Sobre la democracia en Europa

Alexis de Tocqueville hizo una contribución célebre a la ciencia política con su obra “Sobre la democracia en América” analizando el funcionamiento de los recién nacidos EEUU. Sin pretender emularle, este momento de la construcción europea requiere mucha reflexión sobre el ejercicio de la democracia en la Unión Europea.

Del desastre económico que están produciendo las políticas de austeridad y la necesidad de cambiarlas antes de que destruyan el proyecto europeo ya hemos hablado mucho. Ahora hasta el FMI nos alerta del fracaso de esas políticas y el propio Rajoy pide que el BCE actúe como el Banco de Japón. Pero aparte de la dimensión económica de las políticas europeas, es importante también analizar el sistema político que las produce.

La proximidad del 9 de Mayo, día de Europa y tercer aniversario de la infausta fecha en la que el Consejo Europeo impuso al gobierno Zapatero las primeras medidas de austeridad, será una buena ocasión para considerar cuáles son los modelos posibles para el futuro de Europa y hacia cuál de ellos está impulsando la crisis.

La cuestión de la democracia plantea de entrada el de la responsabilidad de los gobernantes? ¿Y quien sería, por ejemplo, el responsable de la catastrófica gestión de la crisis chipriota? Nadie la asume, pero las decisiones las tomó, por unanimidad, el Eurogrupo, compuesto por los Ministros de Hacienda de los países del euro. Un grupo que toma decisiones trascendentales sobre la vida de los ciudadanos europeos pero que no tiene la legitimidad de ningún órgano comunitario y no tiene que dar cuentas al Parlamento Europeo.

Nadie de los que participaron en la rueda de prensa donde se anuncio que la UE no iba a respetar la garantía para los depósitos bancarios por debajo de 100.00 euros, medida después corregida ante la trifulca que se organizó, había sido directamente elegido por los ciudadanos europeos. El presidente del Eurogrupo, el ministro holandés de Economía, elegido por sus colegas; el presidente del BCE, elegido por los gobiernos; el comisario de Asuntos Económicos, elegido por el gobierno finlandés; el director general del Mecanismo Europeo de Estabilidad, elegido por los Ministros de la zona euro.

Esta composición demuestra la predominancia del ‘intergubernamentalismo’ en la dirección política de Europa, que tiene como consecuencia esa deriva autocrática. El anterior presidente del Eurogrupo, el luxemburgués Juncker tenia al menos una larga experiencia en estos asuntos, pero el actual es un perfecto desconocido, incluso en su país, que ha sido capaz de las mayores gaffes que se recuerdan en el oficio y que debe el puesto al apoyo alemán, a su nacionalidad y a su color político. Poner al propio ministro alemán W. Schauble hubiera sido demasiado y el holandés era lo mas parecido en sus posiciones. Un finlandés tampoco hubiera estado mal, ya que hoy la política económica europea la dictan el triunvirato de estos tres países. Pero para finlandeses ya teníamos a O. Rhen. Y Holanda pertenece al club de la triple A.

El Parlamento Europeo no tiene nada que decir en este nombramiento y no puede pedir cuentas al presidente del Eurogrupo por sus decisiones ni por sus meteduras de pata. Desde el punto de vista de los controles parlamentarios europeos el gobierno del euro no es democrático, es a-democrático. Sí, ciertamente cada ministro del Eurogrupo es responsable frente a su Parlamento nacional, pero no es lo mismo la suma de 17 controles democráticos nacionales que un control parlamentario europeo, sobre todo cuando se trata de decisiones de política económica europea. Por eso ahora todos dicen que lo de Chipre lo hicieron los demás y el poder político se ejerce de forma opaca hasta hacer imposible identificar las responsabilidades.

Lo mismo se puede decir de tantas y tantas decisiones que han llevado a una situación de la que difícilmente saldrá Europa bien compuesta sin una incorporación de mecanismos de control democrático que superen los acuerdos entre gobiernos en función de sus relaciones de fuerza y poder (es difícil imaginar que lo de Chipre le hubiese podido ocurrir a un país grande y fuerte).

En realidad todos los cambios que se ha producido en Europa a consecuencia de las crisis, y más aun los que quedan por hacer, implican una trasferencia de soberanía a un nivel supranacional. Y ello hubiera debido acompañarse del necesario control democrático a ese mismo nivel. Hasta ahora no ha sido así y la propia situación de crisis puede explicarlo. Pero cara al futuro no será posible mantener esa tendencia. Será imprescindible considerar el modelo político que va adoptar la UE. Y, según nos decantemos definitivamente por el modelo intergubernamental o desarrollemos el comunitario hoy muy debilitado, la Europa que saldrá de la crisis será muy diferente.

Lo ideal sería constituir la zona euro en forma de una federación y aproximarla al modelo americano. Es lo que da sentido a la existencia de una misma moneda que reclama una coordinación de las políticas económicas y fiscales. En realidad los EEUU que analizó Tocqueville nacieron como una federación cuando Hamilton convirtió la Deuda de los Estados en Deuda federal, lo que seria parcialmente el efecto de los eurobonds. Pero dudo de que en Europa estemos viviendo ahora un hamiltonian moment. Si Hamilton lo pudo hacer es porque esas Deudas de los Estados se habían generado en la lucha contra un enemigo común, la Inglaterra colonial. Y parece que a los europeos del siglo XXI nos falta un enemigo común que aglutine nuestras voluntades.

Josep Borrell, La República de las Ideas, 18-04-2013

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