Populismo andaluz

Nube de palabrasOcurre en Andalucía, la región europea con más paro, más fracaso escolar y los servicios sociales más escuálidos. A lo largo de toda su historia como comunidad autónoma, un solo partido político se apropia de las instituciones públicas, reparte buena parte del presupuesto entre los suyos, sus jerarcas se conceden privilegios principescos y, con todo eso, o quizá por todo eso, gana elecciones.

Dicho de otra manera: en una parte de la Europa del siglo XXI, una oligarquía política ha tenido el talento forajido de envolverse en la bandera regional para extraer riquezas, señalando como extraños a los que no se someten a sus ambiciones. «¡Ha ganado Andalucía y ha perdido Rajoy!», proclama su líder tras el resultado electoral. La Andalucía contra la Antiandalucía, como la España contra la Antiespaña, de tan infausto recuerdo. Con este signo político, iniciamos el camino de las cuatro décadas, edad emblemática para la vida de un régimen.

Exaltación localista, clientelismo, corrupción, soflama sindicalista y apropiación de la Administración Pública. ¿Alguien puede citar algún caso de populismo más puro y explícito? Sin salir de España, se le parece el nacionalismo de catalanes y vascos, también con muchos años de gobierno, pero ni mucho menos le alcanza. Para ver algo comparable hay que mirar a la Argentina de Eva Perón o a la Venezuela de Hugo Chávez. Parafraseando al Cervantes de La Ilustre Fregona, cuando decía que para doctorarse como pícaro había que acudir a la Universidad de la picaresca que era Zahara de los Atunes, para doctorarse en populismo hay que acudir a la Universidad populista que es la Junta de Andalucía.

Cuando Susana Díaz tacha a Podemos de populista, no hace otra cosa que endosar a unos competidores un epíteto que, a pesar de serle ajustado, le resulta molesto. Como la iglesia trentina tachando de sectarios a los luteranos. Ninguna palabra de tintes peyorativos es admisible para quien se considera portador de valores eternos. Pero mucho tendría que escalar Podemos en el jerarquía populista para llegar al nivel de liberalidad y desparpajo alcanzado en esta disciplina por Susana Díaz y los suyos.

Este es el panorama general que puede verse desde fuera de Andalucía. Sin embargo, si se mira más de cerca, la realidad resulta más dinámica y compleja. Los andaluces mayoritariamente son conscientes del régimen político que les atenaza y desearían cambiarlo por una democracia más limpia, de administración trasparente, que respete la ley y la igualdad de oportunidades. Esto no es una apreciación subjetiva o voluntarista, sino lo que dice el resultado de las últimas elecciones.

El 65% de los votantes se han mostrado partidarios del cambio político y sólo el 35% ha optado por la continuidad que representa el PSOE. Lo que ocurre es que la composición diversa de la mayoría y las reglas de juego de la democracia no hacen posible que la voluntad de cambio se traduzca en una alternancia política. De hecho, la posibilidad de alternancia se ha alejado por el hundimiento del PP, el partido que durante los treinta y cinco años de autonomía ha encarnado la única posibilidad de cambio. Se ha alejado la alternancia, lo que no quiere decir que se haya alejado el cambio. Al contrario, el cambio está más cerca, pues un régimen populista no puede mantenerse mucho tiempo con la mayor parte de la población en su contra. Una decena de los nuevos diputados puede hacer mil veces más que la oposición del PP en treinta años.

Lo más destacable del resultado de las pasadas elecciones no es que Susana Díaz haya ganado, sino que los andaluces han hundido al PP, finiquitando con ello el sistema de alternancia como posibilidad de cambio político. Si los andaluces han castigado de forma contundente al PP, no es tanto porque lo haya hecho mal en la oposición, que lo ha hecho, sino porque han dejado de confiar en que sea una alternativa, más allá de quitar a los que están para poner a los suyos. El ejemplo ha sido el Gobierno de Rajoy, que aun habiendo enderezado la economía, nada ha hecho por la regeneración democrática. La expulsión de los encausados por corrupción, la eliminación de los aforamientos, las listas abiertas, una administración eficaz y austera, la transparencia del gasto público, la despolitización de la justicia, los servicios y la función pública, sólo se va a lograr con la firmeza de quienes vienen sin mochila y con las manos limpias.

Mi simpatía y apoyo está con Ciudadanos, que dispone de un ideario claramente democrático para la regeneración y un programa económico pragmático para salir de la crisis y crear empleo. Pero también me inspira simpatías Podemos, y rechazo en absoluto el cordón sanitario que pretenden hacerle los temerosos de la casta, siempre dispuestos a estigmatizar a los que amenazan sus privilegios. Unos y otros levantan una bandera tan normal como novedosa: los pactos son para cambiar y no para repartirse cargos, sillones y privilegios. No puede haber más exclusión que la de los violentos y los que se sitúen fuera de la ley, los demás son honorables representantes de ciudadanos andaluces.

Javier Clavero Salvador
Diario de Sevilla. 30/03/2015

Sé el primero en comentar en «Populismo andaluz»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »