El racismo catalán en el camino hacia Europa

[Nota de ACP.- Este artículo fue publicado tras el primer año de gobierno tripartito en Cataluña, pero hemos decidido recuperarlo por su especial interés en el nuevo contexto de debate «soberanista»]

1. El Estado de la Nación o la Nación del Estado

Los nacionalismos, así como los dioses, se han presentado a lo largo de la historia como elementos justificativos de situaciones de opresión y de guerras de expansión. Mucho más complejo resulta reflexionar sobre qué es el nacionalismo y por qué tiene la fuerza para justificar toda situación de injusticia, opresión y toda forma de conquista. De hecho, no existe ninguna definición estable ni consensuada sobre qué es nación. Tal y como afirma Hobsbawn, “la característica principal de esta forma de clasificar a los grupos de seres humanos es que, a pesar de que los que pertenecen a ella dicen que en cierto modo es básica y fundamental para la existencia social de sus miembros (…), no es posible descubrir ningún criterio satisfactorio que permita decidir cuál de las numerosas colectividades humanas debería etiquetarse de esta manera” (Hobsbawn, 1990: p. 13). Así se han generado múltiples definiciones de Nación, como por ejemplo la de Stalin, quien teorizó, por encargo de Lenin, sobre el nacionalismo dentro de la tradición marxista. Y fue el mismo Stalin, ya en el poder, quien cerró en el marxismo la revolución «en un solo país» frente al «internacionalismo» anteriormente proclamado. En todo caso, pues, con el nacionalismo pasa una cosa similar que cuando reflexionamos sobre los dioses: ¿cuál será el verdadero?

De hecho, la relación entre dios y nación no es nada extraña. Como tampoco son cosas tan diferentes. Así, Josep R. Llobera nos habla de esta relación entre Dios y Nación: «La nación, como una comunidad culturalmente definida, es el valor simbólico más elevado de la modernidad; posee un carácter cuasi sagrado sólo igualado por la religión. De hecho, este carácter cuasi sagrado procede de la religión. En la práctica, la nación se ha convertido en el sustituto moderno secular de la religión o en su más poderoso aliado» (Llobera, 1996: p. 10).

En todo caso, tanto las Naciones como los Dioses son dos construcciones que operan necesariamente y exclusivamente en la dimensión afectiva de los individuos. Sólo tienen sentido desde el mismo momento en que el individuo quiere identificarse como perteneciente a la Nación o a una comunidad religiosa (por no llamarla secta), intentando responder a la necesidad humana de sentirse identificado e integrado en la comunidad.

Es por ello que la Nación se presenta actualmente como una realidad inmutable, que estaría siempre por encima de las individualidades, y que existiría siempre hasta el fin de los tiempos. El nacionalismo trabaja con verdades absolutas, resaltando «nuestra» verdadera Nación frente a «su» falsa Nación. Es exactamente la misma disputa que enloquece a los creyentes y a los infieles del verdadero y del falso Dios. Son, pues, excelentes mecanismos para generar espacios simbólicos diferenciados, y no pueden ser ni casuales ni causales. Más bien responden a estrategias de construcción de mentalidades para la legitimación de la separación-división social existente. Estrategias que buscan potenciar y resaltar aquellos elementos o características que el «otro» no posee, hasta el punto de alcanzar el irrealismo mitificado del folclore. Aquí aparece la historia como aquella masa plástica adaptable a las necesidades de la mística nacional. Y, evidentemente, el pasado se adapta a las imperiosas necesidades del presente, prolongando el pasado nacional hasta tiempos mucho más remotos que la aparición histórica del propio nacionalismo.

Y es que históricamente las naciones actuales se formaron desde el momento en que unos individuos quisieron definirse (o identificarse) como Nación, y esto no sucedió hasta el siglo XIX con la emergencia del liberalismo como proyecto político, económico y social. La Nación aparecía como una concepción política nueva: igualdad jurídica ante el Estado, poniendo punto y final a los privilegios de los estamentos feudales, y liberación de tierra vinculada y amortizada, objetivo codiciado de los grandes capitales generados en época moderna (los nuevos ricos del momento). No será hasta la segunda mitad del siglo XIX cuando el nacionalismo mute hacia una dimensión más culturalista (ejemplo éste del nacionalismo catalán, o del españolismo de Cánovas del Castillo).

En el caso español, es en la Constitución de Cádiz de 1812 cuando aparece el concepto de Nación española, en los términos políticos de igualdad jurídica de los ciudadanos ante el Estado, aunque no todavía en términos culturales. Será a partir del romanticismo y de la fragmentación de los grandes imperios, ya en la segunda mitad del siglo XIX, cuando aparece el nuevo nacionalismo culturalista, con elementos esencialistas («hemos existido desde siempre»), proclamando un pasado y una cultura diferencial respecto de otras naciones. Y esto se daba tanto en nacionalismos con Estado (Cánovas del Castillo) como en aquellos que perseguían uno, como el nacionalismo catalán, que comenzaba a articularse en aquel momento. Desde entonces, la historia de los nacionalismos, así como las características de los hechos nacionales, se han mostrado tan volátiles y adaptables como las innumerables y contradictorias palabras de los Dioses a lo largo de cada tradición.

Así se puede afirmar que la nación no es, absolutamente, nada. Con el concepto de Nación no se define ya ningún proyecto social ni ninguna forma de organización diferenciada. Es un concepto totalmente vacío. Es una construcción mental, de relevancia política, que ha ido modificándose desde su uso inicial hasta la actualidad, adaptándose a los diferentes contextos sociales que se han ido reproduciendo. La nación es, en todo caso, un espacio simbólico intencionadamente limitado donde se distingue, a todos los efectos sociales, un interior y un exterior. Esta volatilidad permite, precisamente, utilidades prácticas que se han mostrado muy rentables. Rudolf Rocker afirmaba que “si el hombre puede crearse arbitrariamente la ficción de una patria ideal, eso no demuestra sino que las nociones de patria y nación son también conceptos ficticios inyectados en la cabeza del individuo y que pueden en todo momento ser desplazados por otras ficciones” (Rocker, 1949: p. 385). Ficciones que no hacen sino que esconder que tras el nacionalismo no hay sino operaciones de poder y de dominio, desde el poder y desde el dominio. Y es que el único aspecto realmente común a todos los nacionalismos y a todas las naciones de todos los tiempos ha sido la voluntad de articular un Estado, es decir, la organización de poderes. Es por ello que tiene tanta fuerza el nacionalismo: al no ser nada, puede serlo todo. Es igual que cuando se defiende la existencia de un Dios: como que no se puede demostrar que no existe, es que ha de existir.

2. Estado y violencia: la gestación de la autoridad

Así, la Nación es una construcción mental que se proyecta sobre un espacio simbólico, donde la única materialización real es el Estado. Pero, ¿qué es un Estado?

Toda forma de organización estatal se fundamenta en tres pilares:

•  La existencia de un robo por parte de un sector social;

•  el uso institucionalizado de la violencia para, precisamente reproducir el expolio; y

•  la legitimación ideológica de esta violenta situación.

Es decir, hacienda, guerra y adoctrinamiento. Estos tres elementos son inseparables, en mayor o menor medida, en todo Estado o en todo proyecto que tenga por objetivo la construcción de un Estado. Y es que el objetivo último es la cimentación de la Autoridad sobre la sociedad. Y la organización estatal no es nada más que una cadena de comandantes, jefes, directivos (o la figura que se quiera), obsesionados por imponer voluntades y decisiones tanto a la propia jerarquía organizativa, como a la sociedad a la que han conseguido dominar y controlar. Y ello implica una acción institucionalizada de subordinación de los individuos, que no puede ser sino de extrema y continua violencia.

La existencia y perpetuación del Estado depende, así, de la necesaria interrelación de estos tres elementos, garantía de la organización de los poderes económicos (aparatos fiscales), militares (aparatos represivos) e ideológicos (aparatos propagandísticos). Bienvenidos al Derecho del poderoso, que se impone prioritariamente por a) la acción terrorífica mediante la policía-ejército; b) la amenaza latente mediante el peso de la “Justicia”, ya sea por providencia divina o democrática; y c) el proyecto, sencillamente, exterminador mediante el sistema penal.

Estos tres pilares sólo conforman el marco necesario para garantizar un único propósito: consolidar la Autoridad. Pero para perpetuar la autoridad hay que asegurar la reproducción del engranaje, gracias a las lealtades que se asegura con la institucionalización de privilegios que sólo disfrutarán sectores sociales determinados. Aquéllos, precisamente, más interesados en la articulación del poder. De su poder. Es por ello que el Estado es el sistema mafioso por excelencia y es donde el ejercicio de la autoridad no puede sino ir acompañado de una crónica práctica de corrupción, ya que de ella emana la concesión de los privilegios catalogados como Derechos. Cuando la Autoridad se muestra incapaz de mantener la estructura de privilegios, o la hace excesivamente asfixiante para la mayoría de la población que la sufre, es cuando se produce más fácilmente su cuestionamiento y su posterior caída, no necesariamente revolucionaria.

El autoritarismo necesita de privilegiados y, por lo tanto, es inevitablemente un desnivelador social, hecho que niega ya de entrada la posibilidad de una hipotética igualdad entre los individuos que han caído bajo su dominio. Así, la función estatal más importante es la de garantizar el funcionamiento del mecanismo de la Herencia de la propiedad, apoyado por la Ley que sustenta el privilegio. Ello no hace sino evidenciar que quien no roba, está condenado a la obediencia existencial. Es por ello que hoy, como siempre, han caído bajo los pequeños ladrones las penas más inhumanas, mientras que con los grandes ladrones del sistema el procedimiento penal siempre se ha mostrado más benevolente.

Por su lado, el aparato ideológico es precisamente el encargado de ofrecer los elementos necesarios de legitimación y de autoconvencimiento de la violenta situación. O, más claramente, es quien se encarga de sembrar la ignorancia deseada, generando tanto las verdades incuestionables (somos una Nación, somos una democracia) como los “necesarios” enemigos (históricos y nuevos, internos y externos), base del clima racista. La propaganda busca sobre todo que los individuos interioricen el principio de obediencia, reforzando así las relaciones de jerarquía y el espíritu de sumisión a la Autoridad.

Es decir, ha de imponer su poder sobre los individuos que sobreviven en el territorio sobre el que actúa. Es por ello que es el principal interesado en el desarrollo de las tecnologías de guerra y de control de las actividades de los ciudadanos, con el objetivo de mantener el status quo y también poder movilizarlos a merced de las necesidades del poder. La voluntad dominadora hace que la existencia de un Estado sea esencialmente incompatible con la libertad de los individuos, y con el desarrollo de sus facultades.

En definitiva, pues, el Estado representa una forma de organización de base violenta, a partir de la cual se garantizan las situaciones de privilegio de unos pocos en detrimento del resto mayoritario. Y esto sólo es temporalmente sostenible si se fortalecen al máximo los principios de autoridad y jerarquía, gracias a algunas convicciones incuestionables y a una situación de terror permanente. El nacionalismo, en todas sus formas, ha servido perfectamente a este objetivo estatal. Incluso el nacionalismo más revolucionario, ya sea el burgués del siglo XIX o el “comunista” del XX, ha elevado a un sector social a la más alta jerarquía del “paisaje nacional”, desarrollando los pilares del Estado para garantizar y perpetuar la situación de poder, dominio y control de la que disfrutan.

Pasamos a analizar la situación de Cataluña, donde persisten fuerzas nacionalistas que reclaman, de modo más o menos manifiesto, la construcción de un Estado propio.

3. Del «drama» al victimismo: las armas del nacionalismo catalán

Es difícil precisar históricamente cuándo empieza el “drama” del nacionalismo catalán. Una de las dificultades radica en el hecho de que catalanes puede haberlos de muchos tipos, e incluso, puede no haber absolutamente ninguno. Porque, ¿qué es un catalán? ¿Y un español? ¿Y un europeo? ¿Qué determina qué es un ser nacional? Alguien puede declararse en situación nacional (europeo, por ejemplo), pero en la práctica social no tener efectos de ningún tipo. Es el caso, por ejemplo, de un individuo que no dispone de documentación oficial, aunque trabaje de sol a sol, y por un periodo temporal largo. En cambio, un recién nacido de pocos días es incapaz de declararse en ninguna situación pero, en cambio, puede llegar a poseer no sólo derechos, sino además largas extensiones de territorio. La diferencia entre las dos situaciones no es otra que la existencia de un Estado, que es en definitiva quien define, impone y otorga la mística de la condición nacional.

Y éste es, de hecho, el drama del nacionalismo catalán, y su único objetivo. Como todo proyecto nacional, se fundamenta en la diferenciación y la exclusión privilegiada de un sector social en un territorio, que consideran “su” espacio de dominio. Como proyecto político de dominación (esté o no consolidado) tiene una visión conservadora e insolidaria en la acción sobre los individuos y sobre los recursos.

La situación actual dibuja una Cataluña (sea la extensión de territorio que se quiera) que disfruta activamente del desarrollo del Estado de las Autonomías instaurado a partir de la Constitución de 1978. El problema radica en que ésta delimita que el único nacional jurídicamente válido es el español. Y en el proceso actual de más relevancia política (la construcción europea) sólo es europeo aquel individuo dotado de nacionalidad española. Por su parte, el “Estatut d’Autonomia de Catalunya” de 1979, dentro de estos límites constitucionales de 1978, es el marco sobre el que viene operando el nacionalismo catalán, ya que abre las puertas a eso que llaman “autogovern” (autogobierno). Se presenta, en otras palabras, como una vía, posibilidad, de construcción del Estado catalán a partir de la ruptura de las mismas estructuras estatales de las cuales se participa. Pero si ya es, pues, Estado, ¿qué se busca realmente? Y ¿cómo encaja este proyecto en el marco de la nueva macroestructura estatal europea, y de su proyecto económico? ¿Cuáles son los objetivos y la estrategia reales del nacionalismo catalán?

El objetivo esencial no es difícil de descifrar. Todas las opciones políticas y sociales nacionalistas ven como una necesidad inmediata la reafirmación de la Autoridad como paso necesario para llegar al Estado propio. El ejemplo más claro de ello lo hemos visto en la fiesta nacional (11 de septiembre de 2005), donde tres partidos autoproclamados de izquierdas (PSC, ERC e IC, también conocidos como “el Tripartit”), han optado por alejar la parafernalia patriotera de los sectores populares y crear una liturgia típicamente estatal. Los grandes protagonistas de La Diada no podían ser otros que el President de la Generalitat (Pasqual Maragall, con un complejo algo raquítico de Calígula), acompañado de la fuerza bruta nacional (unos Mossos d’Esquadra prácticamente desplegados por todo el territorio y bajo control de la Generalitat), y de un buen sector de la corte cultural del poder, que pusieron la música al acto.

Como todo nacionalismo, el catalanismo necesita de un enemigo sobre quien poder canalizar el odio y la fobia. Un enemigo con el que alimentar la mentalidad racista de los individuos nacionales que han de dar sentido a la jerarquización y exclusión social existente.

Pero el objetivo de esta mentalidad excluyente ha variado también según los tiempos. A lo largo del siglo XX, el racismo y la xenofobia con que operaba el nacionalismo catalán se centraba en la inmigración llegada fundamentalmente de otras zonas del Estado español. Las diferentes “mareas” migratorias fueron contrarrestadas con fuertes dosis xenófobas, con el objetivo de mantener los privilegios de supervivencia y la estructura social hasta entonces vigente, teniendo en cuenta que las riendas del Estado no estaban en sus manos, y éste no siempre se mostraba sensible a las preocupaciones de la oligarquía local. Actualmente, como veremos más adelante, el “enemigo” está diversificándose.

Lo que parece no cambiar en absoluto es el arma usada para conseguir la diferenciación y la separación social: la lengua. El uso de ésta como elemento de rápida exclusión social ha pasado por diferentes fases históricas, pero en todo momento ha servido al racismo clasista y excluyente de la burguesía y de las clases medias frente al resto de población empobrecida. Es, pues, un nacionalismo lingüístico, que aboca a afirmaciones del todo estúpidas, como por ejemplo las pronunciadas por Pasqual Maragall al decir que “El catalán es nuestro ADN” ( La Vanguardia , 28-11-2004, p. 51).

El uso de esta arma encuentra legitimación en la estrategia del victimismo: España siempre ha ido contra los intereses de Cataluña, negándole una supuesta libertad (habría que ver de qué tipo) y, ya más actualmente, negándole su “autogobierno” como pueblo con fundamentos históricos, lingüísticos, culturales y toda la liturgia que se quiera. Es decir, el nacionalismo presenta una distorsión histórica a partir de la cual siempre habría existido una nación catalana, pero que el nacionalismo español habría pisado y subordinado a los propios intereses malvadamente. Y esta maldad española adquiere la máxima expresión en la persecución de la lengua, objetivo de aniquilación, se dice.

Es, no obstante, un victimismo extraño donde no se reclaman ni la liberación de presos ( a excepción de algunos grupos de tendencia nacional-marxista, con presos “políticos”, que quieren diferenciar claramente de los “sociales” ) ni tampoco excesivas mejoras sociales más allá de las que puede absorber el capitalismo actual, sino que la reivindicación nacionalista se centra en aspectos ya conocidos aquí: una hacienda propia, cuerpos represivos propios (por fin ya han conseguido el despliegue de la policía autonómica, los Mossos de Esquadra!), y una mejor presencia de la lengua y del rito nacional en los aparatos propagandísticos del Estado. Es decir, los elementos necesarios para configurar el “paisaje nacional” bajo dominio de la autoridad catalana, como hemos visto.

Es aquí donde la historia se pone al servicio del nacionalismo, ofreciendo los episodios de persecución y los intentos de asfixia de la lengua como instrumento de Estado. Son los casos, por ejemplo, de las dictaduras de Primo de Rivera y de Francisco Franco, en el siglo XX, las cuales impidieron el uso del catalán como lengua de Estado. Pero quizás cabría recordar que Primo de Rivera hizo el golpe de Estado desde Barcelona, y con el apoyo no sólo de la burguesía catalana, sino también de fuerzas ahora tan democráticas y antes tan revolucionarias como el Partido Socialista y el sindicato UGT. Con Franco, después de la Guerra Civil, también se tendría que ver el papel que desarrolló cada uno.

El cuento victimista daría inicio desde el período del «franco condado», pasando por la época de conquista de la Corona de Aragón, período este que acabaría por definir ciertos marcos reivindicados actualmente por las fuerzas políticas a nivel de dominio territorial . Es curioso el hecho de que cuanto más a la izquierda se posiciona una fuerza política, más territorio considera como propiamente catalán. Es decir, más territorio incluye el paisaje nacional de dominio estatal. Además siempre se deja de lado precisamente la zona de Aragón donde, se dice, no se habla catalán, a diferencia de los otros lugares. Lo absurdo del tema ha llevado incluso al President Pasqual Maragall a plantear en la actualidad la recuperación del espacio económico de la Corona de Aragón. Ello en un mundo globalizado y en plena construcción del espacio europeo como marco regional. Sea como sea, la época imperial sirve de referente histórico ya que, independientemente de que se tratase de un sistema salvaje de dominio y explotación social, lo realmente importante parece que sea que fue una época en que la malvada España no dominaba Cataluña. Seguramente porque ninguna de las dos existía como muchos se las quieren imaginar.

En todo caso, este victimismo necesita una determinada visión del idioma: el catalán se presenta como un sujeto que tiene vida propia, y que se ve amenazado de muerte por la existencia de otros idiomas de Estado, que suponen un peligro de erradicación lingüística para esta determinada manera de entender el mundo (visión culturalista). La fuerza de este argumento radica en separar la lengua de los individuos que la hablan, ya que si se individualizase socialmente se puede llegar a una peligrosa conclusión: los sectores catalano-hablantes tienen una situación social más o menos privilegiada respecto a otros grupos sociales asentados en el territorio, pero situación privilegiada al fin y al cabo.

Además, como poder de Estado que actualmente es el nacionalismo, tiene fuerte capacidad impositiva de la lengua en todo el marco institucional autonómico, en lo que es el ejercicio de la autoridad contra la sociedad. El victimismo lingüístico sirve, pues, para imponer la lengua socialmente, pero también es una clara muestra de que ésta está muy lejos de desaparecer, como no se cansan de repetir. Para hacerse una idea de ello, sólo hay que presentarse a unas oposiciones a cualquier cuerpo o escala del ente autonómico para comprobar que el catalán, más que un requisito, es un muro para gran parte de la población, especialmente para aquellos que han llegado más recientemente.

Y es que en el fondo, el tema lingüístico sirve para esconder la realidad existente: la imposición lingüística asegura el mantenimiento de la jerarquización social, a la vez que ofrece la necesaria ficción de una futura integración social, vía el idioma, al conjunto de inmigrantes. En este sentido el presidente de Unió Democràtica de Catalunya (J. A. Duran i Lleida) aseguraba que la inmigración supone un riesgo de fractura social, y por ello reclama que se ha de exigir a los inmigrantes un esfuerzo de adaptación a la cultura catalana, y especialmente a la lengua ( La Vanguardia , 5-11-2004, p. 24).

Mientras se obliga a los inmigrantes a estos “esfuerzos”, los catalano-hablantes corren hacia las academias de idiomas a aprender las lenguas del poder europeo (inglés, francés, alemán…), ya que al fin y al cabo es lo que realmente está en juego: la vertebración del Estado europeo implica una nueva ordenación de todos los poderes. Y el nacionalismo catalán, para mantener la estructura de privilegios sobre el territorio, no puede sino ser europeísta, pero con cierta autoridad. Y de aquí la persistente obsesión de hacer del catalán una lengua reconocida a nivel europeo.

El victimismo tiene, pues, resultados prácticos excelentes, ya que impide toda autocrítica a la vez que cohesiona socialmente. Es por esto que se hace muy necesaria su reiteración continuada. Persistente.

Una auténtica ofensiva nacionalista donde el objetivo es tomar posiciones y fuerza en los aparatos ideológicos como fuerza de choque, que encuentra su máxima expresión en el mundo escolar y en el mundo oficial, tal y como es característico del nacionalismo lingüístico (moderado y poderoso, es decir, un nacionalismo de orden). Asusta ver los planteamientos nacionalistas que se lanzan sobre los niños y niñas, sin ningún tipo de escrúpulo ni respeto, insultando sus inteligencias y abusando de la natural falta de información. Comparando las propuestas didácticas de la época franquista y las actuales, no percibimos más que un intercambio de conceptos vacíos de contenido, y de héroes y leyendas nacionales que exaltan un pasado glorioso sembrado con terror y explotación. Cuando se trata de generar patriotas no se puede sino que sembrar ignorancia.

Así, nos encontramos ante un panorama escolar donde prácticamente el 10% de los alumnos del curso 2004-2005 han estado categorizados como hijos de inmigrantes extranjeros. De esta manera, se ha iniciado un plan de actuación desde la Consejería de Educación, que se conoce con el nombre de LIC, y que define los tres objetivos básicos del plan: “Llengua, Interculturalitat i Cohesió Social” ( La Vanguardia , 12/11/04 p. 43). Es de destacar el objetivo interculturalista, totalmente vacío de contenido y que queda muy bien entre los otros dos objetivos que, según la situación social del alumno, anuncian un auténtico calvario y un recorrido lleno de obstáculos sociales.

Así pues, la política estatal prima interponer el catalán entre el alumnado y el conocimiento. En otras palabras, para los jerarcas del Departamento de Enseñanza es más importante que el alumnado aprenda la lengua del poder y la cultura de la patria, que no buscar las estrategias necesarias para facilitar el desarrollo de las capacidades de los alumnos. No fuese que los inmigrantes adelantasen a los «hijos propios» en este salvajismo competitivo que se ha optado por reproducir. Es, de hecho, una cuestión de interés de Estado, como muy bien muestra la preocupación de los políticos en resaltar continuamente la inmigración como un grave problema nacional. Declaraciones racistas como la del ex-presidente Jordi Pujol, alarmando de que un exceso de mestizaje pudiese provocar el final de Cataluña (del nacionalismo, querría decir), no es sino uno de los continuos discursos clasistas y racistas que se escuchan a diario en Cataluña. Y no sorprendería que de aquí a unos años se acusara fácilmente a los niños y a las niñas de haber mal-aprendido la lengua y mal-entendido la cultura del país, haciéndoles responsables del fracaso social actual. Y del futuro.

La presión nacionalista, pues, se hace notar especialmente en el ámbito educativo, donde se generan prácticas tan absurdas y tan alarmantes como inspecciones del uso de la lengua en las relaciones interpersonales en los institutos, así como el seguimiento y control del idioma utilizado por los profesores en las aulas, incluso en las universitarias (ver, por ejemplo, la política lingüística de la Universitat Autònoma de Barcelona).

Respeto a los medios de comunicación, la posición catalanista se ha impuesto con total fuerza, aunque no siempre con la lengua de poder (ver, por ejemplo, La Vanguardia , órgano al servicio de la burguesía catalana, que aún se muestra miedosa en cambiar de lengua por una cuestión mercantilista, aunque su público esté bastante bien definido). De hecho, únicamente los medios con subvención estatal o directamente estatales se expresan en lengua catalana.

Tanto es el relieve mediático del nacionalismo catalán, que no existe ninguna formación de relevancia política que no se defina como catalanista. Incluso el Partido Popular ha tenido que adoptar ciertos elementos catalanistas por no perder espacio en la pugna por el electorado de Cataluña, ya de por sí bastante a la derecha. Es una prueba evidente de que la confrontación de los nacionalistas (tanto catalanistas como españolistas) no deja de ser más que un circo utilísimo para aglutinar verticalmente, a la vez que es un método eficiente para empujar a los electores a las urnas y legitimar así esta democracia bajo mínimos. Y es que discutir sobre las patrias y los Dioses es la fórmula clásica para no llegar a las siempre molestas problemáticas sociales de fondo.

4. La doctrina de la seguridad: desde el miedo hacia Europa

De hecho, ni políticos ni ricos se dejarán llevar por sentimentalismos excesivos más allá de las rentabilidades electoralistas a corto plazo. Son Estado, y como Estado, no pueden permitirse la renuncia, al menos hoy por hoy, al proyecto de una Gran Europa, ni a sus potencialidades, tanto a corto como a largo plazo. Y, en definitiva, quien es Europa es el Estado Español. Y quien está dentro de la OTAN es igualmente España. Es por ello que las luchas nacionales internas dentro del Estado no dejan de ser un gran circo con dos claras utilidades: a) focalizar el debate social, esterilizándolo de los debates sobre temas socialmente espinosos (mortalidad laboral, inaccesibilidad a la vivienda, marginalización de diferentes sectores sociales, el alto fracaso educativo, etc.); y b) canalizar odios sociales hacia objetivos extraños que ayudan, a todos los nacionalismos, a mantener la verticalización, la jerarquía y la desigualdad sobre la cual se han estructurado en cada territorio. El odio al extraño no hace sino fortalecer la autoridad que lo alimenta.

Así, pues, ¿ante qué nos encontramos? El dibujo parece ser el siguiente: la dificultad siempre es la de cómo integrar poderes en la elite del Estado. Y el Estado de las Autonomías ha permitido a poderes económicos periféricos tener la plataforma política para acceder a la dirección del Estado. Hecho este no poco importante a juzgar tanto por la cantidad de recursos que el Estado expolia, como por los que se reciben de la rica Europa.

Y es que el proceso europeo, en el Estado español por lo menos, presenta las siguientes características: económicamente, la población se ha tenido que tragar todas las decisiones tomadas en las altas esferas y poderes ocultos (véase la imposición monetaria, por ejemplo); y políticamente, la gran mayoría de las opciones políticas y sindicales apuestan claramente, a pesar del juego que ofrece la dialéctica democrática (véase ERC el pasado referéndum consultivo sobre la Constitución Europea del 20 de febrero de 2005, donde Carod-Rovira no se cansaba de afirmar “Sí a Europa, No a esta Constitución”). Pero el elemento a tener en cuenta es lo social, donde está en juego la estructura de privilegios resultante del horizonte europeo.

Hoy por hoy, Europa ha supuesto un refuerzo de la estructura de privilegios existente, donde los nacionalistas pugnan por recoger los beneficios del proceso europeo y, a la vez, han visto en el mismo un campo de proyección tanto a nivel económico como social. La voluntad de crear una autoridad política propia viene dada por el interés por mantener como poder económico a parte de los grandes propietarios, industriales, inversores, que son en definitiva los que marcan el ritmo del proceso político. Se apoyan en una clase media atemorizada y confusa ante los procesos de precarización social inherentes al proceso de globalización. Éste es el sector más fanatizado nacionalmente, donde se acomodan los discursos xenófobos y racistas.

Y es que en definitiva, es la clase media quienes encuentran en el nacionalismo un refugio cobarde, egoísta e insolidario, queriendo imponer los criterios de “asimilación” para la integración a la comunidad nacional y/o católica. Se creen con derecho sobre el territorio, porque así lo profesa la “historia”, siendo capaces de reclamar prioridades de acceso a los medios de supervivencia por delante de los “extraños” que llegan y que se instalan en condiciones lamentables, ya que se considera que provienen de culturas claramente “inferiores”, poco o nada democráticas o, por lo menos, subdesarrolladas.

En cambio, son los más obedientes ante los verdaderos propietarios del territorio, de los auténticos amos del “paisaje nacional”. Independientemente de si los amos sienten algún tipo de respeto por las naciones que construyen a la medida de sus intereses, los nacionalistas aplauden la defensa de la propiedad de la tierra (ya sea privada o estatal), y defienden una ridícula democracia representativa depositando cada cuatro años las papeletas, de valor desigual, en las urnas de la vergüenza. Son capaces también de aplaudir guerras imperialistas cuando se justifican como “guerras humanitarias”, para a continuación hacer “caceroladas” cuando se les dice que otra guerra es ilegal. Y hablan de integración social (según el buen sentido del cristianismo o del progresismo), cuando no hacen sino que desintegrar la vida social con su exigencia de privilegios propios sobre el resto.

Y éste es actualmente el panorama desolador: un Estado fuerte como nunca, con las voluntades ciudadanas a remolque de la nueva estructuración social, buscando adjudicarse los privilegios europeos. No es casual: el proyecto europeo reside precisamente en disputarse los nuevos privilegios en juego, generando toda una macro-estructura de autoridades y jerarcas. Y al mismo tiempo oferta la nueva ficción de posibilidades de promoción social. Arcadi Espada sintetiza brillantemente esta situación catalana: “Creo que vivir bajo un caudillaje colectivo acaba siendo extremadamente cómodo. Que procura todas las respuestas, incluso si las preguntas no han sido formuladas. No, no me fío: al fin y al cabo, vivir bajo caudillo es la única posibilidad de ser caudillo” (Espada en Archipiélago, p. 45).

Se hace necesario, no obstante, frenar las pretensiones de los inmigrantes, por si acaso vienen con la misma inquietud “arribista” de los autóctonos europeístas. Así, se busca concentrar y guetizar a los nuevos inmigrantes, a la vez que se asegura su división interna. Esto requiere fuertes dosis de racismo estatal, a través de los aparatos ideológicos del Estado, y una nueva doctrina racista, ya que la aplicada a los trabajadores inmigrantes de otras etapas ya no tiene validez: no se puede acusar a un inmigrante trabajador africano de formar parte de la estrategia perversa del españolismo para acabar con la lengua catalana. Aún así, siguen las constantes proclamas racistas explícitas de personajes como Jordi Pujol, Heribert Barrera, o Duran i Lleida.

El racismo actual es ya descaradamente clasista, sin valerse de excesivos victimismos. Y, además, es un racismo del cual participa igualmente el españolismo, seguramente porque se trata ya del racismo puramente europeo: es la necesidad de construir una identidad europea, un sentido nacionalista nuevo, que legitime la nueva macro-estructura estatal europea, la cual es un ejemplo insultante de decisiones autoritarias, de base democrática nula e insignificante. Se trata de un proceso emotivamente complejo (¿cómo crear el sentido nacional europeo?), y socialmente desastroso. Es la hora del miedo.

La estrategia de terror y de segregación social viene servida por la doctrina internacionalmente aceptada desde principios de los años 90 con el Tratado de Schengen. Esta doctrina viene trabajándose mediáticamente y policialmente contra las nuevas migraciones buscando una integración laboral de clara sumisión, a la vez que una distribución espacial que asegure la guetización y la separación de las partes sociales, facilitando así el control policial y los golpes de terror. Es el éxito de unir la paranoia de la “inseguridad ciudadana” con la doctrina de “lucha internacional contra el terrorismo”. Los atentados de septiembre del 2001 en Nova York o los de marzo de 2004 en Madrid no han servido sino para alimentar la sensación de indefensión, y muchos se ponen a correr hacia la boca del lobo: el Estado garantiza mano dura y seguridad.

El resultado es que los nuevos inmigrantes son, precisamente, los que cada vez llenan más las prisiones del Estado. Sobre ellos recae el peso de la justicia por los más pequeños robos que son, en definitiva, los que más atemorizan las clases medias. Así, se difunden informaciones como que 2 de cada 3 detenidos en Cataluña son “extranjeros”, según difundieron los medios de comunicación en su día (véase, por ejemplo, La Vanguardia , 5/10/2004, p. 35). Pero no es la estadística lo importante aquí, ni su reiterada aparición en todos los medios (ya sabemos cuánto se puede «jugar» con los números!), sino por la evidencia contra quién apunta el entramado mediático-policial, y por la legitimidad que se busca en ello. No hay que olvidar que la Generalitat de Catalunya, competencialmente, es la encargada de ejecutar la política penitenciaria del Estado. Y es que el nacionalismo no niega ni replantea de la necesidad del sistema carcelero. Más bien lo necesita.

Un racismo que se autoalimenta: mientras se especula con la precarización de la vida social (cuántos beneficios sigue dando la especulación con la vivienda del pobre!), la situación de marginación aumenta, impulsando cada vez a más individuos a caer en las redes de explotadores sin escrúpulos. La política europea en materia migratoria es, además, cada vez más preocupante: a la solución típicamente policial-carcelaria ahora se quiere sumar la creación de campos de contención de inmigrantes en el norte de África. De momento se ha iniciado un plan piloto desde la Comisión Europea y el Estado Holandés, conjuntamente con el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) para crear campos de concentración en cinco países (Marruecos, Argelia, Túnez, Libia y Mauritania) a lo largo de 18 meses. La teoría habla de campos para gestionar los flujos migratorios, pero habrá que ver cuál será la práctica real a lo largo del tiempo ( La Vanguardia , 2/10/2004). Un plan que no ha pasado por el Parlamento Europeo. La democrática Unión Europea…

A ello se le suma que todo el terror social generado viene legitimando el proceso de crecimiento de las fuerzas policiales en todo el Estado, no sólo de las públicas sino que también de los servicios de seguridad privados. Incluso el clima de terror ha permitido en más de una ocasión la presencia del ejército en la calle, sin ninguna voz en contra (por ejemplo durante la campaña de Navidad 2004-2005, con el gobierno socialista de Zapatero). Y se han incrementado las exigencias de creación de más prisiones, sin más discusiones. En esto las discrepancias entre los nacionalistas españolistas y catalanistas es nula. El mismo Carod-Rovira se ha visto reclamando más presencia de la Policía Nacional mientras continúa el despliegue de los Mossos d’Esquadra. Y todos han mostrado el silencio más absoluto cuando organizaciones como Amnistía Internacional, S.O.S Racismo y el Observatori de les presons de la Universitat de Barcelona han denunciado y demostrado que en las prisiones y comisarías de los cuerpos policiales del Estado se practica habitualmente la tortura, la cual recae especialmente sobre los inmigrantes legalmente más desamparados. Por contra, la consejera de Interior, Montserrat Tura, anunciaba después de los atentados de Madrid de la creación de un servicio de información catalán, de “divisiones especializadas en investigación e información” ( La Vanguardia , 10/3/2004, p. 18). Y es que fue una excelente ocasión para tirar adelante medidas que atenten frontalmente contra la libertad de los individuos. Es la gran función del terror de Estado: la sensación de miedo generada allana el camino para políticas de represión. Es cuando la seguridad dinamita la libertad.

A la xenofobia nacional del nuevo racismo social, parece sumarse el crecimiento escalofriante de la práctica religiosa. Iglesias, mezquitas y otros centros de oratoria iluminada sirven para cohesionar comunidades disgregadas y perpetuar incomprensiones e ignorancias. En una época de creciente crispación social, renacen los sacerdotes predicando la palabra de dioses paranoicos.

Así, pues, nos encontramos ante unas luchas nacionales en el dominio y la construcción del Estado europeo, hecho que genera nuevas luchas por el control del expolio social (hacienda), por el control del terror estatal y por el adoctrinamiento sistemático de la población. Una lucha de elites con el apoyo de una atemorizada clase media, que ve en el nacionalismo un muro de contención social ante la inmigración. Y, a la vez, la victimización nacional es un antídoto para los remordimientos del racismo clasista que este individuo nacional ejercita conscientemente. Al racismo generalizado se le suma el de las clases más bajas, que se vuelven racistas al sufrir directamente los efectos de la doble marginación: la suya y la de los nuevos inmigrantes.

De esta manera, se despliega un horizonte preocupantemente racista, alimentado día tras día por un gran abanico de periodistas, intelectuales, sacerdotes de todo tipo, profesores de universidad, maestros de instituto, de escuela. Un gran despliegue de la mística nacional y democrática a través de no pocos medios, todos ellos emotivamente vinculados a las fábulas de orden, seguridad y protección. Y es que cuanto más fuerte se hace un Estado, más débil ha de estar la sociedad.

Bibliografía

– Espada, Arcadi: El Caudillo Colectivo , en Archipiélago: Cuadernos de crítica de la cultura , Núm. 24, 1996.

– Hobsbawn, Eric (1990): Naciones y nacionalismos desde 1780 . Crítica, Barcelona, 216 p.

– Llobera, Josep R. (1994): El Dios de la modernidad. El desarrollo del nacionalismo en Europa Occidental . Editorial Anagrama, Barcelona, 302 p.

– Rocker, Rudolf (1949): Nacionalismo y cultura . Editorial Reconstruir, 529 p.

Jaume Balboa, La Hoguera, 25-01-2013

 

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