Fou català lo meu primer vagit

amamantarEl verso de Aribau (Oda a la pàtria, 1832) en realidad es “en llemosí sonà lo meu primer vagit / mentre al mugró matern la dolça llet bevia” (en lemosín sonó mi primer vagido mientras en el pezón materno bebía dulce leche). Lo he adaptado a endecasílabo, que es como titulo mis artículos: un fetichismo como cualquier otro. Ese poema se considera el inicio de la Renaixença, la resurrección del catalán que luego se transformaría en ideal político: catalanismo, nacionalismo, independentismo, etcétera. Lo he escogido porque resume a la perfección la ideología de la “lengua materna”. El lenguaje humano es tan complejo que, si tuviéramos que aprenderlo de adultos, no lo aprenderíamos. Solo puede aprenderse en el estadio inicial del desarrollo cerebral: desde antes de nacer el feto ya acopla sus neuronas al sonido de la voz de su madre. El lenguaje se fija a toda velocidad en los dos primeros años de vida, años que no suelen dejar recuerdos conscientes. Nadie recuerda cómo aprendió su lengua materna, mientras sí suele recordar el aprendizaje de las segundas lenguas. Por eso la relación con la lengua materna es privilegiada: es una impronta indeleble, que se adhiere a lo más íntimo de la personalidad. La lengua materna es como la propia piel, la barrera y el camino para nuestra relación con el mundo y con los demás. Y si no la piel, sí un tatuaje permanente. Las lenguas segundas serían como vestidos que podemos adquirir y usar a nuestro gusto y provecho.

Por eso mismo la lengua materna puede funcionar como marcador personal, parecido a la raza. Hay un paralelismo entre la dotación genética (el ADN) y la dotación lingüística (“el catalán es nuestro ADN”, lo dijo Maragall). La diferencia es de escala: mientras la diversidad racial se ha forjado a lo largo de 100.000 años, la de las lenguas quizá no superen los 10.000 (las latinas, 1000). Y otra diferencia: una nueva lengua puede aprenderse encima de la materna, de manera que un adulto puede ser políglota con más o menos eficacia. Mientras los rasgos genéticos son totalmente involuntarios e indelebles, la lengua puede ser digamos “administrada” a voluntad en cierta medida. Podemos cambiar de lengua en ciertas circunstancias, y sobre todo podemos transmitir a nuestra descendencia una lengua que no es nuestra lengua materna.

Hay toda una filosofía que propugna la identificación entre lengua y manera de ser: pero es una filosofía interesada, trucada, facilona y falsa. Y peligrosamente parecida al racismo: iba a decir filosofía racista, pero creo que es hacerle un favor llamarle a “eso” filosofía. Afirma que las lenguas configuran diferentes “cosmovisiones” (weltanschäung, para decirlo como Herder), es decir culturas, es decir naciones. “La llengua és el nervi de la nació”, suele decir Pilar Rahola. Pilar Rahola y todos los demás. Pero eso es, sencillamente, un invento, un espejismo, basado en las condiciones drásticas de la adquisición infantil del lenguaje humano. Y sobre todo, se trata de un pensamiento no inocente: al postular la existencia de un grupo distintivo (los “x-hablantes”), en realidad se está postulando unos derechos predicables solo de los x-hablantes: es decir, un privilegio, una frontera, una prioridad. Digámoslo claro: los hablantes de una lengua no somos en nada diferentes de los hablantes de otra lengua. Y al cambiar de lengua no cambia nada esencial en nosotros. Somos diferentes, sí, pero no porque hablemos diferente. Entre los x-hablantes se dan todas las diferencias humanas posibles, las mismas que hay entre los y-hablantes, sean cuales sean las lenguas x e y.

Olvídense de categorizar a la gente por la lengua que habla. Hablar una lengua no tiene ningún mérito, todos podríamos hablar cualquier otra lengua del mundo, si la hubiéramos aprendido a los pechos de nuestra madre. Hablar una lengua es un mérito si es algo valorado socialmente, si es un requisito para un trabajo, etcétera. Exactamente igual que saber conducir, o cantar, o tener fuerza física. Olvídense de que la lengua es algo valioso “en sí”, una herencia, una riqueza, un tesoro de incalculable valor, y no sé qué tonterías. La lengua es algo útil. Y es valiosa porque es útil. Y la utilidad se mide por la demanda que de ella hace la gente. Punto.

Jesús Royo Arpón. barcelona-spain
17 de junio de 2015

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