«La campaña andaluza es de tan bajo nivel que no se paga la novatada»

 

Acude a Málaga a hablar de populismo en plena campaña electoral. ¿No es como cruzar el infierno con un hisopo, repartiendo agua bendita?
Entiendo por populismo la tendencia, arraigada en prácticamente todas las democracias, a prometerlo todo para todos y escamotear los temas importantes para evitar ser penalizado electoralmente. En este sentido, hay un componente inexorablemente populista en nuestro funcionamiento democrático. Y esto es muy peligroso, porque los populismos no aciertan con el diagnóstico y pervierten y simplifican el debate político; lo transforman en un debate moral, en el que los otros no son otros por tener ideas diferentes, sino por ser malos.

El PP y el PSOE acusan a la nueva camada de partidos de conducirse con grandes discursos paternalistas. Supongo que eso, en teoría, es un arma reversible.
Es curioso que cuando se habla de populismo todo el mundo piensa en Podemos, que es un partido que ha sabido capturar un malestar enraizado en la propia crisis de legitimidad de origen de los marcos democráticos. En la democracia el autogobierno se cede a cambio de resultados, pero cuando estos no se cumplen, y no se depuran las responsabilidades, es lógico que surjan las decepciones. Con Podemos lo que ocurre es que no quedan muy claras sus propuestas, y la estrategia del moralismo urgente, basada en que el de enfrente es un corrupto y un malo, no me parece atinada. Podrían llegar a esterilizar algo muy interesante como el 15M. Un movimiento, que, desde luego, no han sido capaces de canalizar.

Los gobiernos de Aznar y Zapatero desatendieron las señales de colapso que presentaba la economía. ¿Es España víctima de su condescendencia política?
Eso sucedió con la burbuja inmobiliaria; todo el mundo tenía información sobre lo que podía ocurrir, pero nadie se atrevía a enunciarlo por su coste político. Es algo que tiene mucho que ver con la psicología: no nos gusta recibir malas noticias y en este punto la democracia tiene un reto importante. Basta con observar los problemas ambientales; estamos apostando por modelos que van a perjudicar a gente que no está en condiciones de votar y que son las generaciones futuras. Vivimos a costa de ellos y el que se atreva a hablar de parar la máquina sabe de antemano que perderá rédito político.

¿Pecan los españoles de inmadurez democrática e infantilismo?
Estoy muy harto del tópico que identifica a España con un pueblo de cabreros. No somos ni más ni menos que el resto. A poco que uno haya vivido fuera se da cuenta de que los debates están igual de envilecidos. Quizá el punto de diferencia se dé en que en este país la izquierda ha aceptado inercias de la transición y se ha hecho cómplice de los nacionalismos más reaccionarios y antitéticos con su propia ideología.

Buena parte de Europa atribuye a España un plus de visceralidad política.
En cuestiones como la aceptación del matrimonio homosexual España se ha comportado como un pueblo razonablemente liberal. Los atentados de Atocha, por ejemplo, no desataron ninguna oleada de insensatez y de violencia. Hay modos de embridar la bestia que despierta cierto escepticismo nacional y eso es saludable. En España la gente se puede reír del himno. Lo que sí existe es una simplificación en las respuestas, en el debate.

El voto, en cualquier caso, sigue siendo identitario.
Los mecanismos identitarios son muy fáciles de despertar. Si reúnes a un grupo de personas cuyo DNI acabe en 7 al poco tiempo buscarán el modo de sentirse afines y diferentes a los otros. Lo curioso es lo que se ha hecho en Cataluña, donde se retuercen los datos para construir un enemigo exterior, que supuestamente nos hostiga y detesta y hace que una zona rica, la nuestra, esté explotada por una hipotética colonia compuesta por gente pobre. En general, la adscripción de voto está muy relacionada con el diseño institucional y las leyes electorales, que han hecho más fuertes a unas propuestas que a otras.

¿A qué achaca la radicalización del sentimiento nacionalista? ¿Es todo culpa del rechazo al Estatuto?
No se puede ignorar, para empezar, que ha habido toda una labor de ingeniería política que ha incluido la infiltración en los medios y en la educación desde la década de los noventa. La explicación del Estatuto no se corresponde con los datos. Poco antes del debate, se hizo una encuesta que atestiguaba que Cataluña estaba entre las regiones con mayor grado de satisfacción de su grado de autonomía. Insisto en el papel de la izquierda, que ha sido complaciente con un discurso no muy diferente al de la Liga Norte.

¿Se producirá finalmente la ruptura?
Hemos vivido momentos de fervor, pero la tensión se ha rebajado. Lo que sí es cierto es que no deberíamos volver al empate, al conflicto latente, sino llegar hasta el final en el debate y discutir de lo que estamos hablando, que, es por ejemplo, del rechazo a una política distributiva de los recursos.

Las encuestas vaticinan buenos resultados para Podemos y Ciudadanos en Andalucía. ¿Se evaporará su fuerza o asistimos al primer asalto de una renovación de partidos?
Me cuesta mucho especular como si fuera un adivino. Mi impresión es que la conmoción no será tan acusada. Sobre todo, porque son dos partidos con un léxico parecido de transversalidad, que compiten en cierta medida por votos. Una de las dos serán la tercera fuerza, pero no ambas. Podemos, en cualquier caso, es un partido todavía muy desvertebrado y con problemas para asumir una campaña larga en la que se descienda a la política concreta. Es algo de lo que también se resiente Ciudadanos, a los que ya no le basta con esgrimir la Constitución; necesitan algo más.

La ebullición de ambas formaciones, aunque diferente, ha sido paralela. ¿Qué diferencias advierte en su discurso?
Podemos es una actualización del discurso de la izquierda de la transición, plagado de tópicos inerciales e inexperiencia, aunque con la virtud de haberse ganado el voto del malestar. Ciudadanos se nutre más de la clase media y parten y parten de una circunstancia especial e interesante: la de proceder de Cataluña y haber ampliado su horizonte político. Con el fichaje de Garicano han conquistado a un sector académico de mucho prestigio, que los ve ahora con más consistencia.

¿En qué medida puede condicionarles el adelanto electoral de Susana Díaz?
Seguramente las elecciones llegan demasiado pronto para Ciudadanos y Podemos, que todavía están en fase de afinar sus programas y cuentan con poco rodaje para enfrentarse a las realidades de batalla de la política. Ahora bien, la campaña está resultando de un nivel tan bajo que no se han visto en ningún caso en evidencia. Que en lugar de debatir sobre proyectos concretos se busquen las vacuidades les favorece. En ese terreno, cualquiera que acabe de desembarcar puede aprender a defenderse en diez minutos.

¿Se equivoca el PP al incluir la crítica a Ciudadanos en su estrategia política?
Si se refiere a lo de Albert está claro que fue un exabrupto. No sé si responde a una línea de pensamiento o la coincidencia de varias salidas de tono similares, que, en cualquier caso, me parecen terribles, porque supone entrar de lleno en el discurso de la identidad. Quizá el PP pensó que Ciudadanos podía hacer daño al PSOE y se ha dado cuenta de que también puede recabar votos en su electorado. Eso, de todas formas, no neutraliza movimientos futuros. Los políticos tienen la suficiente coraza para insultarse en la búsqueda del voto y dejar que posteriormente los roces se eliminen.

laopiniondemalaga.es

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