Del poderoso como víctima

Manuel Cruz

En sus viajes, Mas ha intentado comparar el soberanismo catalán con grupos oprimidos buscando la simpatía que inspira el perdedor

Es la suma de las tres confusiones la que explica la reivindicación, tan a la orden del día, del lugar de la víctima como el lugar más codiciado desde el punto de vista político

Alrededor de la cuestión de las víctimas se ha escrito mucho, y no siempre clarificador. Para empezar, hay alrededor de la noción algunas confusiones notables. La primera tiene que ver con la definición en cuanto tal que, aunque en teoría se limita a designar a la persona que padece un daño (pudiendo ser este debido tanto a la culpa ajena como a una causa fortuita), en la práctica ha terminado por quedar identificada con víctima inocente, esto es, con alguien que ha sufrido un daño injusto, a cuyo padecimiento no habría contribuido en lo más mínimo. Lo malo de esta identificación es que propicia una solidaridad intuitiva, poco elaborada, a partir de la cual algunos deducen juicios del todo insostenibles como el de que la víctima es la persona más adecuada para juzgar lo ocurrido o quien mejor puede aquilatar la justicia de un castigo.

La segunda confusión, a mi juicio de mayor trascendencia, es la que identifica víctima con vencido. La identificación suele funcionar sobre la base de una cierta simpatía previa que tiende a despertar en nosotros esta última figura, sobre todo en contraposición a la del vencedor. En realidad, dicha simpatía opera sobre la base —prácticamente nunca explicitada— de dar por descontado que el vencido comparte con la víctima la condición de inocente. A partir de ahí, nada tiene de extraño que en nuestra cultura el vencido, el derrotado, el loser, haya generado a su alrededor toda una estética que, sobre todo al confrontarse con la obscenidad (hortera por lo general) del vencedor, ha terminado por resultar paradójicamente mayoritaria.

El problema de tanta simpatía es que termina por descuidar un matiz fundamental, y es que el vencido ha alcanzado tal condición en un combate o, si se prefiere, es alguien que ha sido derrotado en la defensa de una causa, sin que quepa una valoración positiva de su figura que desatienda la causa que defendía. ¿O es que alguien en su sano juicio sentiría simpatía por quienes hubieran cometido las mayores atrocidades por el solo hecho de que hubieran resultado finalmente derrotados por un poder más fuerte? A estas dos confusiones podríamos añadirle una tercera, la que, extrapolando un daño o una derrota, convierte a quienes los puedan haber sufrido en víctimas o vencidos de una sola pieza. Repárese en el matiz, absolutamente fundamental: no se les considera seres que han padecido un daño y, por ello, expresan una queja más o menos legítima, sino seres definidos por su condición de víctimas, cuyo discurso solo puede ser, por definición, el del victimismo.

Pues bien, es la suma de las tres confusiones la que explica la reivindicación, tan a la orden del día, del lugar de la víctima como el lugar más codiciado desde el punto de vista político, en la medida en que coloca a quien lo ocupa en la posición de aquel que tiene derecho a reclamar o, a la inversa, de aquel a quien todo le es debido. Con otras palabras, en el lugar del inocente universal.

Lo anterior permite empezar a entender las principales razones por las que Artur Mas ha intentado en sus diversos viajes al extranjero establecer paralelismos entre su proyecto soberanista y el de los afroamericanos defensores de los derechos civiles en los USA de los años 60, el del pueblo judío que reivindicaba su Estado propio, el de los pacifistas indios seguidores de Gandhi o, en fin, el de Nelson Mandela en su lucha anti apartheid. Con independencia de que los paralelismos resulten ciertamente extravagantes, se comprende el interés del president en alejarse al máximo del lugar del verdugo/vencedor —lugar indeseable por antonomasia— en el que a veces se empeñan en situarle alguno de sus adversarios políticos más feroces, sobre todo cuando se empeñan en calificarlo de nazi.

Ahora bien, no ser un nazi (ni poder ser asimilado a variante alguna de verdugo) no concede automáticamente la condición de víctima. La pretensión de Mas de ubicarse ahí, en el lugar del inocente absoluto, o la de que las diferencias que el Govern que él encabeza pueda mantener con el Gobierno central le vayan a convertir en un resistente, no dejan de constituir desafortunadas concesiones a la demagogia (amén de atentados a la más elemental lógica), que no sirven más que para proporcionar fácil munición argumentativa a los adversarios políticos.

Con lo que llegamos a la razón más importante que explica el empeño de Mas en aparecer asociado a las víctimas de la historia, y que parece tener que ver con ese tópico (que, paradojas de la vida, tanto suele gustar a los tertulianos de la caverna mediática) según el cual “las víctimas siempre tienen razón”. El sofisma del que dicho tópico parece extraer su apariencia de verdad podría formularse en términos de pregunta: ¿quién tendría la crueldad añadida de reclamarle a una víctima inocente que ha sufrido daño sin motivo justificado alguno (fuera del fanatismo, la codicia o la ambición de poder de sus verdugos) que, encima, argumentara de manera convincente su queja? La víctima es aquel al que por definición nadie osaría pedir cuentas. La fantasía de todo gobernante, en definitiva.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la UB y autor del libro Una comunidad esnsimismada

El País (10.03.2014)

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