Elecciones y encuestas

Los resultados de las encuestas son un reflejo de la seriedad en su la elaboración, de la profesionalidad de sus ejecutantes y de los encargos reales que reciben de quienes las promueven. Todo ello nos lleva, nos guste o no, a la seriedad del país. En la política, y en aquello que tiene trascendencia política, sucede con demasiada frecuencia que las encuestas no se realizan para conocer lo que pasará, sino que se usan como una herramienta más para condicionar lo que queremos que pase

Las pasadas elecciones autonómicas catalanas han colaborado mucho al desprestigio de las encuestas. Éstas han sido una de las víctimas colaterales. En contraste con los resultados, sus predicciones han sido bastante penosas. Esto no solo ocurre en Cataluña. En general, en España la cosa no mejora demasiado. ¿Estamos condenados a menospreciar eternamente esa herramienta y concluir que no sirven para gran cosa?

Las encuestas constituyen una de las principales herramientas de la sociología, de la psicología, de la medicina y de otras disciplinas. La sociología forma parte de las ciencias sociales. Las ciencias sociales no responden al principio de la exactitud de la física o de las matemáticas, trabajan con demasiadas variables concurrentes, ello impide que se miren en el espejo de la infalibilidad en la predicción.

Sin embargo, eso no las descalifica ni las hace inservibles. Para comprender la realidad presente y entender el desprestigio de los fallos predictivos no se debe recurrir al despectivo “las encuestas solo son encuestas”; si alguien conociera que esa descalificación se refiere a trabajos hechos con medios y métodos ortodoxos, podría responder: “¡Hombre, y te parece poco!”. Por tanto hay que ir más allá de la apariencia. Recuérdese la fiabilidad de las matemáticas del chascarrillo que explicaba la contabilidad de un ayuntamiento, cuando el alcalde afirmaba: “Diecinueve más catorce, dan cuarenta y dos, y me llevo veinte”; a lo que el secretario respondía: “Y las que sobren, pa mí”.

Los resultados de las encuestas son un reflejo de la seriedad en su la elaboración, de la profesionalidad de sus ejecutantes y de los encargos reales que reciben de quienes las promueven. Todo ello nos lleva, nos guste o no, a la seriedad del país. En la política, y en aquello que tiene trascendencia política, sucede con demasiada frecuencia que las encuestas no se realizan para conocer lo que pasará, sino que se usan como una herramienta más para condicionar lo que queremos que pase.

¿Cuántas encuestas se llevan hechas en Cataluña para conocer usos lingüísticos y porcentajes de hablantes? Seguro que infinitas no, pero a ello se tiende. ¿Cuánto dinero se dedica ello? Ni se sabe. ¿A quién benefician sus resultados, además de a las empresas que explotan el filón? A los que necesitan datos con apariencia de rigor académico para justificar insistir en su empeño de construir una realidad social distinta, porque la que es real no la pueden asumir en su discurso.

A este propósito, conviene recordar la iniciativa de José Domingo, quien propuso en el Parlamento autonómico que en la siguiente recogida de datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), para la elaboración del censo en Cataluña, se incluyeran preguntas simples para conocer la realidad lingüística de la Comunidad. Ello habría tenido la consecuencia de trabajar con datos reales de toda la población, y no los de una muestra. Además su coste habría sido muy escaso. Obviamente le tumbaron la iniciativa. ¡Cómo vamos a consentir conocer la realidad, si el objetivo es ignorarla!

Por eso, cuando las encuestas se hacen para complacer a quien las paga y para corroborar sus deseos o sus planes, ¿cómo prestigiarlas en tanto que herramientas al servicio del método científico? Una vía segura, pero muy lenta, es esperar a que el nivel del país mejore en todos los ámbitos, con la ambición de ser gente seria, pero eso, en nuestra realidad, merece un ¡largo me lo fiáis!; otra manera más rápida podría ser que algunos se pongan a trabajar con absoluta seriedad, sin necesitad de obtener rendimiento económico a corto plazo. Si lo hacen así, y aguantan el tiempo necesario, el prestigio acumulado por sus predicciones obligará a los políticos a ser más profesionales y dejará en la cuneta a los charlatanes a sueldo. Trabajar bien y esperar el fruto a medio y largo plazo; difícil elección.

Olegario Ortega es vicepresidente de Ágora Socialista

Olegario Ortega, La Voz de Barcelona, 17-12-2012

 

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