La Cataluña posnacionalista

Parafraseando al replicante Roy Batty, yo he visto cosas en Cataluña que vosotros no creeríais. Hubo una época en la que los debates políticos eran de cierta altura. Aunque parezca mentira existían voces críticas. Contábamos, por ejemplo, con una serie de publicaciones teóricas de gran altura; algunas de ellas de Partido como Treball y Nous Horitzons, otras afines como Mientras Tanto y El Viejo Topo, y otras más apegadas a la tradición libertaria catalana como Ajoblanco. Es decir, había una élite cultural de izquierdas de peso. Uno de nuestros analistas más lúcidos fue Manuel Vázquez Montalbán. Manolo, para los amigos. Leer hoy en día sus artículos, plenamente vigentes, no sólo son un bálsamo para los tiempos que corren sino una guía para entender el presente.

En febrero de 2000, Vázquez Montalbán escribió un artículo en “El País” con un título casi profético: Hacia el posnacionalismo. Según el autor de Los mares del sur, el neonacionalismo pujolista consolidó su hegemonía social y cultural a raíz del fracaso del socialismo real. Posiblemente, la URSS no fuese el paraíso terrenal del proletariado. Pero su caída provocó, entre otros efectos, la sustitución el imaginario de la lucha de clases por el nacionalismo. En Cataluña el nacionalismo de derechas supo aprovechar la debilidad de la izquierda para integrarla en un nacionalismo interclasista en la forma pero con un componente esencialista muy profundo en el fondo. Algo, como es obvio, ajeno a la tradición internacionalista, laica y republicana de la izquierda. Vázquez Montalbán ya vislumbró con la maestría que le caracterizaba la llegada del posnacionalismo. Del nacionalismo después del nacionalismo. 13 años después de la publicación de su artículo podemos afirmar con rotundidad que el posnacionalismo ha triunfado en Cataluña. Lo ha conseguido con la ayuda inestimable de la izquierda. Con solemnidad y pompa histórica. Como si hubiesen hallado el Santo Grial. Ya sabemos que el nacionalismo siempre se alimentó de cierto romanticismo.

Nacionalistas (re)escribiendo la historia. Peligro. Los nacionalistas de un signo o de otro tienen la costumbre de mangonear la historia a su antojo. La historia buena es aquella que sirve para sus intereses. Si es necesario se la inventan. O la idealizan cual fábula medieval. Leyendo el preámbulo la declaración soberanista aprobada hace unos días por el Parlamento de Cataluña, uno tiene la impresión de no estar leyendo una declaración sobre el legítimo derecho a decidir de los pueblos sino un relato épico sobre las esencias de la nación aderezado con instituciones seculares, cortes medievales y guerras de sucesión. Como si pudiéramos trazar sin más una línea recta entre la Cataluña del siglo XI y la del siglo XXI. Si tanto nos apasiona el ideal caballeresco acudamos a la literatura y leamos el Cantar del Mio Cid o Tirant lo Blanc. Pero dejemos de hacer política pensando en las revueltas nobiliarias de hace diez siglos.

¿Derecho de autodeterminación?. Claro que sí. La izquierda siempre ha defendido el derecho de los pueblos a decidir su propio futuro. Recordemos que durante el franquismo muchos comunistas del PSUC, algunos de ellos andaluces, aragoneses o castellanos, se jugaron la vida por defender las libertades de Cataluña mientras la burguesía catalana estrechaba la mano del dictador y se llenaba los bolsillos. Lo que jamás hizo la izquierda fue amparar discursos metafísicos sobre la nación. Aquella izquierda, heredera de la Segunda República y forjada en la lucha contra la dictadura, sabía muy bien cuál era la clase de sociedad a la que aspiraba. Una sociedad que en ningún caso respondía a parámetros identitarios o estéticos sino que surgía de la necesidad de garantizar los derechos más básicos a la población. Luchaban por la plena libertad, la igualdad y la justicia social. Aspiraban a un nuevo catorce de abril.

Pedro Luna Antúnez, Tercera Información, 27-01-2013

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