Un libro para gozar y regalar

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En estos tiempos de aflicción es un placer infinito escribir sobre algo hermoso, sencillo, natural como la vida misma

Son apenas setenta páginas, de un autor sueco, prácticamente desconocido entre nosotros fuera de algunas gentes del gremio que a duras penas hemos conseguido saber algo gracias a dos condiciones muy comunes en nuestras letras. Primera, que le dieron un premio Nobel, y segunda, que un par de voluntariosos traductores han trasladado tres obras suyas a un castellano asequible. En estos tiempos de aflicción es un placer infinito escribir sobre algo hermoso, sencillo, tan natural como la vida misma; consciente de que no tiene nada que ver con “nuestra vida misma”.

Se titula Visión de la memoria, está publicado por una de esas editoriales sin departamento de promoción (Nórdica) y por lo tanto no figura en la lista de libros para regalar en las fiestas navideñas. Cuenta la historia de un niño que sufre uno de esos traumas brutales que no dejan huella en el cuerpo, pero sí en todo lo demás. Sus padres se separan, él tiene cinco años, y se queda con la madre. La relación con su padre se limitará a un encuentro anual. Su madre es maestra, el progenitor periodista. El autor es un poeta que responde al nombre de Tomas Tranströmer, cuyo primer libro de versos sobrepasó en Suecia los cien mil ejemplares de ventas en las dos primeras semanas; algo que en nuestras letras no tiene equivalente desde que se inventó la imprenta.

Soy un defensor incombustible de los premios Nobel desconocidos. Los suecos, que son gente rigurosa, se lo toman en serio, y aunque puedan errar, y les ha ocurrido en más de una ocasión, piensan un poco más allá de su horizonte, que en su caso es inmenso, y tratan de acertar sobre los escritores más importantes de la época que les ha tocado vivir. Me produce carcajadas si pienso en un grupo de ilustres académicos hispanos decidiendo a quién conceder premios universales. Un análisis de lo más cercano, que son los Príncipe de Asturias, resultaría demoledor. ¿Y se imaginan en Catalunya? En fin, evito calificarlo, en un país que acaba de descubrir el talento literario de Joan Sales –un émulo de Bernanos, como le definió Joan Fuster–. Lo peor de la época que nos ha tocado vivir es la arrogancia del converso; no leen, peroran, y descubren lo evidente. Joan Sales fue un personaje interesante, pero un escritor modesto y fanatizado, como se revela en su espeluznante correspondencia con Mercè Rodoreda, publicada en el 2008, y cuyo efecto demoledor aún no he podido superar ni olvidar.

Por eso me gustan los Nobel cuando los ignoro absolutamente, porque me permiten conocer otras culturas, otros mundos literarios a los que con toda seguridad no accedería si no fuera por la prístina gloria del “Premio de los Premios literarios”. A mí, lo confieso, que se lo concedan a Camilo José Cela o a Vargas Llosa me es indiferente. No me aporta nada. Incluso en casos tan obvios como el inmenso Juan Ramón Jiménez o el agostado don Vicente (Aleixandre), los entiendo y me alegran, más por lo que significan de símbolo, que por lo que añaden a una obra ya acabada. Pero descubrir a una poeta polaca, a un africano valiente, o a un nórdico discreto bastaría para la existencia de los Nobel. Un premio que, reconozcámoslo, jamás nosotros podríamos dar, porque nos falta el hálito, el conocimiento y hasta la deferencia. Somos pueblos viejos y zafios, de gente demasiado complaciente consigo misma.

Tomas Tranströmer inició su bachillerato sueco en 1946, que incluía latín y griego, entre otras muchas cosas. Es decir, igual que algunos de nosotros años más tarde, por más que aquello nuestro fuera una fantasmagoría para dar empleo a curas y frailes a punto de salir corriendo, casarse y convertirse en otra cosa. Siempre que leo cosas sobre el inefable director de los Institutos Cervantes del mundo entero, y anterior jefe y muñidor de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, deleznable analista de la gran Teresa de Jesús, le estoy viendo en su traje talar de magistral de la catedral de Oviedo, inquisidor principal de nuestros años mozos.

Por eso me admira este Tomas Tranströmer, con su abuelo cómplice que sólo le lleva 71 años y que resulta un referente, en su condición de “piloto náutico”, para las imaginaciones del chaval. He leído varias veces esta Visión de la memoria; no tiene mayor mérito, no sólo porque es de una brevedad fulgurante, de esas que todo lo que tenía que decir está dicho, sino porque la mirada del niño es de una emotiva plasticidad. Si no fuera porque la expresión tiene algo de conservador, renuente a la vida cotidiana, retendría esa escena del niño que, asustado ante la aventura de cruzar una avenida, cargada de tráfico, le advierte a un anciano que le intimida el ruido, y entonces, sin mayor pasmo, le coge de la mano y le ayuda a cruzar. Una escena así sería hoy susceptible de denuncia. ¡Le cogió la mano! Yo viví un mundo brutal, el Oviedo de mi infancia, pero donde había señores que te daban un caramelo, sencillamente porque los llevaban, o porque conocían a tus padres o porque les habías hecho gracia. Hubiera sido impensable que alguien les denunciara por pederastia en grado de tentativa. Los frailes que “nos metían mano”, que eran bastantes, los entendíamos como parte del “paisanaje” religioso.

En definitiva, la Suecia más contemporánea, la que exhibe con una sobriedad literaria deslumbradora Tomas Tranströmer, como un cuento infantil donde las bibliotecas públicas tenían lectores sin necesidad de promocionarlas como alternativa a la estupidez televisiva, y la escuela y la familia estaban separadas por decisión adolescente. No me estoy refiriendo a épocas de flores y violas, sino a la brutal posguerra europea del 45, cuando “el mundo era un enorme hospital”.

Este inmenso cofre de apenas 70 páginas encierra un mundo para nosotros desconocido. Tiene otro ritmo narrativo, diverso del que estamos habituados, y carece del más mínimo rubor para retratar en una frase un sentimiento doloroso e imborrable: “Yo tenía un papá, aunque lo veía solamente una vez al año”. En general, por las Navidades, pero la vida era así y por más que uno “se siente siempre más joven de lo que es”, hay esa evocación de un tiempo ido, viejo, arrumbado definitivamente.

¿La belleza incierta de las cosas antiguas? No, probablemente no. Más bien la evidencia de un mundo culturalmente más sensato, menos sobresaturados de la adrenalina canalla de los orgullos patrióticos, donde se descubrían territorios afectos a la poesía, donde la gente trataba de entender las dificultades, donde los niños no eran monstruos a los que convertir en famosos, sino que había adolescentes que sufrían en sus escuelas públicas, que pasaban por momentos difíciles por la presión cainita de sus compañeros, con familias que los cursis de ahora denominan “desestructuradas”.

Si me preguntaran si me siento identificado con la infancia de Tomas Tranströmer, yo diría que no. Que lo suyo es otra cosa, otro país, otro musgo, otro liquen. No hay en este libro, breve y nada fugaz, persona alguna que se haya propuesto joderle la vida al niño. (Hecho vital y capital de nuestra vida: siempre nos hemos encontrado con gente cuya convicción es la de joderte la vida). Algo exótico y nórdico, lo que parece una contracción en los términos. Admiro ese equilibrio, esa manera de narrar algo tan sencillo como las colecciones que se animó a hacer cuando era niño: no hay chaval que no haya tenido una etapa de coleccionista. Más importante que el pantalón corto, que las humillaciones, que el desdén, que la separación de tus padres, que los maestros felices e infelices que te encontraras en tu trayectoria. Lo que nos une en la infancia quizá haya sido nuestra ambición frustrada de coleccionistas.

Tomas Tranströmer, escritor sueco, premio Nobel de 2011, escribió este libro cuando cumplió los 60 años, con toda probabilidad después de sufrir un ictus que le dejó en silla de ruedas. Quizá porque la infancia es lo únicamente nuestro, lo que nadie nos podrá disputar nunca.

Gregorio Morán

La Vanguardia (29.12.2012)

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