El 15-M abre el código

Víctor SampedroLa cultura digital

Las instituciones enterraron el movimiento del 15-M en su primer aniversario diciendo: “Se radicaliza y se desinfla”. La primera afirmación es cierta, aunque en ella se confunden los cambios estructurales con el extremismo e incluso con la violencia. La segunda, sin embargo, es mentira.

El 15-M lideró las movilizaciones de Occupy London y Occupy Wall Street, como reconocieron sus miembros en una reciente entrevista con Julian Assange en el canal de noticias ruso RT. Y esta no es sólo una opinión que hayan expresado los hackers. En el Christian Science Monitor podía leerse el pasado 16 de mayo: “Los indignados españoles: el Occupy originario resurge con fuerza”. Los apoyos que recibieron no disminuyeron en un año. Así, alcanzaron casi el 70%, frente al 16% obtenido por sus homólogos en Estados Unidos. Lo cual convierte al 15-M en un movimiento de consenso. Su capacidad de movilización es correlativa: sólo se ve superada por la Iglesia y por el fútbol. Eso sí, con desórdenes y costes al erario público muy inferiores.

Las cibermultitudes anticipan la democracia del siglo XXI. Van a las raíces. Es decir, son radicales: ejercen de contrapoder. Es la ciudadanía vigilante que está marcando el suelo bajo el cual una democracia se hunde. Y porque va despacio, con largo aliento, el 15-M ensancha los umbrales de emancipación. La ciudadanía digital se autoconvoca y exige ser considerada como un actor político de pleno derecho, a la altura de sus enormes competencias comunicativas.

Fue una cibermultitud la que denunció las mentiras sobre el atentado de Atocha el 13-M del 2004 antes de ir a votar en las elecciones generales.

Apenas dos años después, en el 2006, avisó de que la burbuja negaba el derecho a la vivienda. En el 2011 impugnó el tablero electoral al considerar idénticos en política socioeconómica a los partidos mayoritarios. Al año siguiente, los jóvenes defensores de una red neutral se engarzaron con los movimientos sociales. Se radicalizaron. Echaron raíces en un tejido vecinal que andaba moribundo.

Cada una de estas movilizaciones sirve para renovar una cultura política muy maltrecha. Alza nuestra mirada y señala la baja estatura de quienes nos pretenden gobernar.

Las cibermultitudes son el germen de una democracia de código abierto: transparente, horizontal, descentralizada… en manos de sus usuarios. Quienes emplean el código libre de la democracia se piensan interventores de gobiernos con datos abiertos y desarrolladores de una política volcada en la utilidad pública y el provecho común. Ni dependientes del Estado, ni consumidores de los mercados.

Víctor Sampedro, Director del máster de Comunicación y Cultura Digitales

La Vanguardia (23.08.2012)

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