‘El problema de Cataluña nos está haciendo perder tiempo y energía’

El escritor Eduardo Mendoza, durante la entrevista en Sevilla. ESTHER LOBATO

Eduardo Mendoza: ‘El problema de Cataluña nos está haciendo perder tiempo y energía’

«Me preocupa más la crisis económica», dice el escritor barcelonés

«Son ganas de complicar las cosas», critica el autor de ‘La ciudad de los prodigios’

Ante el referéndum catalán pide «evitar paralelismos» con Escocia, Crimea o Kosovo

Insta a Mas y Rajoy a «sentarse a resolver un problema que es relativamente sencillo»

Lamenta las elucubraciones nacionalistas: «Aquí tenemos ganas de vivir con conflictos»

Eduardo del Campo – Sevilla.- De Barcelona a Sevilla sin tener que hacer transbordo en Madrid. El novelista Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) no ha venido en avión sino en un tren AVE de Renfe, con varias paradas en la geografía catalana y española. Un ejemplo de vertebración ibérica que quién sabe qué reajustes sufriría con una Cataluña independiente. De momento, es política-ficción. Mendoza, el autor de La ciudad de los prodigios, La verdad sobre el caso Savolta, Sin noticias de Gurb o su última novela, El enredo del rescate o la vida, ha venido invitado por la Fundación de la compañía eléctrica Sevillana Endesa y la Fundación José Manuel Lara, del grupo Planeta, para abrir, este jueves por la tarde, un ciclo de conferencias sobre la luz. Y durante una entrevista con EL MUNDO pide que se le encienda a alguien una bombilla para resolver el conflicto por la convocatoria de un referéndum sobre la independencia de Cataluña, donde «sólo hay dos monólogos», los del gobierno catalán de Artur Mas y el ejecutivo central de Mariano Rajoy.

Prudente, Eduardo Mendoza no se pronuncia con rotundidad. «No sé qué va a pasar. Se viene arrastrando desde hace muchísimos años y todavía nadie ha tenido la idea necesaria para solucionar este problema. Que tengan que resolverlo por la fuerza, no la fuerza bruta, pero la fuerza de la ley o de los hechos consumados, es una de las cosas más preocupantes de este asunto. Son dos monólogos que dicen ‘Yo tengo la razón’, ‘Yo tengo la razón’. Y se repite, es cíclico». ¿Sobreactúan los nacionalistas catalanes y no actúa el gobierno central? «Algo de eso hay. Nos está haciendo perder una cantidad de tiempo y energía tremenda que podríamos dedicar a otras cosas. Me preocupa más la crisis que el problema de Cataluña».

«Son ganas de complicar las cosas»

Usando un símil, el escritor describe que acomodar a Cataluña en España es una cuestión «de poco calado» que se podría arreglar no haciendo obras costosas y traumáticas en la casa sino llamando «a un electricista experimentado». Lamenta que en el ambiente que respira en Barcelona «cada vez hay más divisiones» y que precisamente para no ahondar en ellas comprueba que en las reuniones sociales hay «más silencios, más rodear el tema, para no tener una cena… ‘mejor hablemos de fútbol’».

Un ambiente propio de una pareja al borde de la separación que evita tocar las llagas, ¿no? «Sí, sí», empieza a responder, pero luego advierte de que «hay que evitar los paralelismos», incluido el del matrimonio mal avenido. «Escocia, Crimea, Bielorrusia, yo qué sé, Kosovo, ¡chico!, vamos a sentarnos a hablar en concreto», dice sobre las teorías comparativas sobre Cataluña. Le disgusta que apelen, los nacionalistas catalanes, se entiende, a referencias «del siglo XIV y el siglo XVIII». «Son ganas de complicar las cosas, cuando es relativamente sencillo, como lo es el problema lingüístico, el económico. Siempre que podamos hablar. No sé si todos los políticos esperan que alguien haga una oferta».

Señala por la otra parte una constante histórica de ofuscación de algunos políticos de Madrid hacia las reivindicaciones catalanas, un «rebote» que conecta a Azaña con Rajoy y que tampoco ayuda a resolver el litigio. «Es la aceleración de un proceso que siempre ha estado presente. Como en la República, cuando declaró la independencia, que duró 24 horas. La actitud de Azaña, un hombre tan liberal, tan ágil y pactista, es una especie de rebote. Como Ortega y Unamuno. Hay una auténtica esquizofrenia. Madrid, Cataluña, Barcelona…, quien más quien menos vive a caballo, con familia, trabajo y amigos en los dos lados, va y viene. Barcelona está llena de gente de todas partes. Pero cuando el tema se convierte en abstracto, ‘la nación’… No hay cuestión de vivir sin complicarse la vida».

¿Gurb vuelve a Barcelona 2014?

Al lector que se desternilló con las aventuras del extraterreste convertido en Marta Sánchez que buscaba a su compañero Gurb en las calles de la Barcelona rica en vísperas de las Olimpiadas del 92 le gustaría quizás verlo en una nueva misión en el contexto político actual, pero Mendoza dice «Gurb soy yo» y aclara que no se ve metiéndose en el papel ahora. «Estábamos en una euforia general», recuerda de entonces, y ahora, en cambio, él, que tanto cultiva el buen humor, ve que cunden los rostros malhumorados por la calle por culpa de la crisis, de la que «no hay quien se escape». «Una cosa es ser pobre y otra empobrecerse. Cuando éramos pobres nos conformábamos con un chato de vino».

Se acuerda de cuando iba al País Vasco durante el terrorismo y se asombraba: «Yo pensaba, lo tienen todo para vivir bien, se come bien, la gente es simpática, todos son cultos, elegantes. ¿Por qué vivir mal?». Un contrasentido, apunta, cuando hay sitios en el mundo donde los problemas son reales y no fruto, critica, de elucubraciones sobre la nación. «Aquí tenemos ganas de vivir con conflictos».

El Mundo (21.03.2014)

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