En el 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado

Antonio Machado

Coherencia y compromiso republicano

Durante la guerra civil, que le había sorprendido en Madrid, participa activamente en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y, cuando es evacuado a Valencia en noviembre, su actividad a favor de la República se multiplica en actos y publicaciones

Si las conmemoraciones tienen utilidad, serían para reivindicar o volver la mirada sobre un acontecimiento o alguien que podía quedar lejos de la memoria. No es el caso del poeta sevillano Antonio Machado, porque por encima de modas literarias y oportunismos políticos, su vida y obra se ha impuesto por encima de decretos y de interesados olvidos. Ahí está, por ejemplo, su enorme biografía escrita Ian Gibson en el año 2006, aunque sería ingenuo pensar que las nuevas generaciones tienen noticia puntual del autor de Campos de Castilla, después de que en los programas educativos posteriores a 1990 dominasen los minimalismos que cercenaban los contenidos literarios y humanistas.

Antonio Machado, en enero de 1939, ante el avance de las tropas franquistas, en compañía de su madre y de su hermana, se dirigen desde Barcelona, como tantos otros, hacia la frontera francesa, que atraviesan no sin dificultades para llegar a Colliure (Francia) después de un duro peregrinaje. El día 22 de febrero de 1939 muere en el pueblecito de Colliure. Tres días después moriría su madre que en el camino, no dejó de preguntar: “¿Llegaremos pronto a Sevilla?”

Pero volvamos, aunque sea brevemente a su biografía. Antonio Machado había nacido en el seno de una familia de honda raigambre liberal. «Mis recuerdos de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid adonde mis padres se trasladaron, y me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza. A sus maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud,” afirmaba en 1917. Este reconocimiento no implicaba una total incondicionalidad, pues las ideas pedagógicas que desarrolló en Juan de Mairena representan la superación del elitismo educativo institucionista y la afirmación de una educación pública y popular.

Después de realizar varios viajes por España y Francia, obtiene la cátedra de Lengua francesa, que desempeña en Soria y, posteriormente, en Baeza, circunstancia que significaba un volver a Andalucía, un reencuentro con su tierra que no es grato para el poeta, porque además de sentirse extranjero, descubre el atraso cultural y la lamentable situación social andaluza. Sobre esta cuestión escribe: «Una población rural encanallada por la Iglesia y completamente huera. Por lo demás, el hombre del campo trabaja y sufre resignado o emigra en condiciones lamentables que equivalen al suicidio…».

En 1919, ya de nuevo en Castilla, desempeña la docencia en el Instituto de Segovia donde vive y celebra la proclamación de la II República, acontecimiento que recordaría el 14 de abril de 1937: “Aquellas horas, Dios mío, tejidas todas ellas con el más puro lino de la esperanza, cuando unos pocos viejos republicanos izamos la bandera tricolor en el Ayuntamiento de Segovia…Recordemos, acerquemos otra vez aquellas horas a nuestro corazón…” En 1931 consigue el traslado a Madrid y durante el periodo republicano, colabora en revistas y participa en diversos actos políticos.

Durante la guerra civil, que le había sorprendido en Madrid, participa activamente en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y, cuando es evacuado a Valencia en noviembre, su actividad a favor de la República se multiplica en actos y publicaciones. Sus artículos se prodigan en Hora de España, participa en innumerables actos culturales y políticos, como el Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas el 1 de mayo de 1937 o su participación en el II Congreso de Intelectuales que interviene con el discurso “Los milicianos de 1936,”

En los libros de texto encontramos a Antonio Machado agrupado en torno a la llamada Generación del 98 con criterios que hoy día son tan obsoletos como carentes de significación, pues aunque en un momento determinado desde el punto de vista cultural tenga aspectos concomitantes con otros miembros de la misma, Antonio Machado representa la superación del 98 desde el punto de vista ideológico, aunque determinados poemas de su libro Campos de Castilla se inscriban dentro de las preocupaciones «patrióticas» de sus miembros; y, en lo o que respecta a su estética, Soledades, su primer libro de poemas, aparezca equívocamente por su sintaxis dentro de la corriente modernista. El propio poeta sobre esta adscripción escribe en 1917: «Las composiciones de este primer libro (Soledades) publicado en enero de 1.903, fueron escritos entre 1.899 y 1.902. Por aquellos años, Rubén Darío combatido hasta el escarnio por la crítica al uso, era el ídolo de una selecta minoría (…) Pero yo pretendí (…) seguir camino bien distinto. Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu: lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta al contacto con el mundo».

Machado ha llegado a la conclusión de que el ideal romántico ha llegado ya al final de la expresión, al límite último de la «sinceridad», es decir, a un intimismo puro. Como apunta José María Valverde esta crisis se manifiesta en el poema «¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja!” donde pone de manifiesto la mentira romántica del autoconocimiento del «yo.” La estructura dialogística del poema – el poema es un diálogo entre el «yo» poético y la noche- expresa que es imposible buscar nuestra verdad por debajo de nuestras alienaciones y enajenaciones, porque sería a través del lenguaje, que implica comunidad donde encontraríamos el auténtico diálogo y, como consecuencia, a nosotros mismos. Para completar esta visión en el poema «Los cantos de los niños», Machado introduce la temporalidad como base de su poética. Así pues, comunidad y temporalidad serán los fundamentos de su poesía: “Ni mármol duro ni eterno, / ni música ni pintura, / sino palabra en el tiempo.” Algunos años más tarde, Antonio Machado afirmará que «la poesía es el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo», idea que enlaza con otro texto suyo en el que dice que el hombre y el poeta deben estar comprometidos con su momento histórico. El encuentro con Castilla va a ser decisivo en la vida y en la obra de Antonio Machado. Su identificación con su tierra y sus gentes determina una línea mucho más objetiva y variada que en su libro anterior: «Cinco años en tierras de Soria, hoy mi sagrada – allí me casé, allí perdí a mi esposa, a quien adoraba -, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano». El resultado de este encuentro va a ser Campos de Castilla (1912) en el que encontramos una serie de poemas descriptivos y reflexivos sobre las tierras castellanas y su problemática. Son los poemas típicos noventayochistas que, en ocasiones, se tornan en una amarga toma de conciencia sobre la situación social, económica y cultural de España. En Campos de Castilla, el poeta contempla el paisaje no sólo como una proyección de un estado de ánimo, sino también como la expresión de la realidad. Los enigmas del ser humano expresados en Soledades. Galerías, otros poemas(1907) )no desaparecen en Campos de Castilla. El poeta abandona el subjetivismo romántico para objetivar la realidad. Se ha producido un fenómeno de apertura «del yo al nosotros». Esta actitud machadiana no significa un abandono total de la introspección, sino que es el inicio de una toma de conciencia de los problemas sociales, políticos y humanos desde planteamientos regeneracionistas y noventayochistas. Esta actitud concluye en el claro compromiso político enunciado antes. Proverbios y cantares, es otra de las secciones de este libro y que es una colección de reflexiones breves, a veces en forma de copla popular. En 1917, aparece una segunda edición de Campos de Castilla en la que amplía el número de poemas y temas. El denominado “el ciclo de Leonor” es importante por su hondo intimismo. Los poemas «A un olmo seco», «Una noche de verano», «Allá en las tierras altas», «Señor, ya me arrancaste lo que más quería», «Otro viaje» y «A José María Palacio» nos ofrecen, primero la esperanza en la reciedumbre: «mi corazón espera / también, hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera»; y después, la desesperación honda, y más tarde una evocación doliente traspasada de intensa soledad.

Y por último, aquellos poemas críticos, escritos en Baeza sobre determinados aspectos de la sociedad andaluza y sobre la situación política y social de España, como «Poema de un día (Meditaciones rurales)» y «Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de don Guido».

El ciclo poético machadiano parecía llegar a su fin. En 1924 publica Antonio Machado Nuevas canciones, su último libro en verso que puede parecer una prolongación de los dos primeros, pero una mirada atenta nos descubre brotes de desolación y lucidez sin la imaginería simbolistas del primer libro así como la superación paisajística del segundo. La nueva serie de “Proverbios y cantares” anuncia la reflexión filosófica del Antonio Machado posterior.

Después de Nuevas canciones parece que el impulso poético machadiano ha desaparecido, porque en la etapa final de su vida Antonio Machado se siente atraído más por la filosofía que por el quehacer poético y para esto inventa una serie de apócrifos, como Abel Martín o Juan de Mairena, que le permiten teorizar o filosofar sobre diversos temas sin tener la responsabilidad académica. Este abandono – no total- del quehacer poético coincide con el nacimiento de una nueva generación poética en España y la llamada poesía pura o deshumanización del arte, estéticas con las que estaba en desacuerdo y que concretó en el siguiente proverbio: Toda imaginería / que no ha brotado del río / ¡barata bisutería!

Con la llegada de la República y el estallido de la Guerra civil, la poesía crea los cauces de un nuevo romanticismo y un nuevo romancero. Antonio Machado no tiene que cambiar de acera, porque tanto los poemas como la prosa que escribe durante el periodo bélico son la expresión de un coherente compromiso político que, en momentos de extrema gravedad, supo estar «a la altura de las circunstancias». Aquel «yo» inmerso en sus galerías interiores, lo encontró en la alteridad revolucionaria.

Antonio José Domínguez

Mundo Obrero (22.02.2014)

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