Esa tontería del derecho a decidir

El Jueves

Entre las izquierdas arrasa la opinión de que “independencia no, pero derecho a decidir, sí”. Un cebo que el PSC, en su atolondramiento -a veces pienso que tanto atolondramiento ya resulta interesado- está a punto de tragar. ICV-EUiA, heredera del legendario PSUC, ya ha tragado totalmente. Aceptarán, pues, el derecho a decidir, o sea el referendo, pero votarán no. Con lo cual le harán a CiU un doble favor (¿y ya van tantos!). Y de paso, se acabará el PSC, porque en un horizonte soberano el PSC pinta poco. Larga vida a CiU. Jugada redonda, carambola perfecta

Tomo el ejemplo de Duran i Lleida, hombre intuitivo donde los haya: el Estado es una comunidad de vecinos. Y cada piso son las Autonomías. Cada vecino puede decidir lo que le afecta en exclusiva: contratar una asistenta o no, matricular al niño en tal colegio, ser vegetariano o pintar las habitaciones de verde loro. Pero no puede decidir lo que es común: la pintura de la fachada, la limpieza de la escalera, poner o no ascensor, pagar las cuotas de la comunidad, etcétera.

Pues bien, aquí tenemos el caso insólito de un vecino, Cataluña, que declara la república independiente de su casa, al estilo Ikea. Que no pagará la limpieza de escalera: su rellano ya lo contratará por su cuenta. Que va a construir una escalera propia para ir a la calle (casualmente llamada Avenida Europa). Que pintará su trozo de fachada como le dé la gana, con cuatro barras y una estrellita muy mona. ¿Que por qué? Pues porque un día la familia de ese piso, reunidos en asamblea, decidieron democráticamente que tenían derecho a decidir, y eso supone derecho a decidirlo todo, soberanamente, y quien se oponga a su derecho a decidir es antidemocrático. De risa, ¿no?

Créanme: las bases teóricas del derecho a decidir son tan endebles como el caso que les cuento. Pero ahí están, al servicio del proyecto secesionista en que se ha metido Mas. Estos últimos años los intelectuales nacionalistas han hecho horas extras para pulir el cuadro teórico. Digo cuadro, pero es coartada justificatoria, pensamiento pagado, literatura abyecta donde las haya. Véanlo, si lo soportan, en este informe. Se trata, dicen, de ligar el derecho a decidir con la más radical democracia, de manera que los que se califican de demócratas no tengan otro remedio que aceptarlo. Y se trata de separar ese derecho lo más lejos posible del derecho de autodeterminación, que solo puede aplicarse a colonias o a casos de tiranía.

El nudo del razonamiento es que si una entidad política dada, pongamos Cataluña, tiene algún derecho a decidir, entonces tiene derecho a decidirlo todo, y eso le permite afirmarse como sujeto político soberano a todos los efectos. En el ejemplo de la comunidad de vecinos, como los de un piso tienen derecho a decidir, por ejemplo los muebles de su vivienda, entonces tienen derecho a decidirlo todo, soberanamente, desde no pagar cuotas hasta a abrir ventanas o ponerse un ascensor exclusivo. O sea: de risa, una tomadura de pelo, una cosa sin pies ni cabeza.

Básicamente, se trataba de hacerle la cama al PSC, darle pista donde pudiera aterrizar. Dado que este no se iba a embarcar en la fórmula clásica de la autodeterminación, había que presentar el caramelo con otro envoltorio: el derecho a decidir. De entrada, la sola formulación de un derecho ya nos mueve a aceptarlo: si ese derecho existe, por descontado que los catalanes lo tenemos, ¡faltaría más! Y tonto el último. Además, está feo quitarle un derecho a un pueblo: es tan cruel como arrebatarle un juguete a un niño. ¿Quién se va a oponer al derecho a decidir, hombre? ¡Si eso es la base de la democracia! ¿Y quién le tiene miedo a la democracia? Y facha-español quien se niegue a la consulta. Como ven, argumentos de altura.

Y así de esa manera nos han colado un gol. Entre las izquierdas arrasa la opinión de que “independencia no, pero derecho a decidir, sí”. Un cebo que el PSC, en su atolondramiento -a veces pienso que tanto atolondramiento ya resulta interesado- está a punto de tragar. ICV-EUiA, heredera del legendario PSUC, ya ha tragado totalmente. Aceptarán, pues, el derecho a decidir, o sea el referendo, pero votarán no. Con lo cual le harán a CiU un doble favor (¿y ya van tantos!): por un lado le evitarán el engorro de tener que llegar a la independencia (que horroriza a los botiguers y fabricantes) y por otro el nacionalismo conseguirá el reconocimiento de la soberanía, pieza crucial para obtener eternamente trato de favor y privilegio en el Estado, y bula perpetua para el victimismo jeremiaco. Y de paso, se acabará el PSC, porque en un horizonte soberano el PSC pinta poco. Larga vida a CiU. Jugada redonda, carambola perfecta. Fíjense en cómo se ríe Artur Mas, je je, por lo bajini.

Jesús Royo es licenciado en Lengua catalana y en Filosofía

La voz de Barcelona (15.01.2013)

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