El exilio económico

Andaluces de Jaén

Juan Baeza se buscaba la vida como podía entre los campos de Olvera (Cádiz) en un momento en el que subsistir no era nada fácil: la Andalucía de los sesenta. Cuando tenía suerte y encontraba trabajo, recogía algodón y aceitunas. Cuando no estaba “colocado”, dice, iba a Jerez a pedir trabajo de un cortijo a otro. Y si no se lo daban, al menos trataba de conseguir algo de comida. “Iba a un cortijo y pedía garbanzos. Me los daban los paisanos, los señoritos no te daban nada”, cuenta, “me daban de comer por caridad”. El campo andaluz ofrecía entonces pocas oportunidades y la única salida que encontró fue cruzar la frontera. Y como él, cientos de miles. “Aquí no ganábamos nada”. Las cifras de los saldos migratorios son elocuentes: entre la década de los cuarenta y la de los ochenta, casi un millón y medio de andaluces dejaron la comunidad – datos de Evolución de la población española en el siglo XX, de Julio Alcaide Inchausti-.

Un carpintero fabricó la maleta de tablas con la que Juan comenzó su periplo. El destino fue Stuttgart (Alemania), donde le esperaba un puesto en la compañía ferroviaria. Un trabajo duro, cambiando raíles en las vías, pero que al menos le permitía subsistir y enviar dinero para su mujer y sus hijos. Tener, en definitiva, una vida lejos del hambre y algo más acomodada, que le permitiese comprar una casa y “que los niños tuvieran clase y un maquinita de escribir”. Pudo volver doce años después pero por el camino, dice, se dejó la juventud: “Ni mi mujer la ha disfrutado ni yo tampoco”.

La suya es una de las cientos de miles de historias que cambiaron de escenario durante la dictadura. También la de José Bocanegra, que tuvo el mismo destino. De Olvera a Alemania en los años 60. Antes pasó por Francia, pero tuvo que volver a salir ante la falta de oportunidades. Tenía solo 20 años y encontró trabajo en una fábrica química en Frankfurt con otros 28.000 trabajadores. “Un niño que era y meterme en el extranjero…”, recuerda, “el idioma, no conoces a nadie… es duro”. Pero José lo tiene claro. Si hoy le hiciese falta, haría las maletas en busca de oportunidades. “Me fui por necesidad. Si volvieran los tiempos aquellos, yo me volvería a ir”, asegura José, ”lo he pasado duro, pero estoy contento”.

LA NOVENA PROVINCIA

Cataluña fue uno de los destinos preferentes de esos andaluces que salieron de la región en busca de oportunidades. Se calcula que, alrededor de 1970, ya habían emigrado más de 800.000. El flujo comenzó tras la guerra, que arrancó las esperanzas jornaleras en una reforma agraria que equilibrase la situación del campo andaluz, y se intensificó a partir de los años cincuenta. En el horizonte, no solo la idea de encontrar un trabajo en las ciudades industriales catalanas, sino la oportunidad de volver a empezar de cero lejos de las heridas de la contienda. ”En su pueblo de origen el emigrante era conocidopor su vida pública y privada y, por lo tanto, era un sujeto fácil no sólo de la represión oficial sino de aquella represión informal de negación de trabajo y vacío social que convirtió su devenir en una verdadera pesadilla”, explica el profesor Manuel Marín Corbera en las páginas de Andalucía en la Historia.

La adaptación, sin embargo, no fue fácil. Los charnegos -como se conoce a los inmigrantes que llegaron a Cataluña desde otras partes de España- tuvieron que soportar la falta de garantías laborales y el recelo de unos obreros catalanes que los percibían como una competencia en tiempos de dificultades económicas. “Fueron alojados en infraviviendas, tratados con desdén y contratados con míseros salarios bajo precarias condiciones de trabajo”, explica Marín Corbera. En ese contexto, las redes de solidaridad que se formaron entonces entre andaluces emigrados constituyeron un importante cabo al que muchos pudieron agarrarse.

El recelo de las autoridades incluso llegó a materializarse en forma de deportaciones, vinculadas a la lucha contra las barracas en las que se asentaron muchos andaluces. Según recoge el periodista Jaume V. Aroca en la revista editada por el Centro de Estudios Andaluces, entre 1952 y 1956 fueron deportados más de 15.000 personas, muchas de ellas procedentes de Andalucía. El gobernador civil de Barcelona, Felipe Acedo Colunga, envió a todos los ayuntamientos una circular en la que les instaba a impedir los asentamientos de las personas que llegasen sin una vivienda legalizada. Los que se encontrasen en esa situación, debían ser enviados al Pabellón de las Misiones de Montjuïc, que también había servido para acoger indigentes. Pese a las trabas, la inmigración continuó: “Los inmigrantes se las ingeniarán para llegar de todos modos, bien bajando de los trenes en estaciones todavía alejadas de Barcelona, bien saltando a las vías antes de llegar a la capital o, sencillamente, tratando de ocultar su procedencia”, explica Aroca.

Muchos de esos andaluces nunca emprendieron el camino de vuelta  Su presencia sigue muy viva en la sociedad catalana, donde existe un importante tejido asociativo de las comunidades andaluzas. Desde una de ellas, el Centro Cultural de Andalucía en Manresa, Maruchi contaba que aún no ha podido olvidar las calles de Almería pese a llevar más de cuarenta años alejada de ellas. Desde la distancia, la construcción de Andalucía también tiene su firma. Cuando empezó a debatirse la articulación del estado en la democracia, salió a la calle para defender la autonomía catalana. Pero sin dejar de mirar hacia el sur. “Pensaba que la siguiente era la mía”.

DE TRENES A VUELOS LOW COST

Han cambiado las condiciones, pero se repiten los esquemas. Los altos índices de paro obligan a muchos andaluces a hacer las maletas y probar suerte en otras partes de España, Europa o América Latina. Aunque se trate de un fenómeno de menor magnitud, ha crecido con fuerza en los últimos años. Desde que comenzase la crisis, 50.000 andaluces han emulado las historias de Juan, Jose o Maruchi. Es el nuevo éxodo andaluz, protagonizado principalmente por unos jóvenes que, cualificados o no, salen a buscar un poco de oxígeno ante las asfixia del desempleo. En el fondo, una sensación, que resume Juan: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”.

Pablo Fraile

andaluces.es (9.02.2014)

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