Las piedras del infierno

Justo en el aniversario del inicio de la lucha armada contra el ocupante británico, los chipriotas se enfrentan a un control severo del movimiento de capitales, algo prohibido por la legislación comunitaria e impensable hace poco tiempo.Y todavía no sabemos qué puede ocurrir cuando los bancos entreabran sus puertas.

Visto lo visto, hay que concluir que en el caso de Chipre las instituciones de la Unión Europea se han superado a si mismas en su incapacidad de hacer frente a las crisis. Una vez más se han debatido en el mismo dilema al que se vienen enfrentando desde que empezó la crisis en Grecia hace ya mas de 3 años. Por una parte evitar el llamado ‘riesgo moral’ y no generar incentivos a las conductas imprudentes que acaban repercutiendo sobre los demás (en castellano diríamos que “el que la hace la paga”). Y por otra parte evitar mensajes que crean inestabilidad en el conjunto del sistema financiero generando costes superiores a los que se pretenden evitar. Y ya sabemos que el infierno esta empedrado de las buenas intenciones que tienen resultados funestos.

En Deauville Merkel y Sarkozy proclamaron, sin encomendarse a Dios ni al diablo y por supuesto sin consultar la opinión de Van Rompuy ni la de sus colegas del Consejo, que los acreedores de los Estados en dificultad pagarían parte de los futuros rescates. Les asistía la moral y era razonable que los inversores, y no solo los contribuyentes, asumieran los costes de la insolvencia de un Estado. Pero sus buenas intenciones provocaron una estampida de los tenedores de deuda irlandesa y portuguesa y ambos países tuvieron que ser intervenidos.

El actual presidente del Eurogrupo, el novel ministro holandés de Hacienda, puesto allí por la coalición alemana-finlandesa-holandesa que rige hoy la política económica europea, ha vuelto a empedrar el infierno con las mismas buenas intenciones al declarar que en el futuro los depósitos bancarios por encima del limite garantizado pueden tener que correr con parte del coste de una reestructuración bancaria. Como a la pareja de Deauville, le asiste la razón y la moral pero ha vuelto a provocar una tormenta bursátil y un viento de desconfianza en el sistema bancario europeo hasta que se vio obligado a desdecirse y  a asegurar que lo de Chipre era un caso excepcional que no servirá de modelo a otras crisis. La exigencia de estabilidad ha vencido a la de evitar el ‘moral hazard’.

Los voceros de la Comisión Europea se han precipitado a repetirlo. Pero ya no se les cree. Entre otras cosas porque sus contradicciones son flagrantes. Si decimos que los depósitos bancarios están asegurados hasta un cierto limite, en la ocurrencia 100.000 euros, estamos diciendo al mismo tiempo que por encima de ese limite no lo están. Y lo lógico es que si un banco tiene dificultades empiecen pagando los accionistas, después los tenedores de deudas junior, después los de deuda senior y si llega el caso los depositantes por encima del límite garantizado y los contribuyentes. Y además habría que recordar, como ha hecho el Ministro alemán de Hacienda, que la garantía de los depósitos por debajo de un límite vale lo que vale la solvencia del garante,en ese caso el Estado chipriota que esta al borde de la quiebra.

Conviene recordar que no hay por el momento ninguna garantía paneuropea sobre los depósitos bancarios, que eso de que Europa los garantiza hasta 100.000 euros no es más que una declaración de intenciones, una llamada a los Estados miembros para que apliquen esta garantía, sin que exista ningún mecanismo europeo que lo haga en lugar de cada Estado. La UE no garantiza nada, cada Estado debe hacerlo… si puede.

Para evitar todo el confuso y desestabilizante proceso que se ha abierto se hubiera podido pensar que la UE asumía la garantía de los depósitos menores de 100.000 euros. El coste hubiera sido del orden de 1.300 millones de euros, perfectamente asumible para garantizar la estabilidad financiera y los efectos perversos que esta teniendo todo el proceso, que entre otras cosas va a hundir a Chipre en una dolorosa recesión. Pero en vísperas de las elecciones alemanas y con el ambiente que se ha creado en Europa era políticamente imposible.

Y así se va abriendo camino el principio de que el sector financiero debe ser responsable de sus excesos. Pero también se ha puesto de manifiesto toda la incoherencia de la política europea que solo reacciona al borde del abismo y después de haber tomado decisiones que hacen temblar el sistema.

Y es así porque sigue sin existir una política europea. Lo que predominan son las políticas nacionales, cada uno la suya. El equilibrio entre la estabilidad del sistema financiero y las exigencias de responsabilidad, o entre los condicionantes de la política fiscal de cada Estado y las de la integración europea, no puede ser dictaminada por los Parlamentos nacionales porque solo responden frente a sus propias opiniones publicas. El Parlamento alemán no hubiera votado otro rescate integral de un país en dificultad y el chipriota no ha querido gravar a sus depositantes bancarios. Y el Parlamento Europeo no tiene todavía ni la capacidad ni la legitimidad para definir esos delicados arbitrajes.

Al final sin embargo, la solución puede ser desestabilizante pero tiene aspectos positivos. Se salvan los depósitos por debajo de un nivel de garantía y los grandes depositantes que habían obtenido rentabilidades anormalmente elevadas pagan el riesgo en el que incurrían. Se parece más a lo que se hizo en Islandia que a lo de Irlanda. Pero no hay que minusvalorar los riesgos en los que se incurre. Riesgos de fuga de depósitos y crisis de liquidez. Riesgos de una larga y dolorosa recesión en Chipre. Y riesgos de una reacción en cadena en los sistemas bancarios de otros países. El infierno europeo esta bien empedrado.

Josep Borrell, La República de las Ideas, 01-04-2013

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