Catalunya, en la encrucijada

Milicias anarquistas en Barcelona. 1936

¿Los riesgos de una ruptura parecen a las clases medias catalanas más atractivos que el penoso presente?

España ha vivido los 30 años más fértiles, confortables y democráticos de su triste historia. Pero el fracaso de su capitalismo popular, basado en la especulación inmobiliaria, ha sacado a relucir los límites y vicios del sistema. Centrémonos, por falta de espacio, en el apartado autonómico. El sistema no es federal, pero funciona como si lo fuera, al tener las autonomías responsabilidad en la gestión de servicios esenciales como sanidad, protección y enseñanza. Los gobiernos autónomos no pueden ahora sufragar estos servicios y es perfectamente lógico que algunos de ellos respondan con un argumento federal: el flujo de dinero recaudado en Catalunya sirve para pagar en otras comunidades servicios que no se pueden atender en la propia Catalunya. Lo mismo sucede en Valencia y Baleares; también en Madrid, que tiene, sin embargo, la formidable compensación de su capitalidad.

En Alemania resuelven estos problemas en el Bundesrat: racionalmente, con datos y cifras. Hablan con naturalidad de lo que unos pagan y otros reciben. Pero en la España de tradición hidalga hablar de dinero es vergonzoso. Por consiguiente, la retórica (y la confusión sobre los datos) envuelve una situación que es injusta de raíz. Más aún. Según diagnostican los expertos, no es sólo el sistema de bienestar catalán el que sufre, también el futuro económico de Catalunya. Por dos razones de antiguo recorrido: por la política de infraestructuras, ideológica y antieconómica (en lugar de favorecer el desarrollo lo frena); y por la escasa visión industrial de las élites que, con PP o PSOE, acceden al gobierno de España. Atada de pies y manos, Catalunya, la comunidad más exportadora, ¿debe aceptar sin rechistar un sistema que la condena a la decadencia económica? ¿Ser buen español consiste en eso?

Responde a estas preguntas la propuesta de pacto fiscal, que Artur Mas defiende con el práctico apoyo de todos los partidos catalanes, incluido el PP de Alicia Sánchez-Camacho, que no subscribe el proyecto pero incorpora la idea de la inviabilidad del actual sistema (forma parte del humo de la política que la propia Sánchez-Camacho sostenga que el gasto televisivo y de representación es parte del problema: sabe que no estamos hablando de anécdotas sino de magnitudes).

Aunque la afición de cierta prensa de Madrid es caricaturizar a los catalanes con aquellos vicios que antes se atribuían a los judíos, el consenso es muy alto en Catalunya sobre el tema económico. Hasta el punto que se habla de un nuevo nacionalismo, superador de la matriz romántica. Un nacionalismo del bolsillo, que la izquierda (González, Chacón) describe como populista, y la derecha como disgregador. El previsible fracaso del pacto fiscal da alas a una corriente independentista que crece como la espuma desde que la sentencia del TC se cargó la posibilidad de una visión asimétrica de la Constitución. La del Estatut fue una aventura destinada al fracaso. Los errores catalanes son obvios en este punto. Pero también es obvio que sin la revisión ideológica de la Constitución que Aznar impulsó en su segundo mandato, cabalgando a lomos de la razón moral contra ETA, la reacción catalana no se hubiera producido. La aventura del Estatut fracasó doblemente: evidenció que el anticatalanismo visceral rinde mucho en España. Ha quedado claro que los españoles desean diluir lo que para muchos catalanes es vital. Pero el ganador del proceso estatutario no es la conllevancia orteguiana, sino el cansancio y el aborrecimiento mutuo. La franca antipatía. La cultura inclusiva española está herida de muerte. Víctima colateral del Estatut es el PSC, antaño rótula indispensable, pero incapaz ahora de ofrecer una alternativa.

El independentismo -decía- crece como la espuma. La manifestación de mañana retratará su fuerza. Muchos estarán en la calle convencidos de que la independencia está al caer. También lo cree algún militar. Y numerosos articulistas de la prensa de Madrid. El más lúcido y analítico de ellos ha llegado a abogar por la salida serbia: “Divide, rompe a una sociedad para imperar en ella”.

¿Se está moviendo la historia en Catalunya? ¿Los riesgos y la incertidumbre de una ruptura con España parecen a las clases medias catalanas más atractivos que el penoso y antipático presente? Algunos factores coadyuvan a interpretar el momento como histórico: España está de nuevo sumida en sus complejos de inferioridad y la crisis económica tardará más de una década en encauzarse.

¿Quedan restos de pegamento? Nadie, ni en Madrid ni en Barcelona, puede sustraerse al reto de este nuevo y convulso escenario. Mientras el PSC y la izquierda en general están atrapados en su propio laberinto, incapaces de influir en el proceso, una gran masa anónima catalana no participa del ambiente rupturista. Una enorme bolsa interna catalana, formada en su mayoría por castellanohablantes (entre los que abundan los parados y los que han abandonado los estudios), parece tener su propio código de señales: entusiasmo por la roja, cultura Telecinco, fricciones con la nueva inmigración. ¿Cómo se comportará este segmento de la sociedad catalana que no participa de los valores y emociones catalanistas? ¿Quién lo articulará políticamente? Mañana la corriente rupturista mostrará su musculatura. Pero siempre que ha sucedido algo así en la historia (octubre de 1934) acaba apareciendo una corriente imprevista, espontánea. En 1936 no hubo explosión catalanista, sino anarquista.

Antoni Puigverd

La Vanguardia (10.09.2012)

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