Dentífrico nacionalista

Laura Freixas

“No vamos a hablar del affaire”, promete, sonriente, la anfitriona, en el primer dibujo, saludando a damas enjoyadas y caballeros con monóculo. En Francia hacia 1896, cuando se publicó la viñeta, todo el mundo sabía de qué affaire se trataba: el caso Dreyfus. En el segundo dibujo, los caballeros están a cuatro patas, sin monóculo, con un ojo morado, las damas despeinadas, con el vestido hecho jirones, llevándose la mano al corazón. Explicación: “Hemos hablado del affaire”… Cuántas veces me he acordado de ese chiste, cuando en una conversación en Madrid, alguien me mira de reojo y con cautela me pregunta: “¿Tú eres catalana?”. Sé que lo mejor sería que contestase: “Sí”, en un tono rotundo, incluso amenazador; entonces, quien ha preguntado se apresuraría a cambiar de tema. Pero la curiosidad –y la verdad– puede más, y contesto: “A medias”. Y entonces hago descubrimientos insólitos. Por ejemplo, me entero de que hay quien no compra ningún producto, ni siquiera pasta de dientes, sin antes asegurarse de que no ha sido fabricado en Catalunya.

Yo no soy nacionalista. Considero que la injusticia cometida con Catalunya, si la hay, es mucho menos grave que las que sufren los pobres, los inmigrantes, las mujeres; y sospecho que en una Catalunya independiente seguirían mandando los de siempre: los varones de las famosas cien familias. Claro está que todo esto se puede discutir. Pero racional y sosegadamente, por favor. En vez de eso, contemplo con horror cómo se agranda la llamada fractura social; cómo, en vez de intentar conciliar, negociar, matizar, unos y otros gritan: “¡A por ellos!”, calentando a los suyos con groseros eslóganes como “España nos roba” y burdas provocaciones como la de “españolizar a los niños catalanes”. En Barcelona, si digo que quiero seguir siendo española, algunos me miran con incredulidad y asco –“¿Por qué alguien querría ser español?”–, como si hubiera dicho que quiero ser leprosa; en Madrid, oigo comparar a los catalanes independentistas con “ratas que abandonan el barco”, y presencio pequeñas venganzas aplicadas a algo tan inocente, me parece a mí, como un dentífrico (es decir, a los dueños y trabajadores, quién sabe de qué tendencia política, de la empresa que lo fabrica). No quiero ser tremendista y ojalá me equivoque, pero ¿no era así como empezaban las guerras?

Laura Freixas (laurafreixas.com)

La Vanguardia (14.03.2013)

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