El proceso soberanista en Cataluña: hiper-realidad e intereses de clase

Este 2014 catalán que concluye, marcado en uno u otro sentido por el proceso que llaman “soberanista”, casa bien con el concepto baudrillardiano de “hiper-realidad”. Podemos describir la hiper-realidad como el punto de fusión de lo virtual con lo real, donde distinguir ambas esferas ha dejado ya de tener el mínimo sentido.

En el seno de la hiper-realidad, lo virtual funciona a modo de núcleo productivo del comportamiento material. Gracias a su brutal acaparamiento de lo que Jean Baudrillard llama “el valor” (es decir, del reconocimiento social y de la emulación), lo virtual se auto-materializa en sí y por sí mientras, por lo mismo, la realidad queda atrapada como espejo que recoge y proyecta una imagen-realidad (aunque estos dos componentes últimos no tienen lugar como elementos demarcados; no son discernibles y ni siquiera existen sin ser, cada uno, el otro en mismidad).

El acoplamiento perfecto entre el espejo y la matriz de la que el espejo forma parte (devenida así en espejo del espejo) da lugar a un juego infinitesimal de imágenes inmanentes (carácter especular de la hiper-realidad en Baudrillard) fundidas en una unicidad carente ya de polos (“simulacro” en ese autor). Por su comportamiento fundamentalmente imitativo, los fenómenos dimanados de este universo contemporáneo de realidad poseen cariz de pura performatividad, contra la fisonomía fenoménica que hubo sido en otro tiempo y lugar (Baudrillard habló de “fin de los acontecimientos”).

La Catalunya oficial (ésa que monopoliza la apariencia espectacular y que a través de demiurgos habla de su esencia y de su Voluntad) ha sido capaz de zamparse a Catalunya y de incorporarla a su propia lógica de la imagen tal y como los agujeros negros velan cualquier muestra de luz al encerrarla toda dentro de sí. Desde este punto de vista, lo impresionante no es que el “espíritu de Catalunya” consiga movilizar en su Consulta apenas el 30% del electorado catalán. Lo impresionante reside en un 70% de des-identificados inexistente como realidad colectiva reconocible y que asiste pasmado, átomo con átomo, a un fenómeno particularista tomado a pesar de todo por expresivo y directriz de la sociología y política catalanas, y que en consecuencia lo es. Al trazar una línea radical de exclusión entre lo que aparece y la sensibilidad social central, el espectáculo ha conseguido en Catalunya generar una conciencia (real) de exclusión y de marginalidad masivas respecto del interés minoritario políticamente centralizado. Siendo, el espectáculo, el vínculo social ilusorio a través de cuya contemplación el sujeto accede (distorsionadamente) al acontecer colectivo, a sus dilemas y a su conciencia, las masas des-aparecidas del espectáculo no pueden más que pulverizarse en millonarios fragmentos que se auto-conciben foráneos, externos y residuales respecto de la hipotética “marcha social” representada, y a fin de cuentas materializada. El sujeto, así cosificado como “extraño”, se piensa inexistente y se ruboriza de su falsa anomia, que deriva en real bajo la propia losa de su in-comunicación programada.      

Eso ayuda a que sea tan fácil para los directores del proceso fundir aquello que aparece con aquello que es, en un movimiento pendular oscilante desde los media y desde “la sociedad civil organizada” a la calle física y viceversa, donde ambos espejos, encarados, se co-alimentan. Indisociablemente, y a medida que la alienación sufrida por la mayoría marginal vaya ensanchándose y extensificándose, ella percibirá cada vez menos su silencio como forzado o impuesto por la sustracción espectacular de su volumen de voz. Tal silencio se le aparecerá (e irá deviniendo verdaderamente) pura pasividad “espontánea” -natural consecuencia de su condición periférica a “la sociedad catalana”.

Vistas las cosas desde este ángulo, poco puede sorprender el contraste marcado que, tanto a nivel de expresividad como de racionalización, se interpone entre el actual proceso y aquellos periplos nacionales florecientes en la era burguesa clásica. Si aquéllos fueron un bullicio de pasión y de argumento, donde en cada esquina y en cada plaza los patriotas intentaban “ganarse al pueblo todo”, mientras los rincones de lo cotidiano servían de palestra improvisada al encuentro con los reacios (pienso por caso en la Revolución italiana de Garibaldi y los Camisas Rojas), aquí en Catalunya lo ordinario es un frío callar, roto periódicamente, eso sí, por la explosión de ruidosos eventos preparados. El más que escaso ejercicio de proselitismo a pie de calle se entenderá bien si pensamos que la burguesía burocrática catalana en ningún momento ha legado a los movilizados un argumentario. Esta clase se ha limitado a atizar, en cambio, las brasas de un sentimiento casi felizmente in-comunicable. No susceptible de ser despertado en otros mediante razones; máxime cuando dichos otros son “Otros” en toda la extensión del término, quienes “no están hechos de la misma pasta” y de quienes no puede esperarse identificación al no compartir identidad.

Muy al contrario, el movilizado no siente en ningún momento la llamada a convencer a esos “no-catalanes reales”, que, salvo en la proximidad de votaciones, cree prescindibles al curso del proceso y a la vez masa social a adaptar (o a invitar a “escoger” entre quedarse o irse “libremente si no se está a gusto”), más que ser tenidos por un “reto” o tomados por una “asignatura pendiente a la cohesión”. El chovinismo hace a estos independentistas huraños en la causa, en aras de no compartir ni contaminar su tesoro inexplicable. Y, coetáneamente, las jornadas se aproximan también a la mudez de razonamiento entre los propios convencidos, como si se presintiera que basta ponerse a discurrir, fuera del territorio de pasiones, para romper el sueño.

Por lo demás, en los momentos de reunión colectiva la comunicación desatada es de tipo eminentemente empático, a tono con el fondo irracionalista de base provisto por las fuerzas clasistas movilizadoras (de nuevo, sentimiento, y una supuesta Voluntad elevada tramposamente a “derecho a decidir”). En el fondo -y al ser la genuina comunidad humana una comunidad racional, donde el vínculo intersubjetivo tradujera fielmente una unicidad de producción, de necesidades y de mantenimiento social-, la pseudo-comunidad irracional no puede ser más que ser un encuentro de soledades juntas y compartidas, que poco tienen que decirse entre sí más que los mitos, promesas, eslóganes y símbolos que conforman una auto-apología idealizada de la parte social directriz de la agregación, y a cuyo calor ideológico los agregados pueden sublimar precisamente aquellas miserias y alienaciones tatuadas a su partición y a sus antagonismos. Obsérvese lo típico de vías humanas, conciertos, concentraciones y en definitiva de este abanico de reclamaciones escenificadas: allí donde la comunión simbólica envuelve de telajes un vacío consabido, el episodio de entusiasmo es, sí, desbordante. Pero también bestial: ausente de fraternidad humana derivada de identidad entre la condición objetiva del otro y la de uno, y así vacía de perspectiva de actividad compartida (tanto como de compartir el producto de dicha actividad). En sus cadenas humanas, los movilizados se dan la mano como instrumentos recíprocos de una finalidad particular e individualizada. Saben que nada más comparten; por eso su pudor, su recato y su distanciamiento mutuo durante la performance. No hay naturalidad en su acercarse. Y acabado el evento cada uno vuelve a su burbuja de vecinal desafectación.

La burguesía burocrática y su Virreinato

En La sociedad del espectáculo, Guy Debord elabora un excelente retrato idiosincrásico de la burguesía burocrática, clase caracterizada por su vocación de detentar, como sea, el monopolio de las apariencias. Al tratarse de una clase que acumula a través de la centralización rentista, y cuya mera presencia, pues, empobrece automáticamente el cuerpo social, la burguesía burocrática no puede permitirse coexistir con la más mínima brizna ideológica de disentimiento. Una sola chispa podría prender la tapa de la caja de Pandora. Este celo la determina a desdoblarse ella misma como Policía de la mirada al tiempo que, cuanto más lejos va en su necesidad de drenar el cuerpo social a su recaudo, más vehemente se vuelve en negar pública e insistentemente su propia existencia. Hay un hilo de continuidad que identifica a Mas o a Jonqueres con Brezniev o con Andropov. En el caso que nos ocupa, cuanto más destaca la burguesía burocrática catalana respecto del conjunto del Estado en materia de apropiación de la riqueza y tejido sociales para su propio gasto político-administrativo, más sube el volumen de su neo-lingüístico “España nos roba” y con mayor retorcimiento se empeña en auto-ideologizarse de “liberal”. Cuanto más destaca a la cabeza de la entrega del país y de su potencial de fuerzas productivas al Hegemonismo yankie y a sus consortes imperialistas europeos, con más ahínco se afirma de “nacionalista”, y corre a pronunciar su auto-exculpatoria mistificación: “la crisis española y sus consecuencias para Catalunya”.

De la corrupción se habla aquí con toda naturalidad e hipérbole en términos de “corrupción endémica española”. Lo de los Pujol, entre tantísimos otros, se nos cuenta como si se tratara de una “irregularidad familiar” en un pernicioso terreno del que, ¡ay!, no se libran ni los más puros patriotas. Hasta en una emisora radiofónica del conglomerado burocrático se hacía poco menos que apología del caso, aseverando que, bravo, era de patriotas expropiarle a España. Pujol Robin Hood. Profundizar en el caso siquiera con un mínimo de raciocinio nos llevaría a concluir que lo fuerte no es el robo millonario en sí, sino la macro-estructura burocrática posibilitadora de tales extracciones de Capital, paradigma estructural catalán de hoy día, y de cuyo Poder todos los casos Pujol no son más que el epifenómeno superficial. Pues desplazar la pregunta desde la evasión o el desvío dinerario, hacia los orígenes de esa acumulación “malversada”, nos pondría de inmediato sobre la huella del Secreto velado por la estructura político-económica catalana, ésa que, pretendiendo aparentar los ecos de su historia, continúa diciéndose tan “burguesa productiva”.

Y es que la corrupción en Catalunya ha venido caracterizándose en estas últimas décadas por el protagonismo de Capitostes político-administrativos que ni tan siquiera malversaban de su Capital empresarial…, ¡pues no lo tenían!. Se trata de una corrupción eminentemente burocrática, que prefigura el parasitismo organizado por y para esos entes que tienen la desvergüenza de llamarse a sí “nacionalismo”. Catalunya: región periférica bananera y ultra-dependiente. Un poco de raciocinio aplicado basta para desmontar ese Tinglado aleccionador de “modernidad, productividad, eficiencia, soberanía e independencia”, igual que otro poco pudo bastara en los sesenta para desmontar la falacia revisionista de un “Estado socialista que es de toda la nación y donde no hay clases sociales”. Pero contra la razón cada burguesía burocrática desarrolla su irracionalismo organizado, del que la catalana, hemos visto en puntos anteriores, no anda escasa.

Con el anillo de la capitalización a la prensa escrita circulante consigue dicha clase atesorar todos los anillos del discurso, mientras impermeabiliza a la sociedad respecto de televisiones y de radios no directamente acaudilladas, que son “españolas” y en sí emisiones de “El Enemigo”. Peligro: contaminación. 8 de cada 10 ciudadanos catalanes en sintonía “soberanista” sólo ve TV3, mientras el proletariado catalán, por origen, por vínculos humanos y por instinto de clase nada adepto al proceso en ciernes, comparece como invitado de piedra ante su propia extirpación de la ecuación política catalana. La burguesía burocrática le espeta al proletariado “¿yo…?: ¡si yo no existo”!, “y tú tampoco existes”. A la par que la clase dominante ha operado la desindustrialización del territorio, el espectáculo ha acabado por despolitizar el extrarradio suburbial incluso en lo que a baremos espectaculares se refiere: antes el proletariado votaba en Catalunya a quienes por error creyó “los suyos”, tal como el proletariado madrileño o el andaluz. Ahora empieza a ver a esas fuerzas secundar el proceso “soberanista” y al devastador Proyecto socio-económico que lo contextualiza a éste.

Hacer surtir efecto al conjuro de impermeabilidad sonora depende de demonizar con éxito a “España”, a “lo español” y a “los españoles” per se, identificándolos tout court con determinada España, como si de ellos emanara una especie de genoma gentilicio determinante de derroteros históricos específicos (por caso el Franquismo o el genocidio de nativos americanos), y omitiendo que el Pueblo español (y el catalán) se batían contra el fascismo mientras la burguesía catalana se “exiliaba” en Burgos, capital de los “nacionales”. Junto a ello, al “catalán no tan catalán” (quien empieza a ser llamado sistemáticamente “ellos” en la dialéctica de la cotidianeidad camarillista) se le hace objeto de estereotipia racista/clasista, a veces por medio de shows humorísticos televisivos. Estereotipia que cobra rostro en concepto de menor civilidad, retraso cultural inclusive hasta el brutalismo, menor inteligencia, manipulabilidad y borreguismo, irrespetuosidad de maneras y de voces, tendencia a la picaresca, tendencia esencial a la deshonestidad y a la corruptela, catetismo o pardillismo, déficit de “europeidad”, etc. Para lo único que se le hace ingresar abruptamente en el Club es al “explicarle” -síntesis tecnocrático-clerical inquisitorial- cuan in-ético es “desviar” “hacia España” una porción de la contribución fiscal “a Catalunya”. Se omite el detalle de que, para millones de casos, la familia, o la parentela, o bien la ascendencia más o menos directa del contribuyente son de y radican “en España”. Pero claro: en tanto que realidad verdaderamente invertida, el espectáculo configura el paroxismo de lo que Marx calificara, al referirse al capitalismo, “disolución de todos los vínculos”. El vínculo humano concreto, en dialéctica con el vínculo económico que le corresponde (y que se ha desarrollado en la historia como base material constitutiva de formas humanas de agregación), ha de ser drásticamente fulminado en el camino hacia el prevalecimiento de una condición nacional estrechamente conceptualizada como ideología tanto como imperativo de servidumbre a una gradación jerárquica con arreglo a orígenes de asentamiento, ascendencia y filiación.      

Si nos deslizamos a la esfera de lo que Antonio Gramsci llamara “política doméstica” o “baja política”, enseguida percibimos cómo la burguesía burocrática nos anuncia su propia Naturaleza de comunidad concentrada de clase, idealmente sin fisuras. Artur Mas propone a Jonqueres una lista electoral unitaria ERC-CiU, mientras el último se muestra partidario de guardar las apariencias por el momento, añadiendo que Esquerra, de ganar, haría a Mas presidente por al menos 19 meses para capitanear el rumbo compartido hacia la “independencia”. En la vida de la burguesía, la existencia de partidos distintos traduce cierta realidad fraccionaria, hasta cierto punto disonante entre sectores empresariales, entre monopolios o entre órbitas internacionales o imperialistas de adherencia. Pero la burguesía burocrática, por ser la clase administrativa hiper-centralizada respecto de la renta pasivamente cosechada a la entrega de un país, no necesita nada de eso ya. Nos anuncia, con sus mercadeos de politeia, el futuro estructural ínsito a su modelo tan “independiente” de nación: “Nosotros -se dicen unos a otros-, no vamos a competir. Entre aquí el Capital y entremos en tropel al festín de poblar el Aparato de gestión con nuestras clientelas”. Quedando, para beneficio de terceros bien definidos, el mercado interior de inversiones y exportaciones, deja de haber capitales internos a quienes defender distintivamente, al quedar estos, por transacción, totalmente subsumidos en la lógica exterior matricial. ¿Y, así, para qué partidos “nacionalistas”?. Se vuelve de recibo un solo partido-Estado, cobrador y recaudador.

A los brazos del imperialismo: Se vende país

No puede comprenderse el proceso en Catalunya sin partir de la contradicción agudizada entre, por un lado, (1) la función primordial que hoy ocupa al Estado español en su condición de ente propiedad de la oligarquía financiera, de sus monopolios y (principalmente) del imperialismo “occidental”, y, por el otro, (2) una burguesía burocrática catalana necesitada cada vez de mayor liquidez para sufragar su propio sostén y más en general para mantener el modelo socio-laboral parasitario que durante las últimas décadas ha ido desarrollándose en Catalunya al abrigo del nacionalismo, con independencia de partidos o tripartitos implementadores. A lo largo de dicho tiempo, y de la mano de sus Cuadros y Directivos “técnicos”, la partitocracia ha ido montando una maraña de estamentos institucionales y para-institucionales presentes desde el núcleo a las terminaciones sociales, y rectora de variopintos procesos de gestión: “voluntariado”, orfeones, pedagogía, consultorías, urbanismo, casales para vecinos y esplais para niños, integración, departamentos, policía, fundaciones, “voluntariado”, corporación audiovisual, cultura y folklore, stablishment universitario, dualización sanitaria en una estructura funcional y profesional de precariedad/privilegio, escuelas concertadas, “normalización lingüística”, consistorios, controles de “calidad” sociológica, investigaciones, etc. Las funciones de dicho arquitrabe son múltiples y atañen por ejemplo a la regulación/extorsión de procesos sociales, a legalización y tramitación, a dotarse de una correa de transmisión ideológica en el seno de la sociedad catalana, a generar empleo clientelar y por tanto fidelidad electoral, a blindar a través de docencia las tendencias y cosmovisión en las generaciones jóvenes, a armar un lobby administrativo y “de sociedad civil” presionador sobre los presupuestos estatales españoles, etc. Dicho monstruo tentacular ha resultado ser, a la postre, también la provisión de solvencia de mercado para el sistema capitalista (relativa estabilidad social y de consumo) y de una considerable base social ciudadana leal. Como naturalmente los mismos potentados implementadores se auto-ubicaban en unos y otros vértices que coronan sendos tentáculos del Aparato, el manejo de la estructura y de sus vías recaudatorias acabó por “empoderarles” como clase dominante en Catalunya, encumbrando sobre todo a quienes ya se apoyaban sobre una “sólida tradición” de “empoderamiento” en el espectro más extensivo de la Catalunya de provincias, paisana y local (Convergència i Unió).

Lloviendo sobre mojado, la nomenklatura ha procedido a financiar numerosos giros expansivos del Aparato, en una estrategia de crecimiento con gran valor para sus aspiraciones, pero que no deja de ser un arma de doble filo: apuntalar ese mundo hecho a medida, poblado de compenetraciones ideológicas cada vez más densas y de adhesiones económicas clientelares cada vez más estrechas, le ha significado a la burguesía burocrática una punta de lanza en Madrid en pro de modelos de financiación y de influencia política y legislativa… favorecedores de sí misma y de sus necesidades de renta, de acumulación y de inversión. Mas, dialécticamente, con ello el modelo ha ido hipertrofiándose hasta el punto de plantearle a la burguesía burocrática un problema serio de liquidez (nada menos que un problema de reproducción social y así de auto-reproducción política). Cuando el Estado español podía soltar lastre -por ejemplo con Aznar o incluso con Zapatero durante su primera legislatura-, dicha contradicción podía expresarse dentro del estrecho perímetro de las mejoras en “el modelo de financiamiento”. Pero al estallar la crisis del Bloque “occidental”, el Hegemonismo pone firme al Estado español. Si la clase dominante española desea conservar sus relaciones de dependencia crediticia con los imperialistas acreedores, la misión estatal deberá ser la de agenciar una colosal transferencia de capitales y de riquezas nacionales hacia esos mismos centros imperialistas. O sea: la reformulación de financiamiento pretendido por la burguesía burocrática catalana se queda automáticamente fuera de Agenda, y ella sin margen de negociación con el Estado. El impasse burocrático catalán frente a su insolvencia social, está ahora sellado.

Es en este punto preciso de callejón sin salida en España cuando a la burguesía burocrática se le revela a la orden del día la separación nacional, que con el tiempo se traduce en la planificación de una “vía soberanista”, a su vez sintetizada con el famoso y muy ilustrativo eslogan “Queremos un Estado propio”. Se trata a grandes rasgos de conquistar entidad política “independiente” para poder así ofertarse directamente y sin mediaciones al imperialismo. Me refiero principalmente al imperialismo anglo-sionista, nucleado alrededor de una Superpotencia hegemonista con rol de patrón de los patrones británico, euro-alemán, japonés, qatarí e israelí; y desarrollando, estos dos últimos actores, relaciones preferenciales de desarrollo de la economía turística barcelonina, bajo doble condición de alinear a Catalunya en sus racionalidades geopolíticas respectivas y de sobresalir en “atender” a la futura dependencia tecnológico-militar y financiera catalana (israelíes) así como a una futura dependencia de capitalización bursátil (israelíes y qataríes). A costa de profundizar en la venta del país a precio de saldo, la operación le permitiría al Aparato renovar su solvencia y capacidad acumulativa a través de diversas vías de inversión financiera y de compra extranjera de deuda, emisión de Bonos y Obligaciones, etc. Paralelamente, a la burguesía burocrática ya le va bien especializarse en vivir a la sombra de abrir Catalunya a la capitalización exterior (productiva y especulativa) en condiciones aún mejores de las hoy brindadas por el Cortijo español, lo que implicaría seguir ahondando en materia de “flexibilidad jurídica”. En fin, pero no menos importante, estos contextos imperialistas suelen dejar la puerta abierta a los aparatchik en lo que se refiere a la ocupación de cargos profesionales en las estructuras privadas erigidas, lo que es en sí una contra-prestación, mientras les nutren a estos con paquetes de acciones en consorcios o en las filiales locales de los monopolios extranjeros en asentamiento. En tal juego de compensaciones y reciprocidades, tanto la burguesía burocrática como el imperialismo podrían abalanzarse aún más al acaparamiento de títulos en el universo del Capital monopolista y financiero catalán, tomando como nuevo contexto una Bolsa de Barcelona independizada del IBEX-35 y en boom receptivo de flujos.    

Iberpotash, filial israelí dueña de las minas potásicas de Suria y Sallent, con su ausencia de salubridad laboral, con sus montañas de residuos y con su mortandad entre operarios; la anglosajona CARPIO en Sanidad; la lesiva y peligrosa técnica de fracking dominada por estadounidenses y canadienses… Si citáramos tan sólo la más elemental colección de capitales anglo-sionistas en Catalunya, la lista sería larga. Y aún más extensa habría de ser en una futura Catalunya “independiente”, que, así de entrada, saldría al Mundo arrastrando un 100% de deuda sobre su PIB, a lo que hay que añadir, como es obvio, una mucho mayor limitación devolutiva que en su actual integración española (a pesar de los pesares, España es todavía la 3ª economía de la Eurozona), y, en consecuencia, una mayor debilidad concurrencial en los mercados financieros. Esas condiciones objetivas determinan la cantidad de pisos de la tarta a encargar por los acreedores potenciales, que se frotan las manos pensando en una burguesía burocrática “nacionalista” visiblemente dispuesta a darlo todo (y, más profundamente, determinada a dar ese todo, a tenor de su ser social de clase). ¿El colofón?, quizás la instalación de bases militares. Se entenderá, pues, la alegoría si nos referimos a una futura Catalunya “colombiana” o incluso “panameña” o “gibraltareña”. Israel ha sido, por el momento, el único Estado que ha reconocido expresamente y por avanzado un futuro Estado catalán.

De ahí el interés mostrado en Catalunya por un Bloque declinante cuyo epicentro hegemonista poetiza “la vía catalana” con artículos del NY Times, mientras pone la alfombra roja a Mas en la CNN o a Jonqueres en el Financial Times. El líder de ERC aprovechó, por cierto, para subrayar la poca seriedad de una España lenta y desatenta a la hora de cumplir con los plazos de devolución de deuda, contra la diligencia que en la materia él se atrevía a garantizar de una Catalunya “independiente”, tal y como la adjetiva sin sonrojarse. No es que España no esté ya de pies y cabeza en la órbita hegemonista, pero las aguas políticas españolas se muestran turbulentas y nadie sabe a ciencia cierta por qué cauces van a acabar brotando. Hay crisis de autoridad institucional y política. Los Jefes atlánticos y continentales, preocupados, buscan anclaje en lugar seguro; para no perder totalmente la Península. España podrá volverse el caos, pero saben que en Catalunya está todo mucho mejor atado por el “nacionalismo”. Aquí, a la orden del día no está rodear el Parlament, como lo fue el Congreso por el Pueblo de Madrid; sino auto-inculparse solidariamente por la celebración de la consulta del 9-N, no sea que fueran a quedarse solos los pobrecitos políticos imputados.

Si iniciábamos este apartado diciendo tácitamente que la Agenda independentista es una consecuencia, en la perspectiva de la clase dominante catalana, de la decadencia adolecida por la oligarquía española en la Cadena imperialista, podemos ahora completar el razonamiento afirmando que el imperialismo explota esta consecuencia -esta reacción política catalana- transformándola en arma para debilitar todavía más a su presa española. Así se deshace de resistencias y puede escarbar siempre más a fondo en un saqueo visceral. Para empezar, y aunque la hipótesis de independencia sea tomada reductivamente como futurible, desde el momento en que la independencia entra en la Agenda de lo pensable el Estado español ya es automáticamente más débil en su dialéctica con los centros imperialistas, quienes proceden a pedirle más por menos. Y no digamos si el futurible se consumara. Con la independencia, sea como realidad o como mero fantasma, es el imperialismo quien se fortalece. La prima de riesgo guarda una relación aritmética inversa con el PIB, y, claro está, el PIB español se reduciría sustancialmente. Para completar la ecuación de rentabilidades, hay que ponerse en la cabeza de los imperialistas en lo que se refiere a su interés por reorientar el Capital financiero catalán hacia territorios alternativos a su actual rol destacado como pulmón financiero de la oligarquía monopolista española: si el imperialismo lograra, en un marco futuro de Estado catalán, cortar o siquiera entorpecer el flujo de Capital catalán hacia el IBEX-35, eso precipitaría los problemas y hasta la quiebra de más de un gigante español y de dos, lo que pondría a una parte de los negocios de la oligarquía en la tesitura de incrementar su endeudamiento directo con los colosos imperialistas o bien ser netamente absorbidos por estos últimos.      

Una auto-consciente base social

Este proyecto burocrático de clase entronca de inmediato con la insatisfacción latente vivida por una aristocracia obrera catalana que dentro del marco español ve erosionar día a día su propio estatus, habiendo ya caído, no pocos sueldos funcionariales y para-funcionariales, de lleno en la inconstancia mensual de pagos. Mientras las capas inferiores del mundo aristobreril se saben expuestas a una proletarización de la que se creyeron salvadas, o bien franjas enteras ya cayeron proletarizadas e incluso se muestran precipitables a la exclusión, las capas medias y superiores aristobreras van perdiendo paulatinamente el distintivo tren de vida de los años dorados. Por más rancio chovinista que Aznar fue, a las amplias masas aristobreras catalanas no se les ocurría en aquel entonces ser independentistas más que de boquilla. Aborrecían tal llamado “españolismo”, flagrantemente irrespetuoso con su cultura, mas era impensable organizar en serio una fuerza de calle y de “sociedad civil” que apuntara a independizarse. ¿Para qué?: el Capital monopolista y financiero español (y por ende su más que sustancial componente catalán) se hallaba en la cresta de la ola, abanderando un modo de acumulación imperialista constitutivo de una base material desgranadora de prebendas y de condiciones adquisitivas hacia el tejido social aristobrero. A la orden del día no estaba más que una pragmática reforma fiscal que significara sentar a este tejido autonómico sobre una silla más alta ante la mesa de comensales en bonanza.

No por casualidad es ahora cuando toda esta colosal población laboral contenida en el Aparato, “se ha cansado de España” (por parafrasear la expresión acuñada por los propagandistas del propio movimiento). Ella constituirá la copiosa base social del Proyecto y será amplificada por el espectáculo a la Categoría de “la sociedad civil catalana”, mientras sus padrinos burocráticos empeñan caudales “públicos” en subvencionar su salto organizativo en calidad de Assemblea Nacional de Catalunya y consortes como el Consell Nacional de Transició, repetición textual de aquel “Consejo Nacional de Transición” montado hace escasos años por el imperialismo a efectos de “la Primavera libia”.

A estas luces, se rebela bizantina la tertulia espectacular barajada entre la teoría de unas “élites manipuladoras y conductoras de masas ciegas” y la teoría de un “estallido de masas desde abajo al que el nacionalismo político no habría tenido más remedio que engancharse para no perder el carro electoral”. No es ni así ni asá, sino todo lo contrario. No hay fundamentalmente masas imbuidas de falsa conciencia por el nacionalismo político, sino un cordón umbilical de necesidades comunes que pone en consonancia y co-dependencia a la burguesía burocrática con “la calle” aristobrera. Esta última clase suele tener por ideología la ideología de los resultados, esto es, la de conservar su nivel de vida cueste lo que cueste a terceros sea en Catalunya, en España o a las masas expoliadas del “Tercer Mundo”. Una generalidad de movilizados ayer contra los llamados “recortes” de la burguesía burocrática, vitorea hoy a Mas y a su hoja de ruta a la salida del Palau de la Generalitat, expectantes por ver intercambiar con el imperialismo la venta de un pueblo por el mantenimiento financiero de ese Tinglado para-estatal que a ellos emplea. Y cada vez se ven más banderas yankies ondear en las concentraciones y marchas promovidas por la Assemblea.

Las demás clases del proceso

Se apunta también al carro un sector del Capital financiero y monopolista catalán, plenamente inserto en la clase dominante española y así aterrorizado por la embestida imperialista actual, dirigida a absorber un abanico de monopolios españoles e incluso parte de la gran banca. Estos sectores catalanes del monopolismo tienen en mente subsumir el territorio catalán en una entidad política “independiente”, a través de cuyo Aparato poder ellos también medrar directamente con el imperialismo y así, a través de mayor entrega neo-colonial del rumbo político y económico catalán, librarse aunque sea parcialmente de la merienda que, saben, se avecina (el aperitivo ya se inició).

En cambio, se desmarcan del proceso los contados residuos que aún quedan de la burguesía nacional empresarial catalana, cuya dependencia mercantil española les resulta, hoy por hoy, insustituible (vean, como paradigma, el posicionamiento de Freixenet). Y, sin embargo, aquellos analistas que con solemnidad concluyen “la vía soberanista sólo puede ser un bluff porque a la burguesía catalana (típica-ideal) no le interesa romper con España”, deberían estudiar con seriedad la estructura de clases catalana. Pues, en realidad, es esa momia histórica, adversa, en efecto, a la independencia, la que ya no interesa a la nomenklatura hoy dominante en estos lares. Paralelamente, la pequeña burguesía titubea, trasluciendo su naturaleza de clase bajo la época imperialista, y que consiste en no tener más interés de clase que el de agarrarse a los intereses de clases terceras, en función de cuál sea la correlación de fuerzas y así a tenor de unas u otras rentabilidades previstas.

Del proletariado catalán hondo y profundo ya hemos explicado que, hoy por hoy, no existe más que cosificado como masa políticamente amorfa sobreviviente en conurbaciones guetizadas grosso modo castellano-hablantes. Saque cada uno las conclusiones que pueda respecto de la correlación significativa origen/clase en Catalunya y, en tal medida, de las relaciones inter-clases traducidas por el movimiento de separación. Por el acto mismo de extrañar al proletariado respecto de la imagen, el espectáculo lo integra funcionalmente bajo su lógica, en calidad de sujeto social neutralizado. Esto último es lo que, por ejemplo, permite a Catalunya Radio citar impunemente hace escasos días los resultados de una a la sazón impune investigación sociológica que arroja resultados de cuasi-empate técnico entre independentismo y no independentismo. ¿Cómo cuadrar esos datos con la reciente experiencia del 70% de desobediencia social a participar en una consulta planteada expresamente como hito valedor del proceso soberanista?. No cuadran los números, que sin embargo son hechos salidos de la chistera burocrática y bailar optimistas mientras, crédulo, confuso, anonadado, pasivo o todo ello junto, el proletario-espectador contempla la trama de un proceso-película autonomizado

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