El ‘Ejército de Ocupación’ de Jordi Pujol

Placa conmemorativa de la ascensión de Pujol al Pedraforca. (Foto: A. Guerrero)

La pasada semana se armó cierto revuelo –aun cuando se trataba de unas fechas propicias para el recogimiento por nuclearse sobre la festividad de Todos los Santos y el Día de Difuntos– con la difusión del vídeo de Ciudadanos (C’s) denunciando la xenofobia (o racismo) del expresidente de la Generalidad Jordi Pujol, plasmada en el libro La inmigración, problema y esperanza de Cataluña, en el que se vierten expresiones del tenor: “si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, (el andaluz) destruiría Cataluña”

La obra en cuestión es una recopilación de conferencias y artículos de Pujol publicados en 1976 por la editorial Nova Terra, que reúne tres materiales: La inmigració a Catalunya –conferencia pronunciada en Hospitalet de Llobregat el 26 de marzo de 1976-, Per una doctrina de la integració e Inmigració i integració, ambas de 1958.

Pero el pensamiento de Jordi Pujol, hombre revirado, de muchos pliegues y excesivas volutas, se ha expresado reiteradamente en opúsculos, en la actualidad poco transitados, aunque quizá ya no sea muy necesario, pues su doctrina y catecismo se han materializado en la Cataluña –y la España- que tenemos, y padecemos.

Uno de ellos es el que hoy traemos a las páginas de DIÁLOGO LIBRE gracias a la generosidad del profesor Francisco Caja, presidente de Convivencia Cívica Catalana, que nos ha facilitado el material y la traducción del artículo -fechado en 1965-, que reproducimos a continuación: El ejército de ocupación. Sobre él, sobre el libro citado de Jordi Pujol y sobre el pensamiento del gran demiurgo de la ‘construcción nacional de Cataluña’ se articula la segunda parte del libro del profesor Caja La raza catalana -de inminente aparición-, algunos de cuyos materiales avanzaremos en este diario por gentileza del autor en próximas fechas.

EL EJÉRCITO DE OCUPACIÓN <!–[if !supportFootnotes]–>[1]

              Es muy conveniente que las cosas se digan por su nombre. Que los conceptos sean claros. Que se vean las cosas tal como son, y no como el hábito y el camuflaje o el cansancio las hacen ver.

              Concretamente, es del todo necesario que 150 o 200 mil hombres que viven en Cataluña sean considerados como lo que son en realidad: como ejército de ocupación.

              En Cataluña existe un ejército de ocupación. En Cataluña hay ocupantes. Hay miles y miles de hombres que son ocupantes. Los unos lo son por mor de la función que tienen asignada. Otros por mentalidad.

              No vale la pena hablar de los primeros, de los ocupantes de oficio. No vale la pena, por ejemplo, hablar de la policía: aquí todo está claro y además representa poco. Más grave es en cambio el hecho del ocupante por mentalidad, por vocación. Esta segunda clase de hombres es mucho más numerosa y mucho más peligrosa.

              Empieza a tener aceptación una definición según la que es catalán todo hombre que vive y trabaja en Cataluña y que se siente afectivamente vinculado a ella. Catalán es por tanto, el hombre llegado de fuera, que no habla nuestra lengua, pero que va aceptando Cataluña a medida que se le hace presente, y que si bien él tal vez no podrá cambiar, ve con buenos ojos que sus hijos se adapten plenamente a la nueva tierra –a la nueva tierra que le ha representado, y es consciente de ello y lo agradece, una promoción humana real. Catalanes son el 85  o el 90 por ciento de los inmigrados, incluso algunos ocupantes de oficio. (En el fondo de más  de un guardia civil, ¿qué hay sino un hombre de pueblo que no aspira a otra cosa que a hacer de sus hijos gente socialmente adaptada?). Pero hay un 10 o un 15 por ciento de los hombres llegados de fuera con  mentalidad de dominadores, hombres para los que Cataluña es un país extraño que es preciso colonizar. Y éstos constituyen un verdadero ejército de ocupación.

              Este tipo de hombre abunda en la inmigración de nivel económico y social medio o alto. Pero, también se encuentran ejemplares entre la gente de fábrica y  oficina.

              Los hombres del ejército de ocupación actúan con seguridad. Saben que la ley es suya. Saben que en el fondo siguen siendo válidos muchos de los criterios de 1939. Saben que de hecho son los ejecutores actuales de una política vieja, de la política de siempre, de la de la disminución de Cataluña. Saben que Cataluña es realmente un país extraño y al margen, que requiere que se la vigile y se la mantenga dentro de unos límites. Y se sienten llamados a realizar esta tarea de vigilancia y de corrección. La hacen con gusto.

              Se sienten seguros, porque saben que la ley es suya. Pero también por otra cosa. Se sienten seguros, porque hace tantos años que tenemos a esta gente en casa que nos hemos llegado a  habituar a su presencia. Y muchos catalanes no tiene otra reacción frente a ellos que la de los clásicos y resignados «qué le vamos a hacer» o «esta gente es así». Pero no todo es debido al hábito. Está también que no se les ha clasificado con suficiente claridad y energía.

              Gracias a este confusionismo y a este titubeo, los hombres del ejército de ocupación se pueden presentar honorablemente como maestros, como obispos, como médicos, como escritores, como funcionarios como porteros o bedeles, como directores de banco o como ingenieros, como Redentoristas o Misioneros del Sagrado Corazón o monjas de un montón de órdenes [2] y ocultar su condición de ocupantes, su mentalidad colonial. Pero, nosotros, nos tenemos que meternos entre ceja y ceja que además de todo esto, son ocupantes, son coloniales.  Y no debemos ser tres o cuatro los que lo veamos: se ha de acuñar y hacer llegar a mucha gente la nueva expresión, la de ejército de ocupación. Se ha de crear un nuevo tipo, el del ocupante. Ha de llegar un momento en el que cuando un hombre de éstos ponga de manifiesto a través de cualquier detalle insignificante la antipatía profunda y la malevolencia que siente hacia nosotros, los catalanes hemos de pensar maquinalmente: «Es un ocupante». Tiene que llegar también el momento en el que estos hombres han de saber que Cataluña los tiene por lo que son.

              Esto es importante. Es importante porque un ocupante nunca es un hombre honorable. El término «ocupante» siempre es despreciativo. Y nos será más fácil defendernos de una monja del Sagrado Corazón o de un redentorista, o bien de un alto empleado o de una alto funcionario, o de un maestro de escuela o de un locutor de radio si pensamos que son hombres para los que Cataluña es un país vencido que es preciso vigilar y no descuidarlo más de la cuenta. Es decir, si no olvidamos que todos estos hombres ejercen el oficio poco honorable de ocupantes.

              A partir de este momento el ejército de ocupación habrá perdido la mitad de su peligrosidad.

              Enero, 1965.


[1]  En catalán en el original. La traducción es mía.

[2] Pujol cuenta con la colaboración, no obstante, del clero regular. A modo de ejemplo, compruébese como respira el párroco de una zona ocupada por la inmigración: «Como no hay neutralidad posible –porque no se deja de hablar catalán para hablar esperanto- la Iglesia, si dejase de actuar de acuerdo con el País, colaboraría con los que impiden aquella libre realización y se convertiría –queriéndolo o no- en instrumento de colonización.» J. Carreras Planas, «Notas sobre pastoral e immigraciò», en Qüestions de vida cristiana, núm. 31, Abadía de Montserrat, 1966, p. 110.

Diálogo Libre (7.11.2012)

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