El discurso de López Burniol

Es un error garrafal: los hechos como base del derecho. Como yo estoy aquí, tengo derecho a estar aquí. Como yo poseo esto, tengo derecho a poseer esto. Como yo te mato, tengo derecho a matarte. Precisamente, la idea de derecho es lo contrario: el derecho produce hechos, no al revés; los hechos que no se atengan al derecho no son aceptables, y deben ser corregidos. El derecho planteado como ratificador de hechos, equivale en la práctica a una apología de la violencia, al reconocimiento de la ley del más fuerte

El señor López Burniol es un notario culto de extensa y señera biblioteca, de acendradas virtudes cívicas y de certezas vigorosas: todo un caballero de fuste y raigambre. Su discurso sobre Cataluña es agudo y solvente, aunque en mi opinión está atravesado de melancolía, esa trágica atracción de lo lúgubre y lo crepuscular. Percibe el tema catalán como algo telúrico e inexorable, como una erupción volcánica largamente anunciada y que en el momento en que se cumpla le obligará a él a exiliarse, porque su paisaje original es la España eterna, austera y soñadora. Un destino que asume con dolor, aunque con entereza y señorío.

Lo que me interesa, más allá de la estampa costumbrista, es la solidez de su discurso. Y, aunque se revista de un tono solemne como de Fuero Juzgo -o Forum Iudicum, como decimos aquí-, su discurso presenta considerables lagunas. Quisiera señalarlas brevemente, porque el discurso Burniol puede ser utilizado -y si puede ser, lo será- como muleta justificatoria del relato independentista. El resumen de su posición está en su artículo en La Vanguardia del 16 de febrero.

Dice que ‘[en la difícil dialéctica Cataluña-España] es muy peligroso el desprecio por la ley que muestran ambas partes: una, porque estorba a sus designios; y otra, porque se blinda con ella’. O sea que atenerse a la ley es despreciarla: vale. Sigue: ‘Lo peor que podría hacerse es plantear la cuestión en términos dogmáticos de soberanía, es decir, formulando esta pregunta: ¿dónde reside la soberanía? ¿En todo el pueblo español o en el pueblo catalán? En otras palabras, ¿la decisión han de tomarla todos los españoles –como dijo Felipe González– o sólo los catalanes?’. O sea que el axioma básico, el punto de partida de todo Estado moderno, es decir la declaración de soberanía de los ciudadanos, es cierta pero no del todo: hay otras soberanías remanentes, la de las naciones históricas, la de los poderes de facto, de identidades y alcurnias varias. En función, claro, de su capacidad de condicionar la vida pública. Y llegamos al núcleo del análisis de Juan José López Burniol:

‘Lo que debe hacerse es hablar sin reservas para fijar, antes que nada, la realidad de los hechos, que se concreta en la quiebra del bloque de constitucionalidad en Cataluña y en la necesidad de acometer una reforma profunda de la estructura del Estado para que, sencillamente, este sea viable. Y, fijados los hechos, se ha de extraer la primera y más trascendental consecuencia, que es admitir que los catalanes tienen derecho a decidir si quieren o no seguir en España, siempre que exista una demanda secesionista mayoritaria.’.

Es un error garrafal: los hechos como base del derecho. Como yo estoy aquí, tengo derecho a estar aquí. Como yo poseo esto, tengo derecho a poseer esto. Como yo te mato, tengo derecho a matarte. Precisamente, la idea de derecho es lo contrario: el derecho produce hechos, no al revés; los hechos que no se atengan al derecho no son aceptables, y deben ser corregidos. El derecho planteado como ratificador de hechos, equivale en la práctica a una apología de la violencia, al reconocimiento de la ley del más fuerte. De acuerdo con esa visión, Burniol plantea la necesidad de que las Cortes Generales autoricen un referendo de secesión, ‘con lo que se haría patente, además, que quienes desean la independencia quieren llegar a ella dentro de la Constitución’. Es como si el atracador te dijera que no quiere ser ilegal, que no quiere tener que disparar, que lo mejor es que tú mismo colabores y le des lo que te pide, y que le extiendas un recibo, si puede ser con IVA incluido. ‘Este procedimiento’, dice Burniol, ‘sería, por tanto, respetuoso con el principio de legalidad y con el principio democrático’. Alça Manela!

Para mí, el discurso de López Burniol es un caso típico de síndrome de Estocolmo: decir que quien te está apuntando con la recortada tiene razón, tiene derecho, y los policías -o sea la ley- son los malos. El discurso del miedo.

Jesús Royo Arpón, La Voz de Barcelona, 27-02-2013

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