El caimán jubilado (1) y La derrota del caimán (2)

Carrillo en la transición española

Aseguran que Santiago Carrillo murió mientras dormía la siesta. Tranquilamente, como lo haría un jubilado de esos que no sufren los recortes, que tienen a los hijos bien colocados, que reciben la visita de los nietos los domingos después de almorzar, que gozan de una esposa solícita y una criada de confianza que se ocupa de los menesteres domésticos. Esos jubilados que caminan despacio, temerosos siempre de un tropezón, de una caída, que es lo único que les puede llevar derechitos a la tumba. ¡Cuántos tropezones en tu vida, Santiago! La veteranía es un grado dentro del ejército de la política.

Esa apariencia de jubilado, de esos a quienes respetan los vecinos, aunque no compartan sus ideas –¿tenía ideas Santiago Carrillo?–. Siempre me ha llamado la atención el alto concepto que tiene la gente de sí misma. “¡No comparto sus ideas, caballero!”. ¿A qué se referirán? Lo único cierto es que murió mientras dormía la siesta. ¿Cuántos años llevaba durmiendo la siesta? A ojo de buen cubero me salen veinticinco. ¿Cuándo perdió la única pasión de su vida? Quizá nunca. Cuando la política le abandonó a él –que no al revés– se buscó un sucedáneo para resentidos; se hizo tertuliano. Pasión o vicio sólo tuvo uno, y no fue precisamente el tabaco. Carrillo no fumaba, sencillamente jugaba con el humo, se distraía y disimulaba. Fumar es otra cosa.

La longevidad de un político que ya no es un peligro para nadie le otorga una especie de don religioso, casi místico, un estado de placidez y reconocimiento que alcanza la beatitud y en algunos casos roza la santidad. Fíjense en el detalle de que Rodolfo Martín Villa, un aspirante a este universo celestial, ha pedido en un artículo necrológico dedicado a Carrillo, que Dios, en el que con toda seguridad cree aún menos que yo, tenga a bien recibir a Santiago Carrillo Solares en el Paraíso. Tengo mis dudas de que seamos conscientes de que nuestro mundo político y social cada vez se parece más a una película de Buñuel. Nuestros empresarios –ahora llamados emprendedores– parecen personajes extraídos de la cena de sociedad de El ángel exterminador, y nuestros políticos de aquel otro filme inacabado de sublime truculencia, Simón, el Estilita.

Llegar a los 97 años, después de una intensa vida política tiene, además del aspecto beatífico que la simpleza ciudadana concede a los viejos profesionales, algo de perverso. Nadie mejor que ellos saben valorarlo. Se trata de contemplar cómo se han ido muriendo los enemigos: una enfermedad, un accidente, una inclinación, un tropezón… Santiago Carrillo tuvo el privilegio de dedicar líneas necrológicas a todos sus adversarios y hacerlo sin especial ira aunque con esa dosis de saña y desdén que se concede a quien ha muerto. Porque la muerte prematura –y todas lo son– significa una derrota en sí misma. Basta echar una ojeada y allí están, algunos poco conocidos, otros olvidados: Vicente Uribe; Enrique Líster; el pobre Antón, engreído amante de Pasionaria; Jesús Monzón el temerario; Gabriel León Trilla; el desdeñoso Comorera. O Fernando Claudín, uno de los personajes más sórdidos y limitados del comunismo español. Otros, más recientes y conocidos, Jorge Semprún, que llegó a ministro, sí, pero que murió antes que él, y Javier Pradera, al que había hecho vomitar en la primera reunión política de aquel estilo Carrillo, inconfundible, que te hacía echar las tripas o colgarlas del perchero.

Nunca tuvo preocupación intelectual alguna, porque la política es absorbente y exige exclusividad. Quizá sólo el cine. Su preferencia estaba en las películas de Louis de Funès, el cómico francés por excelencia de las clases medias. No era lector, ni siquiera de best sellers. Si lo hacía, se trataba de una obligación, ya se sabe, informes y comunicados. Con eso basta para hacerte una cultura. Si era menester redactar un texto largo, lo dictaba. Pequeños detalles, lo importante es que consiguió que se le fueran muriendo todos. Sólo consiguió engañarle Gerardín Iglesias, y quizá fuera porque ya le faltaban los reflejos y no pudo evitar el maleficio: nunca le des una oportunidad a un asturiano.

Ganó a Pilar Bravo, a Enrique Curiel, y a tantos y tantos que fue enterrando con un epitafio benévolo, en su estilo de caimán ya jubilado. Cuando solicitó su ingreso en el PSOE cuentan que Alfonso Guerra, que fue el recibidor, lo acogió con una sonrisa pero le salió el escenógrafo frustrado que lleva dentro y lo planteó en una ejecutiva socialista, más o menos de esta guisa: “El viejo Carrillo y el joven Verstrynge piden el ingreso en nuestro PSOE”. ¡Genial! Todo lo nuestro aún está por escribir, insisto. El hombre que había conseguido convertir al Partido Comunista de España, y por tanto al PSUC, en el agente más vivo de la lucha contra la dictadura –¡qué elocuente sería que la presidenta del catalanista Òmniun Cultural, Muriel Casals, aportara su testimonio como militante de aquel PSUC que prestigiaba la lucha de clases frente al nacionalismo!– solicitaba el ingreso en el PSOE al mismo tiempo que el delfín de Manuel Fraga Iribarne, en la universidad y en Alianza Popular. Carrillo y Verstrynge, dos generaciones, quizá también dos mundos, apuntándose al socialismo en su punto de decadencia. Toda una metáfora. Ahí empezó la jubilación del caimán.

Empezó a escribir sus memorias. Como no las tengo a mano y me da mucha pereza recurrir a ellas, por inútiles, vamos a dejarlas a un lado. Llegó a escribir media docena. Cada una diferente. Un matiz aquí, otro allá. Cuestiones del dictado. Aún recuerdo aquellos elogios de los principales intelectuales del país haciéndose mieles de su Eurocomunismo y Estado, un libro ayuno de todo, incluso de sentido; como una tertulia pero solo y de corrido. Estábamos en la gran época, porque en el caimán hay tres épocas bien definidas, ladel caimán armado y derrotado, la del caimán jubilado y la que explica ambas, la formación del caimán.

Se había equivocado. Él había nacido para dirigir un partido de chavales con ambición y sin experiencia, algo así como el PSOE en vísperas de Suresnes, pero resultaba que había creado un partido  clandestino con un fuerte tinte estalinista que le venía de nacimiento, por más que entonces se dijera que se trataba de la herencia leninista. Los que habían conocido o sabían de Lenin, o habían muerto o los habían matado. Lo había hecho todo en la vida para ser un fiel militante del comunismo estaliniano y ahora resultaba que aquello amenazaba quiebra, y sobre todo carecía de cualquier futuro en el ámbito español. Merece la pena relatarlo, prometo hacer un resumen de algo que ya dejé escrito en tropecientas páginas que necesitan cierta actualización.

Ahora sólo vale un acercamiento, el esbozo de un hombre que empezó su vida política en una historia terrible, que es la España que va de la revolución del 34 y el final de la guerra civil, del joven socialista que se pasa a los que tienen futuro, según cree, que son los comunistas, que rechaza la manifiesta mediocridad de su padre, Wenceslao, un modesto sindicalista al que un intelectual como Julián Besteiro manipula a su gusto. No hace falta ser Freud para detectar ahí la distancia que siempre marcará con sus “intelectuales” particulares, de Claudín y Semprún a los dos Manolos, Sacristán y Azcárate. Aún recuerdo el aluvión de  admiradores cuando volvió con el bisoñé. Paco Umbral se derretía, Raulito del Pozo buscaba metáforas, las viejas plumas del Movimiento y los sindicatos, salvo excepciones reaccionarias que tenían la cabeza en el sumidero de Paracuellos, se inclinaban ante el hombre que susurraba a los caballos.

Hay que explicar la historia del caimán armado, de cómo aquel dirigente de las Juventudes Socialistas Unificadas al que descubrió Palmiro Togliatti, el líder italiano que aseguraban veía crecer la hierba, acabó convertido en un icono para el que pide una peana en el cielo Rodolfo Martín Villa.

Gregorio Morán

La Vanguardia (22.09.2012)

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LA DERROTA DEL CAIMÁN (2)

¡Atención, un respeto! El caimán es un animal político ante el que uno debe detenerse, reflexionar y escribir. No es un cualquiera. A mí esos artículos filisteos sobre el amor, la amistad, los hijos, la ternura, me producen flato. Con orgullo y una punta de vanidad, uno escribe para gente madura que está al tanto de que las pasiones no son pasos de Semana Santa.

Santiago Carrillo fue mucho y el que diga lo contrario miente o lo ignora. Buena parte de esos señores, hoy talludos, que se jactan de su soberanismo, bebieron de él hasta la beatería. Hace años escribí que el día que Carrillo recibió a la plana mayor de Bandera Roja –una de las nutrientes políticas del periodismo desvergonzado que estamos viviendo en Catalunya–, Jordi Borja recogió el cigarrillo que ofreció Santiago y lo guardó como recuerdo. Es una anécdota, pero tratándose del país donde Eugenio d’Ors marcó la diferencia entre anécdota y categoría, merece la pena detenerse. Borja no fuma, o al menos no fumaba. Pero esa tradición religiosa que empalma con el carlismo, la fe, la tradición, el magisterio de los sabios que supuestamente han leído las escrituras –Marx, Engels, Lenin, también el estrangulador de París y el sucedáneo de Marta Harnecker– ejercía su capacidad de seducción. Después de muchos años y cuando la veteranía es un grado, puedo decirlo con la misma convicción que Bertrand Russell enunciaba sus apotegmas. “Detrás de todo antiguo Bandera Roja latía un trepa”. Y la política se hizo para gente con ambición de futuro. La militancia del PCE constituía un personal más vulgar, clase de tropa con aspiraciones de chusquero. Aunque hubiera excepciones.

A Santiago le fascinaban los tipos que se expresaban de corrido, los que eran capaces de explicar una táctica o la contraria. Ramón Tamames, por ejemplo. Al fin y al cabo se consideraba un táctico consumado, con capacidad para sacarle partido a lo imposible. Los rusos se refieren a los hombres que son capaces de cortar un cabello en dos. Él no analizaba una situación sino que la hacía suya y acababas creyendo que era como él decía, que en eso consiste uno de los encantos de los políticos, el de convertirte a una idea que apenas si tiene visos de realidad. Fue un magnífico mistificador, un respeto. No creía en nada, empezando por lo que él decía, pero tenía esa magistral capacidad para hacerte cómplice de un proyecto del que tenía muy serias dudas de que pudiera funcionar. Nada de lo que dijo nunca se lo creyó. ¡Eso es talento! Media historia de la literatura y el arte está basada en esta entelequia.

Santiago tenía un olfato excepcional. Mientras otros veían la hierba crecer, él detectaba la ambición del competidor. Había nacido a la política siendo adolescente y esa categoría te convierte en un escéptico opaco, clandestino incluso para los más íntimos, que no tuvo. Los más cercanos, Fernando Claudín en un tiempo, con el que compartió vivencias, incluso dos novias, hermanas y argentinas, o Teodulfo Lagunero, un perillán, listo y pendenciero. Los barrió el tiempo; duraron lo que dura una necesidad.

Pero había un estigma, eso que es tan importante en sociedades católicas como la nuestra. La guerra civil. Reconozco que no entiendo muy bien el reciente artículo sobre Paracuellos firmado por cuatro historiadores, entre los que se encuentran dos amigos míos a los que estimo de veras, Paul Preston y David Viñas, que tratan de exonerar a los españoles de las matanzas de Paracuellos, echándoselas a los soviéticos. Me sorprende, de todas formas, que no hayan tenido en cuenta que detrás de las matanzas de Paracuellos hay también un conflicto de fondo entre jóvenes socialistas y comunistas, unificados en la JSU. Y aquí nos encontramos con la figura de Segundo Serrano Poncela, escritor notabilísimo, al que Carrillo durante años echó toda la responsabilidad de Paracuellos, y que hubo de morir en Venezuela, como un perro, lo digo yo, porque trató de volver a España en la transición y el ministro, a la sazón Rodolfo Martín Villa, ¿les suena?, le negó la entrada. Ahí está el estigma.

La obsesión de Santiago Carrillo por convertirse en un político normal, sin pasado de guerra civil, alcanzaría grados patológicos. Con Gil Robles, el viejo mandarín, el del 34, intenta maravillas. No le manda flores porque no era lo suyo, pero llega hasta enviarle al máximo responsable clandestino del Partido Comunista de España en el interior para que le advierta que los falangistas le preparan un atentado, y allí va, fielmente, Jorge Semprún, Federico Sánchez, Pajarito para los íntimos, ¡un Maura! al despacho de la calle Velázquez a advertir al viejo caimán que el PCE le protege. Una escena que retrata a ese Carrillo tratando de superar el estigma, nada que ver con la Reconciliación Nacional, tan sólo un recordatorio. Quiero ser tu aliado.

Es difícil en un artículo saltarse tantas líneas de la historia, pero resultó que había construido un partido como no hubo igual en la historia de España, lo digo por convicción y sin orgullo. El PCE-PSUC no tiene parangón bajo una dictadura fascista. Pero, entendámonos, la política no es como el diseño, es una ambición de poder. Había construido un partido hegemónico en una situación en la que no tenía ninguna posibilidad de triunfar. La muerte de Franco le conmocionó, como a todos los que estaban en la pomada, pero no como a esos graciosos acojonados que aseguran ahora haber descorchado botellas de champán, sino porque el peso de la muerte del Caudillo condicionaba el futuro de tal modo que hacía imposible la confrontación. O esperaba el momento oportuno o se lanzaba a la aventura. Se lanzó. Como explicó en una reunión memorable de la dirección del PCE, no había tiempo. O ahora, o le pillaría jubilado. ¡Quién le iba a decir que llegaría a los 97 años y haciendo de tertuliano con su adversario en el Ministerio de la Gobernación!

Entre el otoño de 1976 y la primavera del 77, Carrillo pasa a ser el rey del mambo. Lo he explicado por extenso en un libro y no lo digo por publicidad, porque lleva descatalogado una década como mínimo. Hasta su resentido compadre de tantos años, Fernando Claudín, va a Canosa y le rinde pleitesía en la casa de Vallecas. Me lo contó él mismo, no exagero nada. El intermediario de EE.UU. en España, genial personaje por otra parte, Mario Armero, prepara la entrevista con el presidente Suárez. ¿Pero qué ocurre? Algo ligado al destino y al pasado.

Carrillo representa el pasado y su partido ambiciona el futuro. Debe escoger y en ese dilema, un político de oficio, un caimán, no duda nunca. “Lo que sea mejor para los dos, empezando por mí”. Las elecciones del 77 sitúan a los comunistas por detrás de los socialistas. Nunca entendí la decepción militante. El PSOE era la rosa, no se olvide, gente joven, sin pasado alguno que no fueran las miserias del tiempo, como la inmensa mayoría. El PCE se presentaba como un partido viejo, Dolores Ibarruri, el patético Alberti, Ignacio Gallego, Carrillo, el inefable Wenceslao Roces, que saldría corriendo al borde del infarto… Parecía una pasarela de la derrota de 1939, en un momento en el que contaba con el elenco, valga la expresión de cabaret, de lo más joven y audaz de la sociedad española. Pero barrer el pasado era también barrerle a él. Lo destrozó todo; hizo la más torpe campaña electoral que nadie se podía imaginar. El cambio entre un partido en la clandestinidad, que él dominaba, y uno en la legalidad le había roto el esquema. Lo de menos era la aceptación de banderas, monarquías y signos del pasado –¡mucho más que eso aceptó Togliatti en 1944!–, pero él era un táctico de Gijón.

Cuando Fraga Iribarne le presentó en un club madrileño de postín en octubre de 1977 dijo una frase; casi un epitafio cuando te la recita un enemigo: “Aquí presento a Santiago Carrillo, un comunista de mucho cuidado”. Hubo risas.

La transición que él ambicionaba capitanear le colocaba de grumete con gorra y galones. Sus derrotas alimentaron el elogio de sus adversarios.

Gregorio Morán

La Vanguardia (29.09.2012)

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