Entre Lisboa y Tokio

¿Qué tienen de particular en común Lisboa y Tokio? Nada ¿Ha ocurrido algo entre estas dos distantes y distintas capitales? No.

Entonces, ¿A cuento de qué viene el título de este artículo? Viene a cuento de que el Tribunal Constitucional portugués, al anular algunas de las medidas de reducción de pensiones y sueldos públicos tomadas para reducir el déficit, ha vuelto a mostrar el rechazo a las políticas de austeridad impuestas por B&B (Bruselas y Berlín), al mismo tiempo que en Japón se toman trascendentales decisiones de política monetaria para relanzar la economía totalmente contrarias a las que practicamos en Europa.

Es impensable que en Europa se pudiese hacer lo que han decidido hacer los japoneses a lo grande, o lo que de forma más tímida han venido haciendo la Reserva Federal americana y el Banco de Inglaterra.

Por eso, Lisboa y Tokio son hoy representativos de un abismo conceptual en la que a las formas de hacer frente a la crisis se refiere. Pero algo se debe estar moviendo por Europa cuando hasta nuestro presidente del Gobierno, el Sr. Rajoy, se apunta a la receta japonesa y pide que el BCE pueda hacer lo que hace el Banco del Japón y estimule monetariamente a la economía a riesgo de producir inflación. En realidad, para los japoneses lo de producir inflación no es un riesgo, es una necesidad acuciante. El objetivo declarado de lo que se ha venido en llamar Abeeconomics, del nombre del nuevo primer ministro japonés, es conseguir que la inflación suba cuanto antes al 2 % y para eso van a expandir la base monetaria a lo loco y devaluar el yen para encarecer las importaciones.

El mundo al revés. Hasta ahora uno creía que el objetivo de los Bancos Centrales, el único objetivo del BCE, era contener la inflación. En el caso de Europa por debajo del 2 %, un objetivo fijado por el BCE en función de su independencia. Una independencia extrema que afecta no solo a las medidas para controlar la inflación, sino también a decidir por sí y ante sí cuál es el nivel adecuado de inflación, fijándolo en no más del 2 %. ¡Y de repente un Banco Central se pone a trabajar, no para contener la inflación por debajo del 2 % sino para estimularla por encima de esa meta de estabilidad monetaria sacrosanta para los europeos!

¡Y a Rajoy le parece bien!

Toda una novedad en el campo del pensamiento económico de la derecha. En Berlín y en Frankfurt van a tomar buena nota de esta herejía que atenta contra las bases sagradas sobre la que reposa la concepción alemana de la economía, de la política monetaria y del papel del BCE. Hasta ahora se nos había dicho, controlemos la inflación y todo lo demás se nos dará por añadidura. Para los alemanes, que todavía siguen luchando contra la inflación de los tiempos de la República de Weimar, la toma de posición de Rajoy, seguramente viendo afeitar las barbas de su vecino portugués, les habrá sonado como una anatema.

Pero esta conversión de Rajoy a las tesis monetarias expansionistas a riesgo de producir inflación, muestra el cansancio de las políticas de austeridad que provocan un gran sufrimiento social y de momento no aportan ningún resultado. Rajoy parece haber perdido la paciencia. Otros hablan de forma mas rotunda, como el Ministro francés de Desarrollo Industrial, del ala izquierda del PSF, para el que estas políticas de austeridad impuestas por B&B “están llevando a Europa a la debacle”.

Modestamente, lo mismo opinaba yo en la conferencia que fui invitado a pronunciar ayer (lunes 8 de abril) en la Fundación Ramón Areces: Las políticas de austeridad sin crecimiento nos llevan directamente contra la pared y debilitan el proyecto político europeo.

Veamos lo que está ocurriendo. En los países afectados por la crisis se pretende reducir simultáneamente el déficit público, el endeudamiento del sector privado y los balances bancarios. Los salarios para ganar competitividad, y las inversiones públicas y las pensiones para contribuir al ajuste fiscal. Como era de esperar estas políticas reducen la demanda interna, la actividad y el empleo. Como era también de esperar provocan un creciente rechazo social expresado en las elecciones italianas y el voto del Parlamento chipriota. Y ahora en Portugal.

Recordemos que desde mayo del 2011 Portugal está bajo tutela financiera de la UE con un préstamo de 78.000 millones de euros a condición de que reduzca el déficit desde el 9 % en el 2010 y al 4,5 en el 2013. Recordemos también que el actual gobierno portugués de centro derecha tumbó al anterior gobierno socialista negándose a aprobar los ajustes que exigía Bruselas para aplicar otros mucho más fuertes después. Razón por la cual los portugueses, y no solo ellos, creen que se cambia de gobierno pero no se cambia de política porque éstas se dictan desde fuera, con indiferencia al sufrimiento social que provocan y a su eficacia real para salir de la crisis.

Portugal es un caso de escuela de la ineficacia de esas políticas. Agravan el mal que pretenden curar y crean un foso entre los países del norte, el Club del Báltico, y los del Club Mediterráneo. Los recortes en salarios, pensiones y prestaciones sociales y aumento de impuestos han sumido al país en la recesión y el aumento del paro. A pesar de esta sangría radical, o a causa de ella, no se reduce el déficit y el ratio de endeudamiento aumenta.

La cuestión es si esas políticas producirán efectos positivos antes de que sean definitivamente rechazadas y los países afectados se vean obligados a aplicar otras estrategias o cambie de política la propia UE.

Hasta el momento, incluso en los países como España y Portugal en los que se han producido mejoras de competitividad-coste, la situación general es extremadamente negativa y el ratio de endeudamiento sigue subiendo. La reducción en costes salariales no se traduce en idénticas mejoras de la competitividad debido a la viscosidad de los precios. Hay razones para ser pesimista acerca de la carrera entre efectividad del ajuste y resistencia social.

Pero ni en Bruselas ni en Berlín parecen ser conscientes de la gravedad de la crisis social que se esta produciendo y que amenaza con deslegitimar el proyecto de integración europeo.

Josep Borrell, La República de las Ideas, 09-04-2013

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