Había una vez un pulpo, y un día vino

Había una vez un pulpo, y un día vino Simbad el Marino y lo pescó. Este pulpo, si lo llevabas al desierto, se ponía amarillo-amarillo; si lo llevabas al Everest, se ponía blanco-blanco; si lo llevabas al Amazonas, se ponía verde-verde… pero como vivía en el fondo del océano, iba de azul marino. En estas, se le ocurrió a Simbad el Marino llevar a su pulpo hasta una isla para darle lecciones. Fue pensarlo y hacerlo, porque casi al instante se encontró el pulpo en un islote desierto, apoyado contra una palmera, con lo cual, Simbad le preguntó: ―¿Cómo te ves?― Y el pulpo extrañado le respondió: ―Pues, la verdad, no me veo. Es que, como siempre se había visto de azul marino, pues ahora, como solamente veía rayas y sombras y brillos y cosas así, el pulpo no se encontraba. Y Simbad regocijado por la sorpresa añadió: ―No te preocupes, tonta. Es normal que no te reconozcas, porque tú eres nada menos que la Libertad Cívica. ―Ah ¿sí?― exclamó extrañada la Libertad Cívica. Y Simbad repuso: ―Claro que sí. Pero tienes que ser muy ecologista, ¿eeeh? ―¡Ah, vale! Así de felices vivían hasta que un día llegó furtivamente Alí Babá y le mangó el pulpo a Simbad el Marino. Sin pérdida de tiempo, lo transportó hasta su famosa cueva, y allí lo soltó con alacridad. El pulpo corrió a refugiarse en el rincón más recóndito de la cueva, en un pasadizo estrechísimo que encontró se metió y se quedó acurrucado en el fondo. La oscuridad era tan profunda que el pulpo se volvió totalmente negro, más negro que la noche y el carbón juntos; y el silencio era tan grande que, sin poderse aguantar de asustada como estaba, se le escapó un diminuto pedito que sonó como si fuese un trueno. Y el eco resonó por toda la cueva. Ya sólo se vieron sus ojitos hasta que decidió cerrarlos, y todo quedó como si nada hubiera ocurrido. Milenios y milenios habrían transcurrido de no terciar la suerte, pues el día menos pensado cayó por la cueva nada menos que Aladino. Sabido es que él contaba con una lámpara maravillosa, a la que frotó como solía, y salió el acostumbrado genio. Esta vez se le ocurrió preguntar alarmado por la Libertad Cívica: ―Oye, Genio, ¿dónde se encuentra la Libertad Cívica? ―En la cueva de Alí Babá ―respondió el Genio― ¿dónde va a ser, pues? Entonces, sin pensarlo dos veces, cogió y se fué corriendo hasta la cueva. Llegado que hubo, comenzó sin tardar a buscar a la Libertad Cívica, pero como todo estaba muy oscuro, no se veía ni torta, así que frotó de nuevo la lámpara para que apareciera el Genio. Y hete aquí que se iluminó la figura verdadera del Genio, que era una Genia, porque en realidad Ella era la Razón Democrática. Entonces, elevó la mano dirigiendo su índice fluorescente hacia el rincón donde apenas se veía una masa tenue de brillantina que súbitamente se movió y abrió los ojos, y reapareció en toda su magnificencia la Libertad Cívica. Y allá se abrazaron fuertemente la Razón Democrática y la Libertad Cívica. ―Con todo esto― se le ocurrió pensar a la Libertad Cívica ―¿qué hacemos? A lo cual la Razión Democrática respondió: ―¡Cogemos! Y el pulpo, como tenía muchos brazos… ¡se lo cogió todo! Y allá que se fueron pa la Sierra a hacerse un Palacio muy grande muy grande. Y en aquel Palacio pusieron pistiiinas, jiraaaafas, elicóoooteros; de tooodo de tooooodo. Un día de aquéllos apareció frente a las murallas una chica que se llamaba Sarita Muchamarcha, que era de Lesbos y sabía hacer sus cositas, así al verla… pero esta es otra historia, amado Amador. Te la contaré mañana.

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