«Los alemanes os envidian y se niegan a pagaros la fiesta»

Foto: Laura Guerrero

Peter Wagner, politólogo alemán, colabora con el Instituto Goethe

Tengo 56 años: bastantes para darme cuenta de que sin prosperidad europea no la habrá alemana. Nací en Kiel, pero mi familia es multinacional. Alemania vive hoy en una burbuja autosatisfecha: silencia sus contradicciones y exporta sus problemas. Ustedes necesitan consenso

Lluís Amiguet.- ¿Por qué Alemania se une frente a sus crisis y aquí, pese a un paro catastrófico, nos peleamos?
La respuesta está en la historia. Cada sociedad vive el momento, pero también los momentos que han conducido hasta este. Y Alemania aún está reaccionando a los sangrientos choques sociales que la llevaron al horror nazi.

Pero de eso hace ya ochenta años.
La memoria de los pueblos dura más que la de las personas. La primera mitad del siglo XX, con la República de Weimar, fue traumática y guerracivilista: un baño de sangre en las calles. Para no repetirla, los alemanes hoy se cohesionan frente a las crisis y renuncian a intereses de región, clase o individuo.

Pero la de hoy ya es otra Alemania.
En la que el consenso frente al extremismo ya es el valor central. Por eso, tras la guerra se prohibió el partido comunista y el nazi.

La RFA estaba ocupada por los aliados.
Construimos un nuevo sistema y los socialdemócratas del SPD y los democristianos de la CDU, aun jugando a gobierno y oposición, han sabido siempre que no pueden llegar a hacerse daño de verdad. Y los nuevos partidos han respetado ese consenso.

Pues no les ha ido mal a ustedes.
Ese consenso se ha extendido al terreno de lo económico y es el pilar sobre el que se ha construido la nueva prosperidad alemana.

¿Por qué cree que aquí también tuvimos guerra civil pero no hemos sabido prolongar el consenso de la transición?
Porque, además de su guerra, sufrieron una dictadura, que no fue precisamente de consenso, durante casi cuarenta años.

No es una mala explicación.
Las culturas del consenso se forjan trabajosamente a partir de renuncias y la imposición dictatorial las hace imposibles.

A ver si vencemos de una vez a la dictadura y somos capaces de pactar de nuevo.
Espere. Yo no quiero -ni los alemanes podemos- darles lecciones. De hecho, nosotros no hemos vencido el horror nazi. Ni siquiera nos hemos enfrentado realmente a él.

Aprecio su sinceridad.
Quien le venda que somos el fruto maduro de una seria confrontación con nuestro horroroso pasado le está mintiendo. En realidad, nunca lo hemos vencido.

¿Qué han hecho entonces?
Alemania ha logrado el consenso interno que permite a sindicatos y patronos pactarlo todo porque ha logrado exportar sus contradicciones al exterior. En cuanto al nazismo, no es que lo confrontáramos…

¿Se logró olvidar?
Ni siquiera se olvidó. Simplemente dejó de hablarse de él. Y se exportaron los problemas. Los judíos se fueron a Israel y a Israel se le pagó una reparación monetaria.

Podían, porque Alemania prosperaba.
Fue un milagro de crecimiento imparable durante más de dos décadas.Y la satisfacción por el milagro supuso más consenso aún. Hasta que la unificación desafió ese modelo. Y se volvió a pagar de nuevo el desafío con consenso interno para las reformas y exportando más mercancías y también más problemas; ahora económicos.

¿Cómo?
Tras las durísimas reformas Hartz, que sólo la gran coalición con los socialdemócratas al frente podía imponer, se exportaron los déficits y desequilibrios a España, Italia, Grecia. Hoy Alemania unida es el gigante europeo, pero no quiere asumir su responsabilidad europea por serlo: ¡problemas fuera!

La portada de un gran medio alemán alertaba el otro día de… ¡la inflación!
Es ridículo y populista, pero popular. Es otro de nuestros fantasmas que determinan el presente. Fíjese en que Alemania sigue sin atreverse a tomar posiciones propias claras en asuntos internacionales o diplomáticos.

Pero nos marca el paso en economía.
Porque a esta sí la considera -toda ella- un asunto interno. Eso sí es cosa nuestra. La canciller Merkel no tiene ni idea de economía, pero se deja aconsejar. Y en Alemania todas las posiciones influyentes están ocupadas por monetaristas estrictos.

Algún neokeynesiano habrá.
Sin influencia. La economía es el único asunto europeo que Alemania considera interno y la rige con mano de hierro monetarista y populista. Se niega a asumir ninguna otra responsabilidad exterior. Por eso todo alemán -hasta los más críticos- considera mérito suyo la actual prosperidad. Pero esa posición es insostenible: las economías nacionales europeas ya son una economía.

Puede ser empecinamiento suicida.
Para toda Europa. Y tal vez necesitemos tratamiento psicológico, porque, pese al cuadro catastrófico macroeconómico español, italiano o griego, los alemanes os envidian. Envidian el estilo de vida mediterráneo.

¿Somos su paraíso indolente?
Ustedes hablan de «izquierda exquisita»; en Francia, de «izquierda caviar». En Alemania se les denigra como «la fracción toscana». Los alemanes vienen al sur de vacaciones, pero se niegan a pagaros la fiesta. Y dividir a Europa y su economía de ese modo es un error ridículo, porque hoy las fiestas o las desgracias ya no son sólo españolas o alemanas: son todas europeas.

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CONSENSO Y PARÁSITOS

Alemania erige su prosperidad sobre el consenso. Y aquí tendríamos menos paro si hubiéramos sabido lograrlo. Nada debería ser más importante que pactar todos para devolver la dignidad de un empleo a nuestros seis millones de parados. Pero, en vez de forjar urgentes alianzas contra la catástrofe del desempleo, quienes deberían liderarlas hallan asuntos más perentorios que atender en su bien pagada burbuja. Wagner se extraña de esta incapacidad nuestra para el consenso: dice que urge. Me brinda un flaco consuelo al comparar nuestra casta extractiva con la italiana, a la que juzga «aún peor». Temo que es que la nuestra tiene menos que parasitar. Ojalá reaccione.

La Vanguardia-La Contra (3.05.2013)

 

 

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