«Pónganse de acuerdo y dejen de destruir energía europea»

Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión Europea

Viviane Reding, vicepresidenta de la Comisión Europea

Nací en 1951, pero en cada decisión que tomo para construir Europa pienso en mis tres hijos. Soy de Luxemburgo: si levantamos una frontera y nos encerramos tras ella, estamos muertos. Sólo una Europa fuerte nos permitirá a todos los países seguir teniendo identidades fuertes

Lluís Amiguet.- ¿Cuántas veces le han preguntado por Catalunya y España por aquí estos días?
Muchas. Les contestaba y volvían a hacer la misma pregunta de otro modo. Pero sólo hay una respuesta: la Unión Europea es una unión de estados y sólo se puede ser ciudadano europeo si lo eres de uno de sus países miembros.

Pase lo que pase, pasará en las urnas.
Pero las urnas no resolverán el problema que tienen Catalunya y España. Ya es una crisis institucional y esas crisis son peligrosas, porque crean resentimiento y con resentimiento no se puede construir nada.


Fíjese en este maravilloso recinto de Sant Pau: es el fruto de la complicidad para construirlo de varias administraciones y partidos. Nosotros, la UE, hemos pagado la mitad.

Gracias, pues.
Y el resultado es fantástico. Pero regreso a Bruselas con un temor. Hace 25 años descubrí Catalunya y capté aquí una energía europea constructora magnífica. Pero ahora la están perdiendo en ese enfrentamiento.

Es una pena, sí, y un incordio.
Pero si se fijan en Europa, verán que ha sido un milagro de la humanidad. Y ha sido posible gracias precisamente a que todos han renunciado en alguna medida a lo que consideraban irrenunciable para construir juntos la democracia y la paz.

Y muchos nos alegramos.
Porque las grandes tensiones que pondrán en riesgo nuestra prosperidad, democracia y diversidad no serán entre Catalunya y sus vecinos, sino entre la UE y China u otras potencias. En esas tensiones es donde nos jugamos de verdad el futuro de nuestros hijos.

Pero Luxemburgo ya tiene su Estado.
Antes de la construcción europea, los luxemburgueses también teníamos Estado, pero debíamos renunciar a ser luxemburgueses si queríamos llegar a ser algo. Nuestro premio Nobel de Medicina, por ejemplo…

Jules Hoffman, lo entrevisté aquí.
Pues tuvo que conseguir un pasaporte francés para poder progresar en su carrera. Luxemburgo era demasiado pequeño. Descubrimos que la única manera de preservar nuestra identidad y nuestra lengua era construir la Unión Europea. Somos demasiado pequeños para tener un mercado propio…

Hoy casi cualquier país lo es.
Por eso, si ponemos unas fronteras y nos encerramos, nos morimos dentro. Sólo podemos sobrevivir dentro de una gran federación europea. Somos demasiado pequeños para tener una voz propia en el mundo.

Aprecio su realismo.
Pero también los países grandes de la UE sondemasiado pequeños para que les escuchen en el mundo. Y, al mismo tiempo, es ridículo que la UE seamos la mayor potencia económica del planeta y todavía no tengamos una voz política común.

Ya cuesta tener una sola por Estado.
Pues sólo esa unión puede preservar nuestra calidad de vida y nuestros valores y diversidad cultural, porque no vamos a convertirnos en un melting pot como EE.UU.

¿Unidad política y diversidad cultural?
Yo quiero preservar mi cultura luxemburguesa y quiero disfrutar de una cultura y una lengua catalanas únicas. Por favor, no cambien ustedes. Sean lo que son. Pero tomemos las decisiones juntos, seamos fuertes unidos, o nos impondrán a todos un solo modo de ser desde fuera.

¿No teme que el auge de los populismos liquide la construcción europea?
Me preocupan los populismos que atacan la democracia en cada Estado, pero no los que ganen escaños en la UE. Tras estas elecciones es muy posible que tengamos un treinta por ciento de europarlamentarios entre la extrema derecha y la extrema izquierda.

Muchos son.
Pero sólo harán ruido fragmentado. Los de extrema derecha se odian entre sí. Y, en medio, el gran centro de democristianos, socialistas, socialdemócratas y verdes trabajaremos discretamente construyendo Europa.

La veo entusiasta.
Nací en el corazón de la industria del acero europeo: sindicalistas luchadores que se lo decían todo a la cara. Sin diplomacias pero con mucha solidaridad. Vivíamos a un kilómetro de Francia, diez de Bélgica, veinte de Alemania… Y rodeados de inmigrantes. Aprendí italiano en la calle y nuestra educación fue siempre multilingüe: nos esforzamos todos por aprender la lengua de los vecinos.

Así se aprende a apreciar la propia.
Por eso los luxemburgueses siempre hacemos de intérpretes -algo más que traductores- entre franceses y alemanes. Siempre negociando entre opuestos más poderosos que nosotros mismos y arrancando pactos.

Veo que nació usted para ser europea.
Caí en la caldera de la poción europeísta cuando era muy niña. Mi familia, católica como la mayoría en mi país, combatió a los nazis. Crecí oyendo sus historias de la resistencia. Por eso, me he emocionado al ver a los ucranianos ondear la bandera azul europea en las barricadas de Kíev, porque somos su esperanza de democracia y paz. Un milagro para la humanidad que debemos consolidar para nuestros hijos.

 

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UNA RIÑA DE COLEGIO

La vicepresidenta europea me enseña el remodelado -magnífico- recinto de Sant Pau como si fuera suyo. Con razón, porque la mitad lo ha pagado la UE. Después, me pega -nos pega- una bronca por el choque institucional de los nacionalismos español y catalán. Y por el derroche de «energías europeas» tan necesarias ahora para construir la UE -y frente a nuestro paro galopante- que provoca esta competición de atributos. Me hace sentir como un escolar sorprendido en una riña de patio. Y no es que anduviera yo jaleando a los púgiles en la refriega, pero me hace considerar que, si estos delegados de clase se pelean, habrá que elegir a otros que sepan pactar.

La Vanguardia (26.02.2014)

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