Las mujeres toman la palabra

La escritora británica Virginia Wolf

Durante siglos, las mujeres no tuvieron acceso a la lectura ni a la escritura

Las mujeres han pasado de ser objetos literarios a ser sujetos que escriben sobre su forma de concebir el mundo

Stop discriminaciónA lo largo de la historia, las mujeres querían expresar sus ideas y sus sentimientos, querían tomar la palabra y la pluma, pero sólo una minoría consiguió romper el muro de silencio impuesto. Las mujeres, según el acertado análisis de Simone de Beauvoir, sentían cómo, a medida que crecían, las colocaban en un lugar que ellas no habían elegido pero del que era muy difícil, si no imposible, escapar; para ocupar este lugar no necesitaban una esmerada educación, por eso incluso les prohibían el acceso a las bibliotecas públicas, como denuncia Virginia Wolf en su magnífico ensayo Una habitación propia. En este mismo ensayo se pregunta Virginia Wolf si Shakespeare hubiese llegado a ser lo que fue de haber sido mujer y su respuesta es, naturalmente, que no, porque de haber sido mujer hubiera tenido reservado un espacio bien distinto del que tuvo el gran escritor inglés. Si para Virginia Wolf la lectura de un libro permite ver el mundo con más claridad, despojarlo del velo que lo cubre y cobrar una vida más intensa, nos podemos hacer una idea del inmenso agravio que supone para las mujeres que no tuvieran acceso a los libros como lectoras y no pudieran comunicar sus experiencias como escritoras. Por eso, y aunque no todas las mujeres que se adentraron en el territorio de las letras –reservado a los hombres- lo hicieron de forma reivindicativa, el hecho de tomar la voz y la palabra ya era una conquista para quienes estaban condenadas al silencio por su condición de mujeres; otras, además, fueron conscientes de que la palabra es poder y unieron la reivindicación de la palabra a la reivindicación de los derechos civiles como, por ejemplo, el derecho al voto durante la II República.

A medida que reflexionemos sobre el universo de las mujeres, entenderemos mejor la relación entre leer y ser y la injusticia que, durante siglos, han sufrido las mujeres que no tenían acceso a la lectura y a la escritura. Virginia Wolf lo explica perfectamente en la obra citada: la humillación que sufre cuando le impiden entrar a la biblioteca de la universidad por su condición de mujer; la perplejidad, cuando comprueba que los temas femeninos en los libros están traspasados por la frivolidad y la misoginia y, en muchas ocasiones, su objetivo es demostrar la inferioridad intelectual, física y moral de las mujeres; la indignación ante la falta de recursos de las mujeres; la comprensión hacia aquellas que escribían disimulando, ocultas y calladas en la sala familiar, algunas con furia contenida, otras enfermas y locas… sin más horizonte que el que veían desde el tejado de la casa ni más realidad que la que le permitían conocer las convenciones sociales. No es extraño, por lo tanto, que Doris Lessing, la autora de El cuaderno dorado, expresara su solidaridad con Virginia Wolf y compartiera su deseo de escribir en libertad, sin arrastrar ningún peso, en las mismas condiciones en las que escribía Shakespeare, por ejemplo, y que nunca hubiera tenido su hermana… Tampoco nos extraña que Tillie Olsen, una escritora norteamericana, activista política y sindical de ideología comunista, pensara que toda mujer que escribe es una superviviente. Bastantes años después, la poeta nicaragüense Gioconda Belli expresa en su poesía la conquista de escribir en libertad, consciente de que es el fruto de una larga lucha por la igualdad y, desde la afirmación de su identidad, recuerda a otras mujeres que tuvieron menos fortuna, mujeres que invoca para expresarles su solidaridad y ofrecerles el triunfo de “un cuarto propio, una máquina de escribir, los estantes de libros…”, los tesoros que hubieran querido Jane Austen, Virginia Wolf, George Sand y tantas otras que tomaron la pluma a escondidas, encerradas en una sociedad dominada por los hombres y que, en muchos casos, pagaron con la soledad, con su salud e incluso con su vida, la osadía de querer salir de este encierro físico e ideológico, donde a la mujer se le negaba la autoría y la autoridad.

Tomar la palabra es un objetivo estratégico y, en esa estrategia, las mujeres han pasado de ser objetos literarios a ser sujetos que escriben, y que escriben sobre sí mismas y sobre su forma de concebir el mundo, para explicarlo y para crearlo de otra manera. Precisamente porque han tenido que vencer muchos obstáculos para tomar la palabra, son conscientes de la capacidad de manipulación y de encubrimiento de la realidad que tiene el lenguaje y han soportado que las mismas palabras significaran realidades distintas para ellas, porque el poder de nombrar no estaba en sus manos. A medida que han ido arrancando ese poder del patriarcado, no sólo han sabido revelar sus emociones y su fuerza, sus frustraciones y sus esperanzas, sino que también se han rebelado contra un sistema que las oprime y han puesto en común estrategias de transformación. Han luchado –seguimos luchando- por ser sencillamente lectoras, por intervenir en el espacio público y también por ser escritoras, pero sin olvidar el discurso y la memoria de las mujeres que un día, porque no les dejaron entrar a una biblioteca o porque quisieron compartir lo que pensaban y sentían, decidieron arriesgarse y tomar la palabra.

Ana Moreno Soriano

Publicado en el Nº 258 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2013


 

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