César debe morir

Cartel de la película

El articulista de opinión tiene mucho de actor fracasado. Somos como aquellos primerizos que leen su monólogo ante el espejo. Nunca sabemos si nos leen o pasan página. De ahí cierta megalomanía del gremio que tiende a prodigarse en radios, televisiones o tertulias de malquerer. Te aman o te odian en función de que los entiendas, a ellos. Los grandes columnistas siempre fueron pequeños actores fracasados. Lo fueron Indro Montanelli y Oriana Fallaci, considerados la exquisitez del gremio. Siento un desprecio absoluto por ambos, expertos manipuladores de la opinión. Este país nuestro, llámese España o Catalunya, ha producido siempre un columnismo desganado y alquilado desde antes de empezar el artículo, cuyos ejemplos más estimulantes fueron el anarquista Julio Camba, pagado por don Juan March con una chambre en el hotel Palace, y el señor Josep Pla, con mecenazgo de Cambó y las pesetas, contadas una a una, del editor Vergés. Es lo nuestro y exige un ejercicio de humildad.

Es difícil salir a escena, sin espectadores, para animarles a que hagan cosas que de otra manera no harían. Nuestra única responsabilidad, casi diría misión si no sonara a monseñor Escrivá de Balaguer, es aportar a la gente que se dedica a otras cosas y que tiene algún interés por la cultura, la inteligencia o el arte, incluso por la política, el anunciarles aquello que por deber profesional de privilegiados atentos, descubrimos y convocamos a compartir. En las innumerables “sabatinas” creo no haber repetido temática a menos que se tratara de series de artículos. Esta vez voy a incumplir la regla por una razón que juzgo de fuerza mayor. Una película excepcional me obliga a repetirme, porque me temo que esté tan poco tiempo en los cines que al final nosotros tengamos la responsabilidad de no haberla exaltado como debíamos.

Es un filme en blanco y negro. (Recuerdo un relato sorprendente, por lo que hace a nuestra cultura popular, de un amigo, profesor de enseñanza media en Granada, que me contaba la experiencia traumática que sufrió un día que les puso a sus alumnos una película en blanco y negro. No entendían nada, ni siquiera distinguían las imágenes. Eran analfabetos cinematográficos, probablemente irredimibles. Como esos señores que hartos de oír hablar de El Quijote un día agarran el primer tomo y apenas empiezan a leerlo encuentran más de veinte palabras en el párrafo de las que no tiene ni idea, lo que les obligaría a comprar un diccionario. El analfabetismo funcional es una epidemia de la llamada cultura de consumo.)

Además es una película que debe verse en versión original, subtitulada, porque de otro modo imagino que perderían más de la mitad del filme y habría que convertir las variantes y tonos dialectales italianos, en gallegos, asturianos, andaluces y catalanes. Algo parecido a convertir una obra maestra en alfalfa de Paco Martínez Soria, actor que recitaba los textos que le escribía a precio de oro el conocido pendolista y director de la Real Academia Española de la Lengua, don Fernando Lázaro Carreter, un trujimán de la cultura.

César debe morir es una de las películas más impresionantes que he visto en los últimos años, recién estrenada en nuestros cines y que me temo –ojalá me equivoque– no durará. Es obra de dos hermanos, Paolo y Vittorio Taviani, de 81 y 83 años respectivamente, otro rasgo poco seductor para la publicidad, por más que tengan en su haber filmes inolvidables. Ninguno comparable a éste. Una representación del Julio César de Shakespeare en la cárcel de alta seguridad de Rebibbia (Roma), interpretada por un grupo de criminales, la mayoría condenados a cadena perpetua por delitos relacionados con la Mafia siciliana o napolitana.

Confieso mi estupefacción. Nunca asistí a un Shakespeare más vivo. El viejo William, que tanto tenía de golfo, se hubiera sentido fascinado ante esta reconstrucción del mundo escénico, y más aún de esa obra suya llena de curvas, recovecos, discursos, personajes y sobre todo del dilema entre la ambición de poder y su enmascaramiento bajo el ropaje de la libertad. El Julio César de Shakespeare, el habilidoso creador de mentiras cargadas de verdad, se mueve históricamente en nuestra cultura entre el que hizo el emboscado radical que era Joseph Mankiewicz en 1952, con un Marlon Brando en estado de gracia representando a Marco Antonio, y este de unos asesinos de la cárcel de Rebibbia, que convierten a aquel en una pieza arqueológica.

Es una película sobre una representación teatral en una cárcel de alta seguridad –¡no se me ocurre pensar quién demonios hubiera podido hacer en España algo similar en la prisión de Soto del Real!– llevada a cabo por delincuentes de alto copete que en ocasiones no pueden evitar mezclar sus vivencias con las del texto de Shakespeare, dando a la historia una fuerza y una vitalidad que literalmente convierte la obra de hace siglos en un relato siciliano o napolitano o milanés. Porque si hay algo en el teatro es su poder físico, nada evocador y que convierte el pasado en presente inmediato. El poder, la tiranía, la traición. Escuchar a estos mafiosos referirse a Bruto, a Marco Antonio, a Casio, como “hombres de honor”, donde Shakespeare había escrito “honorables”, tiene una fuerza brutal. ¿Acaso no es, o era, lo mismo?

El eficaz montaje cinematográfico convierte el relato en una historia que nos acerca a Palermo, Catania, Nápoles… o a Barcelona, Marbella, o Langreo, una modesta localidad asturiana desde donde la mafia organizaba la distribución de tres mil toneladas, digo tres mil, no exagero, de cocaína para distribuirla por toda Europa y que dirigía un prestigioso empresario astur-colombiano, Vélez Garzón, que ahora está en la cárcel de Soto del Real y del que no ha dado cuenta nadie, salvo un modesto semanario local –Oviedo Diario–. Saldrá pronto y volverá a la vida civil, porque nosotros no somos como Italia, nuestros mafiosos son gente honrada que se equivoca y por eso no aparecen en los papeles que ellos subvencionan. Los detalles. Los grandes filmes están hechos de detalles.

Esa mano de presidiario, con cadena perpetua, que pasa la mano con morosa delectación por una butaca del teatro antes de que empiece la representación, y apenas musita, “aquí se sentará una mujer”. O el valor de una sencilla armónica, ese instrumento musical casi perdido y que, con el acordeón, fue testigo de tantas ilusiones populares. Soberbio, digno del gran Orson Welles, ese asesino –jefe de sicarios con toda probabilidad–, que convierte a Julio César en un Corleone digno y amable, por nombre Giovanni Arcuri. Y qué decir de Bruto, el malquerido por la leyenda, del que aseguran que tras la prisión de Rebibbia se gana la vida como actor, Salvatore Siriano; no podía haberse encontrado en un casting de profesionales un rostro más obvio de amigo, de jefe de parcela mafiosa, de compadre de “hombres de honor”, de entregado a la causa. Porque libertad y delito, tiranía y traición, están presentes desde que empieza este filme alucinante hasta que acaba con esas celdas que se van cerrando tras la representación. El Julio César de Shakespeare, ¡casi nada! Pero has de volver a la rutina del presidio, las llaves que te van “chapando” en tu celda y que hacen decir a uno de los criminales más importantes de la mafia, actor brillantísimo en su papel de Casio –Cosimo Rega, implacable en la vida civil–: “Ahora que descubrí la cultura, esta celda se ha convertido en una prisión”.

Los octogenarios hermanos Taviani han conseguido con César debe morir el sueño de todo creador; mezclar realidad y representación hasta hacerlas inseparables. Asistimos al arte más elaborado que dieron los tiempos, el Julio César de Shakespeare representado por la hez social que ha dejado viudas, huérfanos, destrozos sociales sin reparación posible. Y apenas percibimos que eso es teatro. El escenario está en una cárcel de alta seguridad y los actores unos criminales. Como la vida misma.

Gregorio Morán

La Vanguardia (1.12.2012)

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