Análisis y preocupación

Los catalanes llevamos meses soportando (soportando lo digo yo; a otros les parecerá un esfuerzo meritorio) un verdadero tostón mediático. Desde hace muchos, muchos meses, los medios públicos de comunicación –y los privados subvencionados– defienden machaconamente y con poco disimulo la independencia de Catalunya, olvidando que esos medios los pagan todos los ciudadanos, piensen lo que piensen o defiendan lo que defiendan.

Se trata de un uso abusivo de los medios de titularidad pública, con finalidad política, que ha de calificarse de antidemocrático, si no de inmoral.
Mediante esta manipulación mediática de carácter intensivo, se ha logrado disfrazar de ejercicio democrático elemental el referendo de autodeterminación que realmente se propone, llamando derecho a decidir al derecho a decidir sobre una sola cosa: la secesión.
Y un referendo que se pretendería llevar a cabo sin ningún debate, sin conocer cifras, proyectos, consecuencias, ventajas y desventajas, posibles bloqueos y propuestas para superarlos, sin nada sólido que permita pensar en serio el destino de una Catalunya independiente. Corazón, euforia y rechazo del otro: ese es todo el mensaje. Algo muy poco serio.
Probablemente ese vaciado de contenidos, al que ha contribuido también el silencio del gobierno de España, anclado en la estricta legalidad, quizás temeroso de echar más leña al fuego, se debe a que unos y otros saben, desde hace mucho, que no habrá consulta. También lo sabe Oriol Junqueras, cuyo llamado a la desobediencia civil busca sobre todo réditos electorales a costa de Convèrgencia.

Lo dramático es que el plan B, las elecciones plebiscitarias, tampoco desatarán el nudo. En efecto, aunque dos o tres partidos pongan el sí-sí como único punto de su programa, los restantes partidos del arco parlamentario no lo harán, no pueden hacerlo, ni caerán en la trampa de postular el no como único punto, con lo cual la lectura de los resultados será ambigua, acercando cada uno el ascua a su propia sardina. En unas elecciones que se quieran plebiscitarias, PSC y ICV-EUiA podrían sufrir crisis internas de envergadura, y lo lógico es que escurran el bulto con programas amplios y no centrados en el sí-sí, aunque ello provoque el pase de algunos votantes a Esquerra Republicana.
Eso por no citar el caso de Unió, que se vería obligada a romper con su aliado eterno, CDC.
Queda la posibilidad de declaración unilateral de independencia por un Parlament mayoritariamente independentista. Pero aquí habría que recordar las palabras del profesor Fontana: “una independencia no se logra más que con una guerra de independencia”. Y, la verdad, no veo yo a los catalanes por echarse masivamente al monte a pegar tiros.
Así que, evidentemente, tenemos un grave problema: una cantidad importante de catalanes querrían independizarse y no podrán. Su euforia se convertirá en frustración y desasosiego. No son tantos como el independentismo proclama, pero son muchos. Sienten que se les cercena su derecho a decidir, y eso tiene mal arreglo.
Estamos pues empantanados, y las perspectivas de hallar una salida real satisfactoria para todos, son prácticamente nulas. Esa es la verdad.
¿Pasaremos del proceso al conflicto? ¿O surgirán por algún rincón, de aquí y de allá, auténticos hombres (y mujeres) de Estado, capaces de desfacer tanto entuerto?
Ojalá.
Miguel Riera, El Viejo Topo, octubre 2014

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