¿Fin o principio de Oriol Pujol?

Al día siguiente de la imputación de Oriol Pujol por el TSJC, la generalidad de los medios públicos de Cataluña y sus tertulias se centraron en la falta de criterios para dimitir o no de los cargos públicos. Parecían muy preocupados por encontrar una fórmula universal para seguir o no en un cargo. El fondo de la cuestión, la causa de la imputación y sus consecuencias en la sociedad, parecía no importar a nadie, porque nadie lo trataba, o lo relegaba a meros apuntes. RAC-1, la radio del Grupo Godó, editor de La Vanguardia y cabeza de puente del independentismo catalán, ni siquiera le dedicó unos minutos, a pesar de haber dedicado toda la tertulia de la mañana al caso. Les preocupó muchísimo, eso sí, muchísimo, la suerte y desventuras de aquellos cargos públicos que se vieran obligados a dimitir y las consecuencias adversas para su carrera política y su bolsillo. Algunos, amparados en el cinismo de la presunción de inocencia. Al escucharles, uno tenía la sensación de estar asistiendo a esos debates políticamente correctos donde las víctimas se relegan en favor de los derechos del delincuente.

Ni siquiera la farsa de su falsa dimisión provocaba mayor irritación en los analistas mediáticos catalanistas: les preocupaba más el daño colateral que pudiera causarle al camino emprendido al independentismo que la obscenidad de un cargo público violentando la concesión de ITV para sacar coimas a cambio de prebendas.

Es evidente que Oriol Pujol delega –que no dimite– como secretario general y como portavoz del grupo parlamentario de CiU. El primero lo deja prestado para recuperarlo en cuanto las aguas bajen más tranquilas; el segundo lo pierde, pero lo puede recobrar (en su sentido doble, el de recuperar y el de poder volver a cobrar). El que no podrá recuperar ni recobrar es el de diputado, por eso no lo ha dejado. Además de ser presunto estafador, es un real farsante al tratar de engañarnos con su falsa dimisión. Precisamente lo que sobra hoy en política, simulación, eufemismos, manipulación, corrupción e irresponsabilidad. Todo eso y más genera la actitud trilera de Pujol.

Creo que no necesitamos tratados ni criterios para dimitir. La cuestión es muy sencilla: si te imputan, tienes dos opciones: dimitir o no dimitir. El imputado sabrá siempre y en cada caso si es o no culpable. Y obrar en consecuencia. Nadie que sea decente puede seguir un solo minuto en el cargo si es imputado; pero si alguien es imputado injustamente, ¿por qué ha de dimitir? Si impusiéramos la regla de dejar el cargo cada vez que alguien fuera imputado, se multiplicarían los casos de denuncias falsas. Sería poner en manos de todos los miserables de la política el medio para quitar de en medio a sus adversarios políticos. Antes que nada, es una cuestión de ética personal. Quien siga a pesar de ser un corrupto debería recibir de la sociedad un rechazo feroz. Pero no será el caso con Pujol, aunque salga culpable. Juega en campo propio. El trolero sabe que su electorado es tan sensible a sus manipulaciones patrióticas como lo supo su padre en el caso Banca Catalana. Aunque en este momento el tipo nos quiera vender que no lo hace: “Hay juego sucio contra Cataluña y podría protegerme con la senyera diciendo que la imputación va contra el proceso soberanista”. O sea, lo que ha venido haciendo hasta ahora. Lo mismo que los periodistas-soldado de lo nacional han repetido una y otra vez: “Es la guerra sucia de España contra el proceso soberanista de Cataluña”.

Que nadie espere que muchos en Cataluña relacionen la posible culpabilidad de Pujol con la tapadera del nacionalismo. Estamos en un club de creyentes. Y en el club nadie va contra uno de sus socios. No descarten que le amparen los demás inculpados y salga en olor de multitudes como su padre hace tres décadas.

¡Visca el Barça!, ¡visca Catalunya! Más roban en Madrid. Este es el futuro patético que nos queda en Cataluña si no se rompe pronto el

Antonio Robles, Libertad Digital, 21-03-2013

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