El Sermón. Derecho a decidir

Querido lector:

Estas líneas están escritas –y este ejemplar de la revista ha sido impreso– antes de conocerse el resultado de las elecciones catalanas. Sea cual sea ese resultado, podemos apostar a que las formaciones que exigen el “derecho a decidir” obtendrán, conjuntamente, una amplia mayoría. Lógico y normal.

¿Quién puede estar en contra del derecho a decidir? ¡Claro que quiero disfrutar de ese derecho! Por ejemplo, me gustaría que pudiéramos decidir si queremos seguir bajo un régimen monárquico, o si nos convertimos en República. Me gustaría decidir sobre las relaciones con el Estado de Israel. Me gustaría decidir sobre la reprobación y cese de dirigentes políticos que predican una cosa en la oposición, o durante la campaña, y luego esquivan lo que habían prometido o, como sucede últimamente, hacen todo lo contrario. Me gustaría decidir un cambio radical de la ley hipotecaria…

Sin embargo, se está instalando en el subconsciente colectivo que sólo se puede decidir sobre una cosa: sobre la separación de territorios. Al parecer, para una gran parte de la clase política catalana –y probablemente vasca– esa es la única cuestión por la que merece la pena consultar a la población (y encima hay otra parte que también niega que se pueda decidir sobre eso). Pues miren ustedes, a mí me gustaría poder decidir sobre todo, o al menos sobre lo más importante.

Seamos serios, y llamemos a las cosas por su nombre. En el sentido en que se está empleando, el “derecho a decidir” se refiere realmente al “derecho a la secesión”. Una expresión que incomoda, salvo a aquellos que se declaran, radical y abiertamente, por la independencia.

Pero por el simple hecho de utilizar la expresión “derecho de secesión” en lugar del cómodo “derecho a decidir”, afloran los problemas, y estos son de envergadura. Porque surgen las preguntas. Por ejemplo, ¿quién es el sujeto de ese derecho? No es una pregunta baladí. O, ¿con qué mayorías se puede alcanzar la secesión? O, ¿cómo quedarán protegidos los derechos de las minorías en el nuevo estado? (tampoco es una pregunta baladí; piénsese en lo que está pasando ahora mismo en Letonia y en otros países independizados recientemente.) ¿Qué sucedería si en un referéndum Vizcaya y Guipúzcoa votaran la independencia y Álava no? ¿tendrían los alaveses obligatoriamente que formar parte del nuevo estado? ¿Y que pasa con la deuda pública? ¿Y qué pasa si no se da un rápido reconocimiento internacional? ¿Y…..?

Son preguntas muy relevantes, que han de tomarse en consideración por parte de las fuerzas que se pretenden democráticas y populares. La ambigüedad que tanto el PSC-PSOE como ICV-EUiA han mostrado en la campaña ha tenido un evidente propósito electoral, pero las elecciones ya han pasado, y ahora hay que afrontar el tema sin hacer trampas. No vale conformarse con decir que se aceptará lo que democráticamente vote el pueblo. ¡Faltaría más!

Los partidos que dicen representar a las capas populares deben explicar bien a las claras cuál es su posición ante la secesión. Y esa posición, hoy por hoy, es vaga y llena de contradicciones.

Los ciudadanos merecemos que se nos trate como adultos, salvo que la clase política pretenda que, al final, los tratemos a ellos como niños.

Miguel Riera

El Viejo Topo 299 – Diciembre 2012

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