar o edulcorar los problemas, los ahonda.

 

Ejemplos de esa inmadurez no faltan. El más evidente está en la trastienda de la esperada pregunta, que han resultado ser dos y malas: ni claras ni distintas no descartan resultados inconsistentes. En el trasfondo del despropósito no hay más que el intento de satisfacer la imposible exigencia de ICV de “una pregunta que permita contestar afirmativamente tanto a los independentistas como a los federalistas”. En realidad, solo había una pregunta, condición de posibilidad de cualquier otra, que permitiera salir de ese atolladero y que yo hubiera ofrecido gratis si me hubieran consultado: “¿Debemos abolir el principio de contradicción?”. Solo bajo el supuesto de que cabe apuntarse a una cosa y la contraria, tenía sentido la reclamación de ICV.

Algunos podrían creer que estas ocurrencias son herencias de los tratos de ICV con la dialéctica hegeliana o —esto quizá sea mucho suponer— con las lógicas paraconsistentes. Pudiera ser, aunque hay razones para pensar que la causa última se encuentra en una atmósfera juvenilmente atolondrada común en la política catalana, tan gestera y ampulosa. Al cabo, no es menor el desatino de ciertos socialistas cuando defienden que en el PSC caben independentistas, nacionalistas, confederalistas y federalistas, esto es, unos que quieren discutir cómo vivir juntos y otros que quieren convertir en extranjeros a sus conciudadanos.

Nadie que piense limpio puede decir estas cosas. Un socialista, menos aún. El independentismo busca reducir el perímetro de la ciudadanía. Los derechos y las redistribuciones solo se contemplan para unos cuantos, los nuestros. Por decisión de unos, otros no cuentan. De hecho, de estar justificado el derecho de secesión (de la rica Cataluña respecto de España), la posibilidad de levantar unilateralmente una frontera, habría que contemplar un equivalente derecho de expulsión (de la pobre Extremadura de España).

Las cosas son exactamente al revés. El acuerdo importante se sitúa al otro lado de la pregunta de ICV o del fantasioso partido “oh, benvinguts, passeu passeu, ara ja no falta ningú”. Federalistas y jacobinos, socialistas y conservadores, no ponen en duda quiénes son sus conciudadanos. Quienes se toman en serio la democracia comparten un compromiso con una comunidad de ciudadanos iguales en derechos y libertades, donde la procedencia territorial es una simple circunstancia geográfica y parcialmente cultural que jamás puede ser fuente de privilegios ni fundamento de exigencias políticas. Sobre esa convicción compartida, los ciudadanos levantan sus discrepancias razonables, la posibilidad misma del debate democrático, de abordar los problemas —entre ellos, una financiación más justa y más eficaz— sin otros avales que la apelación a lo justo y debido.

Formar parte de la misma comunidad política implica que unos a otros nos otorgamos la elemental dignidad de debernos razones. Tenemos la obligación de explicar nuestras propuestas y el derecho a esperar explicaciones de los demás. Con los extranjeros eso no sucede. El que quiere levantar una frontera excluye a sus conciudadanos de su comunidad de justicia y de decisión, no los considera dignos de recibir razones. Por eso, la discrepancia política fundamental se establece entre quienes quieren la ruptura de la comunidad civil y quienes no, entre quienes defienden la secesión y quienes nos reconocemos conciudadanos. Una vez trazada esa línea, comienza la pasión de la democracia, entre gentes que aspiran a entenderse y a resolver sus discrepancias.

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