Sin miedo al referendo

Julio de 2013 y el día de la marmota en Cataluña se confirma jornada tras jornada, año tras año, pero lejos de significar un equilibrio de fuerzas, lejos de suponer un stand by en el que los diferentes actores políticos aguardan aletargados a que las condiciones sean las más adecuadas para entrar en batalla, sin que los contendientes obtengan beneficio alguno de la espera, camina hacia todo lo contrario. El nacionalismo sabe moverse muy bien, siempre ha sido así y siempre lo será, dado que es capaz de despertar el sentimiento ancestral de pertenencia a la tribu dejando que el proselitismo pseudoreligioso haga el resto. De esta manera, el no hacer nada le otorga toda la ventaja y el hacerlo por el camino de atrás tomando decisiones mediante imposiciones sin justificar ni explicar, por muy legales que sean, le encamina hacia la victoria de las ideas.

Así que los que defendemos la nación española plural como una sociedad de ciudadanos libres e iguales, sin distinción de raza, sexo, religión, condición o lengua, debemos plantar cara y hacerlo ya, porque el método Rajoy consistente en esperar a que las cosas se solucionen por sí mismas, en este caso no sirve (si es que sirve en alguno) y nos aboca directamente a la derrota de la razón. La batalla de las ideas no la podemos perder si luchamos por el marco mental en el que se desarrollan. Lakoff ya lo explicaba muy bien en su No pienses en un elefante, tan de moda hace unos años entre nuestros políticos: jugar en el marco mental del rival supone dejarse arrastrar por la corriente con dos palitos como remos.

Nuestro marco mental actual ha sido dirigido y establecido por un personaje siniestro para la convivencia como ha sido y es Jordi Pujol, y ha sido desarrollado por los diferentes líderes nacionalistas durante casi 40 años con gran maestría. No le negaremos al enfermo mental la intensidad de sus obsesiones y las consecuencias del seguidismo de las mismas. Este esquema de pensamiento, básico y pueril, se basa en dos premisas fáciles de entender:

1) Cataluña es una nación milenaria pacífica invadida por los malvados colonizadores españoles que no nos dejan desarrollarnos como pueblo.

2) Cataluña es una nación emprendedora que podría ser más rica si no fuera por el parasitismo español decadente.

Y estos dos conceptos se adornan con una simbología atrayente basada en la lengua, las múltiples formas de la bandera, el folklore, el Barça y otros variados elementos que configuran una realidad absolutamente monocolor. Todo ello apoyado por una maraña de asociaciones multidisciplinares hipersubvencionadas que encuentran en unos medios de comunicación completamente dependientes del poder de turno y una escuela pensada para el adoctrinamiento, las vías más adecuadas para imponer una visión única de una realidad, pese a todo, asombrosamente plural. No olvidemos tampoco el trabajo en sentido contrario basado en el desprestigio y la anulación sectaria del malvado enemigo español y toda la simbología que lo acompaña.

Todo esto ha ido calando como una persistente lluvia fina en la conciencia colectiva catalana y en un momento como el actual de grave crisis económica e institucional ha salido a la luz en forma de masas uniformadas deseosas de llegar a su paraíso de 72 vírgenes. Y en Madrid se han sorprendido ante la envergadura de la situación y se debaten entre la autoflagelación tan típica de nuestra nación o la imposición legal y militar que, como antes explicaba, no aporta nada a la batalla de las ideas que más tarde o más temprano es la que se lleva el gato al agua. Y aquí es cuando uno se pregunta si en la capital no se enteran de nada porque no quieren, porque ese es el nivel político existente o porque están tan inmiscuidos en sus sórdidas corruptelas que no les queda tiempo para más. Sea como sea, cada vez se hace más evidente que somos los propios catalanes que no comulgamos con el totalitarismo del nacionalismo y su componente racista y clasista los que debemos coger la sartén por el mango y cambiar las tornas de esta trágica situación. Para ello debemos acometer la batalla por el marco mental de la población sin más dilación. Hay que reconocer el gran trabajo hecho por parte de Ciudadanos, desde su nacimiento en 2006, para desmontar el mito nacionalista, pero sin la sociedad civil, sin la implicación de la parte no subvencionada de la sociedad, esta lucha está sentenciada y no a favor del logos precisamente.

Aún estamos a tiempo si somos capaces de dar la vuelta a sus patéticos eufemismos. De esta manera, no son independentistas, son separatistas, ¿por un país de todos, escuela en catalán o por una escuela de todos educación bilingüe? ¿Derecho a decidir, o derecho a dividir? ¿Nacionalismo de izquierdas u oxímoron alejado de la verdad? ¿Solidaridad o racismo? ¿Deseos de libertad o justificación para el sometimiento? ¿Igualdad o defensa de los privilegios? ¿Superioridad catalana o racismo hispanófobo? ¿La bandera separatista que anula al 50% o más de la población está bien vista pero la bandera española constitucional que no excluye a nadie es fascista? ¿Catalanismo es guay y españolismo es facha?

Únicamente desentrañando sus mantras forjados a fuego durante años, desenmascarando la maldad de sus afirmaciones categóricas y por tanto ganando la batalla de los esquemas mentales en los que se juega la partida política podremos plantar cara a esta deriva de enajenación de la masa de impredecibles consecuencias. O espabilamos en crear alternativas, en generar ideas y dejar de remar en el río dispuesto maquiavélicamente por el excluyente y sectario nacionalismo orgánico o el escenario que nos prepara el neofeudalismo separatista es el de preparar las maletas, al menos los que no lo tenemos nada fácil para ser y ejercer como disidentes. Ya no vale mirar para otro lado, el lobo se ha colado en la casita de las ovejas y está preparando la parrilla y el carbón.

¿Queréis hacer un referendo separatista?

Tras sentar las bases introductorias de la batalla por el marco mental, pasaremos ahora a un ejemplo de aplicación práctica de la misma. Y que mejor para esta empresa que empezar con el derecho a decidir, siendo este el eufemismo más manido y de mayor éxito del separatismo, que se ha colado en el imaginario mental de ciudadanos, partidos políticos y medios de comunicación a nivel regional y nacional, salvo contadas excepciones. Esta batalla simbólica la ha ganado el nacionalismo, por mucho que insistamos en que ese supuesto derecho a decidir no existe, o que las leyes no lo permiten, o que en realidad es una mentira que encubre las ansias de exclusión de una parte de la sociedad por la otra, más motivada, concienciada, obsesionada y activa. Seguiremos a rebufo si negamos la evidencia, jugando a defendernos, lo que normalmente lleva siempre a la derrota.

Así que pasemos al ataque, ¿queréis hacer un referendo separatista? Pues hagámoslo, pero no con vuestras condiciones, dado que este hecho supone vulnerar la Constitución y por tanto la modificación de múltiples leyes y poner patas arriba el sistema institucional. Estudiaremos en profundidad cómo hacerlo de tal manera que cuatro décadas de manipulación a través de la educación, los medios de comunicación y el entramado asociativo subvencionado no vulneren el supuesto deseado equilibrio que todos los contendientes deberían perseguir si realmente lo que quieren es que todos podamos decidir en igualdad de condiciones. Lo que en lenguaje pedagógico llamaríamos poner límites. Y es que no hay nada más adecuado para las pretensiones sentimentales, legítimas pero pueriles, que la pedagogía. Si tratamos con niños, hablemos el lenguaje que entienden.

La fecha

Es evidente que es completamente inaceptable el año 2014 como fecha para la celebración del referendo separatista, sería como hacerlo el mismo día que España ganó el Mundial de fútbol. Si realmente desean que decidamos libremente, únicamente podremos hacerlo si, en la medida de lo posible, evitamos por ambas partes que la fecha de la votación coincida con algún acontecimiento simbólico que pudiera beneficiar a alguna de las dos opciones. Una decisión tan fundamental para el futuro de todos necesita ser trabajada a nivel legal y todo eso requiere de un arduo desarrollo parlamentario eficaz consistente en conseguir una mayoría de fuerzas políticas comprometidas con la puesta en marcha del referendo, la reforma constitucional obligada y la explicación suficiente a la población de lo que supondría llevar a cabo tal votación.

El “tenim pressa” no es aceptable si lo que se desea realmente es otorgar el poder decisorio a la ciudadanía catalana. Para decidir hay que conocer y de momento todo está pertrechado para que sólo pueda decidir una parte y la otra se encuentre con una situación sobrevenida sin conciencia alguna de la realidad. Por lo tanto, el año 2018 podría ser una fecha plausible para llevar a cabo el referendo, con tiempo suficiente para modificar la legalidad vigente, explicar a la sociedad la realidad posterior de una supuesta victoria del separatismo y obtener la legitimidad suficiente para cualquiera que sea el resultado de la votación.

La pregunta y la respuesta

La pregunta debe ser clara y explícita, sin ambages, explicada de antemano con tiempo y recursos y haciendo consciente a la ciudadanía de la responsabilidad que supone ejercer el voto en un o en otra dirección. Una pregunta que no dejaría lugar a la duda sería podría ser: ‘¿Desea que Cataluña siga formando parte de España y de la Unión Europea?’. Evidentemente el sí significaría decir no al separatismo. ¿Por qué vamos a renunciar a una palabra que en sí misma ya tiene una connotación positiva? Quien quiere romper y separar no somos los que pensamos que estamos mejor unidos, con lo que el no significaría romper la unidad y el sí seguir formando parte de la nación española.

Esta condición sería innegociable, recordemos que si hacemos el referendo es porque entendemos que la situación actual con una parte de la población catalana envalentonada por sus irresponsables líderes y alimentada por sus voceros subvencionados es insostenible y queremos encontrar una solución que devuelva la realidad política al quehacer diario en pos de la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía de donde no debería haber salido nunca.

Extrapolación inversa de la ley electoral actual

Desde el feliz establecimiento de la democracia la ley electoral catalana se ha mantenido impasible a los cambios demográficos y a la voluntad de autogobierno tan deseada en otros ámbitos por gran parte de los partidos políticos catalanes. El motivo no es otro que el magnífico beneficio que de esta realidad ha obtenido siempre el nacionalismo. El un hombre un voto no ha estado nunca entre las prioridades del separatismo con lo que en este hipotético referendo se mantendría el sistema de votaciones igual pero invertiríamos los términos. Dado que cuatro décadas de preeminencia del voto rural de las provincias más decantadas, por tanto, hacia posturas nacionalistas han supuesto un desequilibrio de poder en las instituciones catalanas, es de justicia que en un referendo tan importante para todos, si de verdad pretenden una votación justa en la que todos decidamos de forma equilibrada, se cediese por un día ese privilegio al rival que ha salido perjudicado durante tanto tiempo.

La cortesía es fundamental en las relaciones de confianza, ¡qué menos! Con lo que en este referendo, y también sería innegociable, los votos se contabilizarían para el cómputo final mediante una extrapolación inversa de la ley electoral actual. El día después del referendo, pasase lo que pasase, las fuerzas políticas catalanas se comprometerían a desarrollar una ley electoral catalana que nos llevase definitivamente al un hombre un voto y así se cercenaría de una vez por todas esta manifiesta injusticia.

Contabilización del voto

Romper el statu quo no es algo baladí, con lo que la victoria de la opción separatista no podría ser nunca aceptable al 51% del cómputo del voto total desarrollado de la extrapolación inversa de la ley electoral actual. El 65% sería lo aceptable por parte del Estado. Si prácticamente ninguna nación del mundo acepta en sus constituciones el derecho a la separación y España sí lo hace, lo debería hacer asegurándose que los ciudadanos que no queremos renunciar a nuestras raíces históricas y culturales no quedemos aplastados por una parte de la población que no es capaz de convivir con la multiplicidad de identidades a la que muchos catalanes no vemos ningún problema.

A ese 65% del voto total se debería añadir la innegociable también necesidad de voto negativo de más del 50% en cada una de las cuatro provincias catalanas. Es decir, si el cómputo total del voto resultante de la extrapolación inversa de la ley electoral actual sumase más de un 65% a favor del no a seguir formando parte de España, cada una de las provincias debería tener más de un 50% del voto negativo también para que la separación se hiciese efectiva. Esto evitaría que una parte importante de la población catalana concentrada en los núcleos mayores de población se encontrase atrapada en una realidad que no desea mayoritariamente, escenario que podría conducir a una no aceptación del resultado y a una posible rebeldía ante el mismo que nos llevaría a la situación creadora del conflicto pero a la inversa.

Consecuencias del referendo

Una decisión que pone en jaque a las instituciones del Estado y la vida de tanta gente no puede cerrarse en falso. Como en mí artículo La ‘futbolización’ de la política señalé hace un tiempo, el nacionalismo es sentimiento y se aleja de la racionalidad necesaria para la toma de decisiones fundamentales. Así, la lectura de una derrota por parte del secesionismo sería como la del seguidor fiel a su equipo que pierde, estaría clara y sería esperar al año siguiente para hacer otro referendo, así ad infinítum hasta la victoria final; ya ganaremos la liga del año que viene, esta estaba amañada por los árbitros, hemos tenido mala suerte, se nos ha lesionado nuestra estrella, justo ayer pasó un gato negro delante de mí, derramé la sal o vete tú a saber.

Así que las condiciones, de nuevo innegociables, deberían quedar bien claras. En 2018 habrían pasado 40 años de la votación afirmativa por parte de más del 90% de los catalanes, con un 68% de participación, de una Carta Magna que el Estado se habría visto obligado a modificar para contentar a una parte de la población muy ruidosa y veríamos cuánto de numerosa. Así, pasarían otros 40 años hasta que pudiese volver a celebrarse otro referendo de iguales características, si así lo deseasen la mayoría de fuerzas parlamentarias que en el 2058 ocupasen el Parlamento autonómico de Cataluña.

Mientras tanto, además de la modificación de la ley electoral, se suprimirían todas las subvenciones partidistas dedicadas a la construcción nacional, siendo revisadas las mismas por parte del Estado para evitar la picaresca. La educación volvería a manos del Estado y la escuela se desarrollaría en un ambiente desligado por completo de la política en el que el bilingüismo equilibrado sería la nota predominante, adaptándose a la realidad sociocultural sin suponer en ningún caso la enseñanza por debajo del 30% en cualquiera de las dos lenguas oficiales. Es decir, que la autonomía de centros permitiría la puesta en marcha en el Bajo Llobregat de un sistema lingüístico con predominancia del catalán y a la inversa con el castellano como lengua mayoritaria de enseñanza en comarcas interiores. De la misma manera, la alta inspección educativa controlaría la implementación de estas medidas y sancionaría duramente a los equipos directivos y a los profesionales que utilizaran la escuela para hacer apología partidista. Sería el fin del adoctrinamiento escolar, 90 años de franquismo y nacionalismo catalanista (dos caras de la misma moneda) son demasiados ya.

Por último, TV3 sería completamente renovada y recortada hasta llevarla a la dimensión adecuada al tamaño y la realidad de una Comunidad Autónoma como es Cataluña, ejerciendo de vehículo de transmisión plural de la realidad o en su defecto, si eso no fuese posible por la selección que durante años se ha hecho de sus profesionales entre lo más selecto del nacionalismo orgánico, privatizarla. Si los nacionalistas deseasen mantener una televisión al servicio de unos cuantos deberían pagársela ellos y tendrían toda la libertad para hacerlo, faltaría más. Igual que a muchos nos repugna la línea editorial de Intereconomía o 13TV, pero al ser cadenas privadas no tenemos nada que objetarles más que la crítica razonada a sus puntos de vista conservadores al extremo, aquí pasaría lo mismo. Todo menos mantener la situación actual, vergonzosa y más típica de otras épocas y otros países.

En resumen, la fiesta se ha acabado, ¿quieren referendo? Lo tendrán, pero el escenario nunca volverá a ser el mismo. Si lo ganan porque ese escenario implicará por sí mismo un cambio radical múltiple; si lo pierden, porque el Estado ocupará el lugar que le corresponde y que nunca debió dejarse usurpar. Y esto último también es innegociable.

Rompamos su marco mental, lideremos la iniciativa política, conceptualmente tenemos todas las de ganar. El contexto de crisis económica está resultando la excusa perfecta para el auge de los extremismos en todo el mundo. Mientras la población despierta sobresaltada de la ilusión burguesa y camina sin rumbo definido hacia no se sabe dónde, el retorno a los valores de solidaridad, fraternidad, igualdad y justicia social harán imposible el triunfo de un nacionalismo que cada vez esconde menos su componente discriminatorio. Trabajemos en esa dirección, por el bien de todos.

Daniel Perales, La Voz de Barcelona, 18-07-20113

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