Las cifras de la desigualdad internacional

Las desigualdades internacionales son una evidencia para cualquier persona con los ojos mínimamente abiertos al mundo. Todos sabemos que existen, sabemos que hay pobres y ricos, países en vías de desarrollo, privilegiados. No obstante, no es tan común el saber revestir a estas obviedades con datos que ilustren no solo su existencia, sino también su naturaleza, los procesos mismos que están tras ellas, y las cifras concretas de la vergüenza internacional. El siguiente artículo se ha basado en el análisis del libro ‘Desigualdades Internacionales’ del sociólogo Rafael Díaz Salazar, a través del cual trataremos de analizar con concisión y brevedad los números, levantando el telón de lo desconocido para muchos, que es como poner cara, o género, o magnitud a la catástrofe del desigual reparto de riquezas mundial.

El primer concepto a identificar para comprender lo siguiente es el de riqueza: suma total de bienes, propiedades y activos físicos y financieros acumulados. Partiendo de la definición, éstas son las cifras más ilustrativas de lo ricos que pueden llegar a ser algunos: el 1% de los hogares acumula el 40% de los activos mundiales, el 2% de los hogares dispone de más del 50% de los activos mundiales, el 10% de los hogares posee el 85% de los activos mundiales, el 50% más pobre solo tiene el 1% de la riqueza global de los hogares. Es interesante mencionar las cifras que incumben a las familias, a la cotidianidad. Son datos en los que todos los ciudadanos -especialmente buena parte de los occidentales, estamos implicados. El desigual reparto de riqueza está en la base del sistema, no es solo cosa de millonarios. Todo lo que en un punto del globo se derrocha, se traduce en carencias en otro lugar del mundo. Para ilustrar esta afirmación habría que plantearse cuestiones como: ¿qué pasaría si la India consumiera y utilizara coches al mismo ritmo que Europa y Norteamérica? En ocasiones parece que los países ricos vivieran como si fuesen los únicos habitantes del planeta, sin pararse a pensar si quiera que el mismo derecho a tener coche que tienen ellos, deberían tenerlo todos los seres humanos, claro que la insostenibilidad ambiental sería un hecho tan patente que simplemente no podríamos sotener ese tren de vida, por lo tanto, ¿por qué para unos sí, y para otros no? Simplemente porque hay prácticas que relacionamos con el desarrollo que solo pueden darse a pequeña escala, nunca a nivel mundial, y más que con el desarrollo, tienen que ver con el derroche de unos cuantos.

Por ello debemos reivindicar el concepto de “país empobrecido” frente al de “país pobre” o “en vías de desarrollo”, puesto que hay países que pese a tener riquezas naturales básicas para el mantenimiento del estilo de vida occidental, son a la vez algunos de los estados más pobres del mundo por la expoliación de sus recursos a manos de multinacionales extranjeras con la permisividad de gobiernos prácticamente inoperantes: es el caso de República Democrática de el Congo, donde muchos hacen su particular agosto con el coltán con el que funcionan nuestros aparatos electrónicos, o los diamantes que visten las mujeres más ricas de nuestras sociedades como símbolo de estatus social, y que no en vano son conocidos como diamantes “de sangre”.

Pero en realidad no es solo una cuestión de países, como habitualmente pretenden inculcarnos, sino de personas. En el lado privilegiado de la balanza, los más ricos entre los ricos: los integrantes de la lista Forbes de las mayores fortunas: las 1.645 personas que aparecen en el número de 2014 de esta revista acumulan entre todos una fortuna de 6,4 billones de dólares (un billón más que en 2013), lo que equivale a multiplicar por cinco el PIB español. Solo las diez personas más ricas cuentan con más dinero del que se necesita para cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que se basan en conseguir reducir a la mitad el hambre y la pobreza extrema en el mundo, que afecta a 1.440 millones de personas, tres veces la población de todos los países de la Unión Europea. Da que pensar y deja muy claro que las desigualdades internacionales y sus soluciones son una cuestión de voluntad que no existe. Puede que nos esté costando asumir que para que uno sea rico, necesariamente otro tiene que ser pobre, y que si realmente somos iguales como tantos opinamos, el reparto inmediato de la riqueza y los recursos mundiales es un imperativo moral irretrasable.Como en todo, hay grados. Los más ricos, representados en un 10%de la población mundial, tienen una riqueza 3.000 veces por encima que la que disfruta el 10% más pobre: en Estados Unidos y Japón vive el 6,6% de los habitantes del planeta, y cuentan con el 35% de la riqueza mundial. El desequilibrio es palpable. Demasiadas veces tendemos a creer (o querer creer) que es una cuestión de “suerte” el nacer en un país rico o pobre, cuando en realidad el empobrecimiento de los países es un proceso causado desde sus inicios por el hombre. No es casualidad, por ejemplo que un mismo pueblo quedara partido por la frontera definitiva entre Estados Unidos y México, siendo en su día la misma localidad, y en la actualidad se puedan observar brechas severas de pobreza de un lado a otro de la frontera (caso de Nogales). La voluntad política está siempre, para bien o para mal, detrás de este tipo de diferencias que a muchos les parecen fortuitas.

larepublica.es, 14 de noviembre de 2014

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