La muerte de un caudillo

Ha muerto el caudillo militar del siglo XXI.

A diferencia de muchos otros, falleció en su lecho de enfermo, sin la tragedia de una batalla, y sin haber olido la pólvora del combate. Murió “el comandante en jefe”, quien llamó muchas veces al combate rodillaen tierra, pero que paradójicamente nunca combatió, pues siempre optó por la rendición como lo hizo el 4F y el 11A.

Ha desaparecido el padre del socialfascismo bolivariano, la mayor estafa social del siglo XXI, una colmena de contradicciones ideológicas, sinónimo de demagogia, de caudillismo, de militarismo, de sublimación de lo tumultuario, del uso y abuso de la palabra pueblo y de falsas retóricas nacionalistas y anticapitalistas.

Su desaparición despertó un gran fervor y tristeza en sus seguidores, quienes con lágrimas en los ojos lamentaban la muerte del “Cristo de los pobres”. Sin embargo, esas genuinas lágrimas fueron derramadas por la figura de un Chávez que nunca existió en la vida real. No fue un redentor de los excluidos, sino un gran manipulador, que gracias a un enorme aparato de propaganda goebbeliana, generó la falsa ilusión entre los pobres de que había un gobernante que entendía sus necesidades y que luchaba por susintereses. Su gran acierto fue construir una falaz percepción de que le importaban “los de abajo, los desposeídos”, a quienes manipuló y utilizó para hacerse de un considerable respaldo popular y consolidarse en el poder. Creó un populismo sentimental basado en profundos lazos emocionales en torno a un grotesco culto a su persona.

Hipócritamente habló del empoderamiento del pueblo a través de la creación del Poder Popular (PP), instancia tutelada política y económicamente por el gobierno central; PP se convirtió en un apéndice del régimen. Apeló a la defensa de nuestra soberanía nacional, mientras impulsó un proyecto antinacional que ha conducido al colapso e hipoteca de nuestra economía, así como a la entrega de nuestras riquezas energéticas a las transnacionales. 

Proclamó la emancipación de las etnias indígenas, pero puso en práctica la eliminación selectiva de sus líderes como fue el asesinato del cacique yukpa Sabino Romero. Se autocalificó de obrerista pero persiguió, criminalizó y encarceló a los sindicalistas independientes, como fue el caso de Rubén González, representante de los mineros de la Ferrominera. Reivindicó a los movimientos sociales, pero los desactivó y conculcó sus espacios de lucha.

La estrategia del oficialismo será alimentar lealtades cuasi religiosas en los seguidores del tte. coronel. Será crear la imagen de un martirio necesario en torno a la figura del líder fallecido, aunque ello signifique proponer hipótesis absurdas, sin fundamentación científica alguna, como afirmar que fue víctima de un cáncer inoculado en su organismo. Pretenden eternizar su figura a fin de preservar la unidad entre sus seguidores y servirle de muletilla al mediocre e incapaz de “mentira exprés” Maduro.

José Rafael López Padrino, Analítica.com, 04-04-2013

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