Mandela

Ayer murió uno de los últimos gigantes políticos del siglo XX. Ha muerto el individuo, pero la personalidad de Nelson Mandela no ha fallecido todavía ni fallecerá fácilmente en mucho tiempo. No hablo de un mero líder político local africano. Hablo de un verdadero revolucionario político, la persona que lideró, en libertad, desde la cárcel y de nuevo libre, el proceso que transformó la República Surafricana y Namibia en plenas naciones políticas a finales del siglo XX y el XXI.

Mandela (Madiba que llaman en su país, Rolihlala -revoltoso- era su verdadero nombre, Nelson se lo puso su maestro de escuela y así se quedó) luchó contra el Apartheid biopolítico instaurado por los herederos blancos de los böers a finales de la década de 1940 hasta 1994, radicalizando estos en el poder político, y tras ganar unas elecciones donde solo podían votar blancos, las medidas sociopolíticas y económicas que establecían la segregación racial en una nación que hoy día, a pesar de existir una desigualdad social acuciante, una inseguridad ciudadana considerable y unas alarmantes tasas de SIDA, está en los BRICS, a la cabeza de las naciones emergentes que disputan la hegemonía geoeconómica al Imperio Estadounidense, y son la vanguardia política de todo el continente africano. Pero Mandela fue y es una figura institucional, un revolucionario de pies a cabeza, por los siguientes motivos:

– Mandela encabezó el proceso por el cual tanto Namibia como la República Surafricana se convirtieron en plenas naciones políticas. El Congreso Nacional Africano, partido político que en la legalidad y en la clandestinidad, tanto haciendo uso de las técnicas de lucha de la desobediencia civil como de las tácticas y procedimientos de guerrilla (Mandela se entrenó en técnicas paramilitares y terroristas en Libia y Etiopía), de ideología socialdemócrata, fue la fuerza política en sentido ascendente que consiguió la gran hazaña de hacer que el último gran régimen racista occidental cayese. El último presidente blanco del apartheid instaurado por el Partido Nacional, Frederik de Klerk, profundizó en las medidas antirracistas que los surafricanos demandaban en diversas instituciones nacionales e internacionales dándose cuenta que la mayoría negra que Mandela lideraba era imparable en su demanda no de una Suráfrica únicamente negra, sino de una Suráfrica para todos los surafricanos, negros y blancos. En este sentido, Mandela es el gran último libertador moderno, heredero de las revoluciones iniciadas en el siglo XVIII como la estadounidense y, sobre todo, la francesa y las española e hispanoamericanas durante todo el siglo XIX, estando a la altura de los revolucionarios liberales de Cádiz, de Simón Bolivar o de José de San Martín. La nación política, como nación de ciudadanos libres e iguales en derechos y deberes, es la primera gran construcción de la izquierda política definida ya en la Revolución Francesa. Y Mandela, y con él el Congreso Nacional Africano, son los últimos grandes herederos en el siglo XX ya pasado de esa tradición revolucionaria.

– Mandela fue además un revolucionario universalista, lo que no obsta a su patriotismo suraficano. Apoyó decididamente todos los movimientos políticos de liberación nacional eminentemente antirracistas y laicos del Mundo, simpatizó con el llamado Movimiento de los Países No Alineados, aunque no dudó en acercarse a los comunistas como fuerza bien organizada en Suráfrica de la resistencia antiapartheid del derechista Partido Nacional. En su libro del año 2000 ¿Ha muerto el comunismo?, Santiago Carrillo citaba así a Mandela unos párrafos de sus Memorias: el largo camino a la libertad respecto a lo que el movimiento comunista representó en esta lucha sin cuartel contra la irracionalidad racista (Plaza y Janés, pp. 260-262):

«Yo me encontraba entre los miembros de la Liga de la Juventud que desconfiaba de la izquierda blanca. Junto con algunos colegas de la Liga llegué incluso a boicotear reuniones del Partido subiendo violentamente al estrado, arrancando carteles y apoderándome del micrófono. En la Conferencia Nacional del CNA -Congreso Nacional Africano- en diciembre, la Liga introdujo una moción exigiendo la expulsión de todos los miembros del Partido Comunista, pero sufrí una espectacular derrota. 

Mi antigua oposición al comunismo empezaba a resquebrajarse. Moss Kotane, el secretario general del Partido y miembro de la Ejecutiva del CNA, venía con frecuencia a mi casa a última hora de la noche y discutíamos hasta el amanecer. Autodidacta y de ideas claras, Kotane era hijo de unos campesinos del Transvaal. Nelson -me decía-, ¿qué tienes contra nosotros? Todos luchamos contra el mismo enemigo. No pretendemos controlar el CNA. Trabajamos dentro del contexto del nacionalismo africano. 

Dada mi amistad con Kotane, Ismail Meer y Ruth First y a que fui testigo de su sacrificio, cada vez me resultaba más difícil justificar mis prejuicios contra el Partido. En el seno del CNA había gente entregada y militantes como J. B. Marks, Edevin Mofitsanyana, Dean Hoome y David Bopape entre otros, a los que no se les podía reprochar nada como luchadores por la libertad. El doctor Dadov, uno de los líderes de la resistencia de 1946, era un marxista muy conocido, cuyo papel como luchador por los derechos humanos le había convertido en un héroe para todos los grupos. No era posible cuestionar -y yo no lo hacía- la buena fe de aquellos hombres y mujeres. 

Si bien no negaba su dedicación, sí discutía la base filosófica y práctica del marxismo. Pero mi conocimiento del mismo era escaso y en las conversaciones políticas con mis amigos comunistas me veía limitado por mi ignorancia sobre la filosofía marxista. Dedicí ponerle remedio. Adquirí las obras completas de Marx y Engels, Lenin, Stalin, Mao Zedong y otros e indagué acerca de la filosofía del materialismo dialéctico e histórico. La verdad es que disponía de poco tiempo para estudiar adecuadamente aquellas obras. Aunque me sentí muy estimulado por el Manifiesto Comunista, El Capital me dejó exhausto. No obstante, me sentía fuertemente atraído por la idea de una sociedad sin clases que, a mi parecer, era un concepto similar al de la cultura tradicional africana, en la que la vida es comunal y compartida. Suscribía el dictado básico de Marx, que tiene la simplicidad y generosidad de una regla de oro: «De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades«. 

El materialismo dialéctico parecía representar a la vez una luz que iluminaba la oscura noche de la opresión racial y una herramienta que podía emplearse para ponerle fin. Me ayudaba a ver la situación desde una perspectiva distinta a la de las relaciones entre blancos y negros. Si nuestra lucha había de tener éxito debía de trascender el blanco y el negro. Me resultaba atractiva la base científica del materialismo dialéctico, ya que siempre me he sentido inclinado a confiar en aquello que puedo verificar. Igualmente, encontraba acertado el análisis materialista de la economía. La idea de que el valor de las mercancías se basaba en la cantidad de trabajo empleado en producirlas parecía particularmente apropiada en el caso de Suráfrica. La clase dominante pagaba a la mano de obra africana un salario de mera subsistencia y después añadía una plusvalía, de la que se apropiaba, al coste de las mercancías. 

La incitación del marxismo a la acción revolucionaria era música para los oídos de un luchador por la libertad. Del mismo modo, la idea de que la Historia progresa a través de la lucha y de que el cambio se produce en forma de saltos revolucionarios me parecía muy atractiva. En mi lectura de las obras marxistas encontré gran cantidad de información directamente relacionada con el tipo de problemas a los que se enfrenta un político en la práctica. Los marxistas prestaban gran atención a los movimientos de liberación nacional. La Unión Soviética, en particular, apoyaba la lucha por la liberación de muchos pueblos colonizados. Ésta fue otra de las razones por las que enmendé mi punto de vista sobre el comunismo y acepté la postura del CNA de dar la bienvenida a los marxistas en su seno. 

Un amigo me preguntó en una ocasión cómo conseguía reconciliar mi credo nacionalista africano con el materialismo dialéctico. Para mí no existía contradicción alguna. Por encima de todo, era un nacionalista africano que luchaba por nuestra emancipación del Gobierno de una minoría y por el derecho a controlar nuestro propio destino. Pero al mismo tiempo, Suráfrica y el continente africano formaban parte del resto del Mundo. Nuestros problemas, aún siendo específicos y peculiares, no eran totalmente únicos, y consideraba valiosa una filosofía que enmarcaba aquellos problemas en un contexto internacional e histórico. Estaba dispuesto a emplear cualesquiera medios fueran necesarios para acelerar la desaparición de los prejuicios humanos y el fin del nacionalismo chovinista y violento. No necesitaba convertirme en comunista para trabajar con los comunistas. Descubrí que los nacionalistas y los comunistas africanos tenían, en términos generales, muchas más cosas en común que diferencias. Los más cínicos siempre han sugerido que los comunistas nos utilizaban. Pero ¿quién puede afirmar que no éramos nosotros los que les utilizábamos a ellos?».

– Mandela fue un estoico en el más puro estilo de Marco Aurelio: «el Universo, mudanza; la vida, firmeza«.  Y al salir de la cárcel, su foto con el puño en alto representa mejor que nada esa filosofía estoica de vida que todo líder político de altura universal puede tener. El puño cerrado en alto es, además del saludo de las izquierdas de la Internacional, un símbolo estoico que simboliza que se tiene bien apretada y asegurada en uno mismo la sabiduría y la verdad. Y Mandela lo sabía, pues aún determinado por las causas de su tiempo, fue un hombre libre, cuya libertad preparó su muerte ayer y la perpetuidad de su persona más allá del día de ayer, una perpetuidad histórica y trascendental a toda Suráfrica y a todos los explotados y oprimidos del Mundo. Murió en su casa, en su cama, rodeado por su familia y amigos más cercanos. Ha tenido buena muerte, como el emperador romano Augusto. En palabras de Gustavo Bueno (El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo 1996, p. 232):

«Si queremos ahora dar sentido a los casos de «eutanasia personal no operatoria«, es decir, el caso del «fallecimiento bueno» parece evidente que tendremos que pensar en algo así como un fallecimiento en el cual la persona deja buena memoria de sí en los demás, independientemente de los sentimientos subjetivos, placenteros o dolorosos, que haya experimentado el moribundo. Desde la perspectiva personal, es obvio que la bondad de la eutanasia personal no habría que medirse por relación a los sentimiento del fallecido («cuando yo existo la muerte no existe, etc.»), sino por relación a los sentimientos de sus amigos, o de sus enemigos. El concepto de un buen fallecimiento, el concepto de una eutanasia personal, está en función no de los acontecimientos subjetivos que tengan lugar en los últimos momentos de la vida del individuo, sino en función de toda su biografía. Y aquí podría tomar inspiración la sentencia que nos dice que el sentido de la vida es la preparación para la muerte».

Tras despedirme de Chávez (http://www.armesilla.org/2013/03/chavez.html), uno de los primeros grandes del siglo XXI, me despido en esta entrada de uno de los últimos grandes del convulso, esencial y apasionante siglo XX. De las grandes personalidades del siglo XX ya solo nos queda Fidel Castro.

Nelson Mandela tiene mucho que enseñar a todos los patriotas políticos del Mundo, en particular a los patriotas españoles que no se conforman con solo defender que ondeen banderas en ayuntamientos, ni mucho menos el acercamiento a instituciones supranacionales que nos sitúan en situación de colonia rica anglogermánica, o que nos diluyen cual Imperio Austro-Húngaro dentro de nuestras fronteras. Un centenar de Mandelas españoles organizados sería suficiente para empezar a poner en jaque una situación que, si bien no es tan ominosa como la que vivían los surafricanos negros durante el siglo pasado, sí tiene mucho que aprender y agradecer de luchadores que no pueden, sino, ser siempre un ejemplo universal admirado y querido por toda persona de bien que se precie. Pues gracias a Mandela y al CNA, en Suráfrica los negros pueden votar, pueden casarse con blancos y tener relaciones sexuales con ellos, y desde hace poco hay bodas entre personas del mismo sexo.

Queda mucho por hacer en Suráfrica, desde luego, y lo conseguido por Mandela no podría ser en absoluto el fin de una lucha, de un necesario «movimiento real que anule y supere el estado de cosas actual», tanto en Suráfrica como en España. Por lo que el ejemplo ético, moral y político de Nelson Mandela, por ser ya universal, solo puede ser universalmente tomado. Y tomarlo es un deber ético, moral y político.
Hasta siempre, Madiba. Y gracias.

Santiago Armesilla, Blog de Santiago Armesilla, 06-12-2013

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