Un filme certero como una bala

Catel de la película

Aseguran los que saben de eso que la bala más temible es la que te da en el estómago. Porque suele tener efecto lento, doloroso; no pierdes la lucidez, sino al contrario, te va pasando la vida tramo a tramo y entre estertores. Y sin paliativos, si no tienes un médico a mano que te ponga la inyección benigna y te meta en un quirófano a toda prisa. El disparo en la barriga es como una metáfora de la muerte del cerdo; sabes que te estás muriendo, te consienten chillar y lamentarte, pero no sirve de nada. Sencillamente, te vas. Indignado por tu suerte, porque no hay nadie a tu alrededor, porque no podrás despedirte de la gente a la que has querido y quién sabe si te enterrarán en un cementerio como el de Igualada, a tiro de piedra de Barcelona, diseñado por genios de la arquitectura –Enric Miralles y Carme Pinós– pero que tú no visitarías vivo a menos que fueras conductor de funeraria, o fiel vasallo de un muerto al que adoraste; tu hijo, por ejemplo.

Aunque no lo parezca, estoy hablando de una película. Título, Ayer no termina nunca. Directora, Isabel Coixet. Actores, Candela Peña –un recital– y Javier Cámara –voluntarioso–. Una historia sencilla que aborda lo que probablemente llegue a ser este país –abocado a ser una mierda con ribetes– a medida que se le vayan cayendo los ribetes y se quede en mierda a secas. España, vertiente catalana o extremeña, da lo mismo, y una pareja que se vuelve a encontrar cinco años después de que una inefable noche de Fin de Año el tipo saliera a comprar tabaco, como suele decirse, a las siete menos cuarto de la tarde y no volviera jamás para comerse unos langostinos congelados ni las uvas peladas que despedían el año.

En la boca del estómago. Ahí está el disparo. Porque hay una historia de amor y desamor, de separación y evocaciones, pero sobre todo es el relato de una doble crisis. La del matrimonio que pierde a un niño porque enfermó en un puente –ahora los puentes, los que no se caen, son los que median entre dos fiestas; los otros se denominan Calatravas y se entienden como estafas urbanísticas– y la madre mantuvo al chaval ¡cinco horas! en brazos porque las urgencias estaban colapsadas. ¿A alguien le extrañaría? Pues hete que agudos críticos de esta generación de pitufos han exclamado: “demagogia y oportunismo”. Olvídense de los críticos, porque los críticos cinematográficos cada vez se parecen más a las putas fijas, antiguamente denominadas queridas. Observen, aunque sea una sola semana, la lista de estrenos y se pueden desternillar de risa. Tengo buenos amigos entre ellos, también entre las queridas de algún grande de antaño; no se diferencian en casi nada, fuera de que unas lloraban en el cine, y los otros observan impertérritos.

Un tipo se va a las siete menos cuarto de la tarde del día de Fin de Año, porque está harto de su mujer, de su sociedad, de su sufrimiento por un niño que ha muerto con seis años en un país de mierda donde los puentes sirven para los vagos y los ahorcados. Y se vuelven a encontrar porque aseguran que van a trasladar los restos del chaval para construir un casino, y allí están jugando con su pasado y su presente y su destino. Pero el dolor viene de donde penetró la bala, esa barriga que se va desangrando. ¿Había que marcharse de este país o había que aguantar ese tirón del ayer, que dura toda la vida? La memoria. La memoria es como un cáncer que cultivamos para sobrevivir al presente. Es nuestra fiera intransferible.

Un respeto a esta película hermosa en su balazo sublime, ahí donde duele y tarda uno en curarse o morir. Los tontos de balcón urbano dirán que es como en el teatro; eso que se les escapaba en Ingmar Bergman o en las innumerables películas donde dos actores se degüellan ante una cámara implacable. ¿Se acuerdan de Lawrence Olivier y Michael Caine dirigidos por Mankiewicz? ¡Qué soberbia interpretación de Candela Peña cuando desgrana, como quien pide un café cortado, que “la gente huye del dolor de los otros como de la mierda”! ¡Qué destrozo cuando un marido le dice a su mujer “lucharé por ti, pase lo que pase”, y luego hay que tirar los langostinos congelados y esperar cinco años para decirle que piensa escribir un libro! ¿Narrativa?

Hay pocas películas españolas que marquen una época, lógico, eso necesita tiempo. Soy tan hijo del cine como de mis padres, y por eso puede recordar todos y cada uno de mis parientes cinematográficos. Plácido, El verdugo –al que Coixet hace un homenaje–, La caza… Lo confieso, no me gusta Buñuel fuera de aquella Viridiana increíble y Los olvidados inolvidables; filmes que no volvería a ver por temor a las trampas buñuelescas. A los más agudos chicos de la prensa no les ha gustado El ayer dura toda la vida. Incluso hay quien se refiere a que es cursi, y otros a que se trata de haute culture, así en francés, expresión ignota fuera del alemán, por lo que temo confunda la “cultura” con la “costura”. Horror, qué personal nos amenaza para los próximos años. Como ese zafio titulado que representa Javier Cámara. Como actor, Cámara es un excelente secundario como demostró a lo largo de su carrera, pero no sabe moverse, no domina los silencios –o gesticula o habla o muere–, su cara es un panel sin letras que cubren discretamente unas barbas. No quisiera ser cruel, porque estoy seguro de que es una bellísima persona con interpretaciones inolvidables y que nos hizo pasar momentos felices –aún le recuerdo dándole la tortilla a un Tim Robbins impedido, en El secreto de las palabras, una secuencia inolvidable–. Pero este papel le excede.

El cine se ha convertido en un oficio de riesgo. La saña contra Isabel Coixet sospecho que será porque aseguran que habla inglés, porque debe de ser mujer arrojada, a tenor de los temas en los que se mete, porque se peina como le da la gana y lleva gafas sin disimulo. Y porque con toda seguridad debe comportarse como una hija de puta, cual director varón que se precie, durante las semanas que dura un rodaje. No debe de ser simpática con la gente. ¿Qué es ser simpático en el mundo del espectáculo? Meterse debajo de un paso de Semana Santa o gritar “¡Pedroooooo!” durante los Oscar. Aún recuerdo la campaña cutre y viscosa contra Fernando Fernán Gómez cuando les dijo a un par de basurillas del gremio que se fueran a la mierda. ¡Oh, no! Un mediático es un héroe, respetuoso y monjil, que les debe la gloria a todos los víboras que no admitiría su madre en casa. Los críticos de cine son aún más ridículos que los críticos literarios, porque una novela, mala o buena, la pueda hacer cualquiera, sólo necesita papel y pluma. Pero un filme exige capital.

La bala de Isabel Coixet dio en el blanco. ¿Hay que irse de este país o quedarse? ¿Vivir cada día con la memoria del niño muerto por los recortes, que los canonistas denominan oportunismo, o marcharse hacia el norte donde, como hubiera dicho el poeta, el mundo es limpio, justo, claro y benévolo con el que trabaja y paga sus impuestos? Allí donde no hay tanta diferencia entre lo que te pasa y lo que sientes. Donde no terminarás viviendo en un coche y acicalándote en un aseo de gasolinera. No es verdad que el sufrimiento sea adictivo, sólo la pobreza y la ignorancia lo son.

Pero lo más curioso de la trayectoria de esa bala que te llega a la tripa confirma que los hombres tenemos una capacidad especial para hacer trampas, engañarnos, ser inseguros sin que aparentemente se note, y poder salir del drama de una vida inventándonos otra. Y llorando mucho al final. Detesto los finales de las dos películas que he visto de Isabel Coixet. Lo acepto, la gente necesita relajarse. Pero si se trata de jurar “yo lucharé por ti, pase lo que pase”, y tú sales corriendo cuando la batalla se vuelve chunga y antes de que se pudran los langostinos congelados, entiendo que no te queda más que escoger una canción, si es posible bailable.

Coixet, con su Ayer dura toda la vida, ha hecho la primera película de nuestra catástrofe. Lo que venga después, me temo que serán copias.

Gregorio Morán

La Vanguardia (4.05.2013)

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