¿Por qué el PSC es nacionalista?

¿Por qué el PSC es nacionalista?

 

El PSC es nacionalista por dos razones: una, porque para el nacionalismo es vital -repito, vital- amarrar al socialismo a la causa patriótica, y dos, porque al PSC no le importa, no le desagrada serlo

 

Tengo la convicción de que hacia los años 90 se destinó a gente nacionalista a militar en el PSC, para amarrarlo bien a la causa

 

El nacionalismo político catalán nació hace aproximadamente 120 años: en 1892 se acuerdan las Bases de Manresa, una especie de pre-estatuto. 1898 fue un annus horribilis para España, la antigua potencia imperial. El Estado estaba en bancarrota, era una empresa totalmente insolvente y en crisis profunda de identidad. Las dos regiones más ricas, Cataluña y el País Vasco, cada una a su modo, inician movimientos de separación, como una secuela de las independencias de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Para salvarse del naufragio general hay que cortar amarras con el resto del estado español. Cataluña y el País Vasco no son las regiones con mejores títulos para separarse: nunca habían sido reinos aparte, geográficamente están unidos al resto de España, y económicamente todavía más. Objetivamente, Canarias, Baleares, Navarra, Aragón o Granada habrían tenido mejores motivos histórico-geográficos para dejar España. Pero Cataluña y el País Vasco son las regiones que han capitalizado el crecimiento económico del último siglo, en buena parte gracias al mercado cautivo de España. En la red ferroviaria está simbolizada la prosperidad del País Vasco y Cataluña a la vez. La burguesía de Bilbao se encargó de cubrir de caminos de hierro todo el mapa de España. Y lo hizo con vías más anchas que el resto de Europa, para evitar que las manufacturas de fuera pudieran invadir el mercado español, que ya estaba ocupado por los catalanes. El mantenimiento de los aranceles españoles fue la coartada que propició el despegue económico de Cataluña. O sea que las dos «naciones» ricas deben su riqueza en parte al Estado Español, más que a una mítica laboriosidad, perspicacia o intrepidez de vascos y catalanes.

 

¿Por qué Cataluña y el País Vasco empezaron a soñar con irse, si les había ido tan bien dentro de España? Precisamente porque les había ido bien con España, irse es una manera de capitalizar la ventaja respecto a las demás regiones. El que gana en la ruleta siempre tiene la tentación de recoger ganancias y largarse. Esa es la razón ‘lombarda’, la que se exhibe hoy como más poderosa para la independencia: España nos roba. O sea que damos más de lo que recibimos a cambio. Estamos dando vida, con nuestros impuestos, al Estado que nos está sangrando. Lo mismito que los de la Padania, que pretenden soltar amarras con la Italia pobre y soñolienta del sur.

 

El nacionalismo aprovechó la inercia de la Renaixença, movimiento romántico, literario y sentimental muy parecido al renacimiento provenzal. Cataluña redescubre su pasado glorioso, su hermosa lengua, sus clásicos. Ese empuje estaba destinado a disiparse, como sucedió en Provenza e incluso en Valencia, pero el nacionalismo político le dio un marco en que concretarse y prosperar. A partir del Noucentisme (el equivalente catalán de la generación del 98), la Renaixença se vuelve catalanismo político, oferta electoral -la Lliga-, obra de gobierno, diccionario normativo y bibliotecas.

 

Pero ese movimiento tenía una gran limitación: sólo sedujo a la mesocracia. Al catalanismo no se le sumaron ni la aristocracia, muy relacionada a nivel familiar con la del resto de España, ni el proletariado. El proletariado rural aún tenía que despertar de su letargo histórico. Y el proletariado industrial prestó más oídos a las ideas liberadoras del anarquismo y el socialismo, ambos de carácter universalista. Para ellos, separarse del proletariado español suponía caer en manos del cacique o la patronal. Para acabarlo de liar, el republicanismo de Lerroux actuó de perro guardián de los obreros industriales para evitar que se sumaran al catalanismo, calificándolo de estrategia de dominación burguesa.

 

Ésta era la situación de Cataluña hace un siglo: empate triple entre los partidos de la Restauración, la Lliga Regionalista y los movimientos obreros.

 

El nacionalismo catalán de principios del siglo XX pasó su reválida electoral el año 1907, cuando se presentó como una fuerza unitaria, la Solidaritat Catalana, y se hizo con el poder en las diputaciones. Fue un golpe de efecto que descubrió un horizonte inmenso de posibilidades de actuación. El nacionalismo va a tocar cuixa, tocó muslo, en frase expresiva de los políticos. De momento, las cuatro diputaciones se pusieron en sintonía y al alimón crearon la Mancomunitat, que prefiguraba lo que luego sería la Generalitat. Al mismo tiempo se organizaba un tejido social tupido y sólido: diarios, grupos de opinión, fiestas, mitos culturales, estudios universitarios, peñas excursionistas, clubs de deportes y corales. Todo lo que, aparentemente ingenuo, casual y preexistente, en realidad es resultado de una voluntad deliberada de construcción de una nación. Todo eso se sembró en el primer tercio del siglo XX y, en cierta manera, con todas las correcciones que ha introducido el paso del tiempo, aún nutre la imagen de Cataluña.

 

Pero el nacionalismo no pudo seducir al proletariado industrial, totalmente identificado con el anarcosindicalismo universalista, revolucionario y utópico. El nacionalismo era visto más bien como una fuerza de orden, y quedaba retratado como tal en los frecuentes levantamientos populares, como la Semana Trágica y demás. Los obreros lo tenían claro: detrás del inflamado amor a a la patria, a todas las patrias, había un designio de la burguesía de tener obreros dóciles, disciplinados y cofois, felices. Desde el propio catalanismo se vio la necesidad de seducir a las capas populares, las del campo y las de las ciudades. Ahí empezó a fraguarse un catalanismo populista que robó al lerrouxismo el radicalismo y el republicanismo: fue la Esquerra Republicana, que en los años treinta eclipsó a la vieja Lliga. Esta Esquerra no le hacía ascos a la lucha callejera, ni a un cierto socialismo verboso, parecido al de Mussolini y Hitler. Si en Alemania se producía el coche del pueblo, el Volkswagen, aquí Macià soñaba que cada catalán tendría su casa con jardín, «la caseta i l’hortet». Todo un modelo de sociedad integrada y armónica.

 

El 14 de abril del 31 fue la apoteosis del republicanismo: Macià proclamaba la República Catalana, recogiendo el mandato de las urnas, y añadiendo «como parte de la Federación Ibérica». Luego vino la negociación del Estatuto y la Generalitat: gobierno de una región autónoma dentro de la República. ERC saboreaba las mieles de la hegemonía social: todo el poder para Esquerra. Pero, como se encargaron de demostrar los hechos, eso era un espejismo. Primero en el bienio conservador (1934-36) la Generalitat fue borrada de un plumazo, por culpa de la declaración estéril y atolondrada de independencia por parte de Companys. Y luego en la sublevación militar del 36, en que el poder fue a parar directamente al proletariado, que derrotó al ejército sublevado. La hegemonía la tenían ahora organizaciones no nacionalistas: CNT-FAI y UGT. Esquerra pasó a ser marginal en el nuevo escenario. El nacionalismo catalán, o bien se quedó en casa a verlas venir, o se sumó tímidamente a la revolución, pero sólo como comparsa. De nuevo el nacionalismo se preguntaba, atónito: ¿de dónde salía tanta gente, las masas, charnegos la mayor parte, y se hacían limpiamente con el poder, ese poder que al nacionalismo tanto le había costado conseguir? Había que hacer algo…

 

El 19 de julio de 1936, en Cataluña, el proletariado se hizo con el poder efectivo, porque fue capaz de detener el golpe militar. En Cataluña, el poder nominal continuó siendo de la Generalitat y de la República, pero en realidad mandaban los comités y las milicias populares. Se decretó la abolición de la propiedad privada y de la explotación del hombre por el hombre. De repente las masas se sintieron protagonistas de su destino. La utopía soñada estaba por fin al alcance de la mano: el pueblo unido fraternalmente, sin jerarquía social, ni curas ni amos. Se colectivizaron las fábricas y la tierra, se cerraron las iglesias y conventos, muchos de ellos convertidos en antorchas que alumbraban el camino hacia la libertad.

 

¿Y quiénes eran esas masas? Básicamente, los obreros industriales de Barcelona, el proletariado procedente de la inmigración que nutrió el crecimiento barcelonés desde la Expo de 1888 y los murcianos que construyeron el metro y la Expo de 1929. A la revolución del 36 se le sumaron todas las izquierdas oficiales, incluida la Generalitat, que dio cobertura legal a las colectivizaciones y, con ciertas vacilaciones, Esquerra Republicana. (Al parecer, igual que hizo el PNV en el País Vasco, ERC negoció con Alemania e Italia -sin éxito, claro- sumarse al fascismo a cambio de la independencia).

 

La ‘cuestión catalana’ quedó en orsay, entre dos discursos mayores: la defensa de las libertades frente al fascismo, y la defensa de los trabajadores frente al capitalismo. Toda la solidaridad internacional que suscitó la guerra, concretada en las brigadas internacionales, tuvo estos dos motivos: antifascismo o socialismo. Nadie vino por salvar a Cataluña de las fauces de España. Los catalanistas, desbordados por los acontecimientos, no se sumaron claramente al bando rebelde, pues tenía un discurso de un anticatalanismo zafio (lo inteligente hubiera sido ganarse a los catalanistas, que estaban en venta, como parecía opinar el falangista Ridruejo). No se sumaron, pero con la boca pequeña celebraron la entrada de las tropas franquistas Diagonal abajo, y acudieron a las misas en la Plaza de Cataluña. Pensaban que era mejor el orden, aunque injusto, que los desmanes de los milicianos. Además, había más que una familiaridad entre el discurso catalanista y el imperialfascismo español, representado en la militancia falangista de Eugenio d’Ors, el Xènius que teorizara a principios de siglo la superioridad de la nación catalana y su deber de imponerse sobre las razas inferiores.

 

Pronto se dieron cuenta de su error: el régimen de Franco persiguió con la misma saña a los rojos y a los separatistas, todos en el mismo saco. Sería interesante consultar la lista de exiliados y la de fusilados en la primera posguerra, y computar su adscripción política. Mi hipótesis es que el exilio fue, sobre todo, ‘rojo’. O sea anarquista y socialista: en cambio, entre los fusilados hubo muchos nacionalistas, que no se exiliaron porque confiaban que el Régimen no los confundiría con los pistoleros comunistas y libertarios. Quizá algún historiador nos lo aclare…

 

Pasado el Gran Trauma, lentamente, y al socaire de la situación internacional -derrota del fascismo, partidos socialdemócratas, europeísmo-, hacia los años 50 se produce una escisión moral dentro de ‘los vencedores’, un sentimiento de culpa por «qué hemos hecho», como si de repente despertaran de un sueño amargo. Ese cambio es patente en la Iglesia. Frente a la iglesia oficial, la del Congreso Eucarístico, entregada de hoz y coz a los jerarcas del Movimiento, surge una iglesia arrepentida, que abomina de su participación en la Guerra Civil a favor de ‘los poderosos’, que reniega de la represión y simpatiza con los ‘perdedores’: los movimientos obreros y los nacionalismos. Por esa vía de agua se va a hundir, con el tiempo, el transatlántico del régimen franquista. No se puede entender el actual PSC sin tener en cuenta los seminarios y los colegios de curas de los años sesenta.

 

Cataluña fue el único lugar del mundo en el que se puso en práctica la Acracia, la revolución anarquista, el año 1936. Pero el balance no pudo ser más pobre: fuera del entusiasmo inicial, la economía cayó, la guerra se perdió y los crímenes de los comités y las milicias populares acabaron de corromper la teoría de la fraternidad universal. El comunismo libertario se consumió en las mismas hogueras que encendía: iglesias, fábricas, instituciones, dinero, mercado. Tanto esfuerzo, tantas esperanzas de tantos años y de tanta gente, al final ardió como un montón de paja, dejando tras de sí el sabor ácido del humo, de la nada. Y de paso, quemó también el crédito que podía tener -y de hecho tenía- la República, como poder legítimo. Franco tuvo en los incendiarios anarquistas a sus mejores colaboradores para deslegitimar la causa del Estado de Derecho.

 

Las paradojas suelen ser crueles, y ésta no lo es poco: la revolución anarcosindicalista era internacionalista, en principio, pero tal como se llevó a cabo en Cataluña el año 36 impidió de facto la ayuda internacional, la solidaridad de las democracias de Occidente. Lo que debía presentarse como la defensa del poder legal frente a una sublevación cuartelera, pasó a ser, a los ojos de los estados democráticos, una guerra civil entre dos facciones locales y equiparables. Lo cual les llevó a la postura de la no-beligerancia: fatal para la República. Podemos recriminar amargamente a las democracias occidentales que no supieran ver -o no quisieran ver- que la Guerra Civil española era el primer acto de la Segunda Guerra Mundial, que las implicaba a todas ellas, que la no-beligerancia era la táctica del avestruz. Pero la verdad es que los líderes revolucionarios no supieron estar a la altura de las circunstancias. En la pasión por liquidar el poder burgués, liquidaron también su propio futuro. Y el de todos.

 

El franquismo sin duda ha sido -y no digo fue, porque sus efectos todavía persisten- la etapa más siniestra de la historia de España. No sólo por la cruel represión, los doscientos mil fusilados, los quinientos mil exiliados, los infinitos años de cárcel de todos los presos políticos, la tortura y la miseria. Que no es poco, pero no es todo. Franco, además de un asesino dotado de una insensibilidad patológica para la muerte (la muerte de los demás: en su larga agonía se lamentaba de lo duro que resultaba morirse uno mismo) era una nulidad como político, como ideólogo, como orador, como economista, o simplemente como hombre culto. Su única escuela fue el tabor de regulares y el tercio de la legión, en la guerra de África. El único argumento en el que creía de verdad era la fuerza, la fuerza del sargento sobre la tropa acongojada. La España de Franco fue un inmenso cuartel africano de silencios comprados a base de miedo, en un festival de desfiles, vítores y fe en el mando. El miedo se extendió entre el pueblo como un aceite venenoso. Nos acostumbró al disimulo, o peor -síndrome de Estocolmo, le llaman- a encubrir el miedo con adhesiones aparentemente sinceras: si la gente vitoreaba a Franco, se decía que era por el cariño del pueblo al Caudillo, y no por el simple, crudo y elemental miedo leporino. Y encima, la cultura del Régimen era de una ramplonería insultante. En fin, pura corrupción moral, cochambre absoluta.

 

Estos dos hechos, el vacío posrevolucionario y la huella profunda del franquismo, fueron determinantes en el resurgir del nacionalismo en los años sesenta. Pero contó con una reformulación inteligente por parte de Jordi Pujol, que lo hizo de nuevo viable, y a la larga, como estamos viendo, triunfante.

 

El PSC ha resultado ser nacionalista, o catalanista, que es lo mismo. Pero lo es como resultado de una serie de casualidades, por carambola. Era muy improbable que lo fuera, porque el nacionalismo casa muy mal con el socialismo. La estabilidad actual del PSC, con una C doble que la S, es engañosa, fruto de un azar más bien improbable. A la menor sacudida histórica, seguramente el PSC dejará de ser nacionalista. Es una convicción mía, que me gustaría ver cumplida, por supuesto. Pero mi olfato me dice que pronto va a haber cambios. ETA está en las últimas. Y el nacionalismo, al que tememos tanto, y que parece tan seguro de sí mismo, se va a desinflar como un suflé, como un azucarillo. Quedará como una manía que tuvimos en nuestra adolescencia democrática, un sarampión. Y tendrá un prestigio similar al que tuvo el cantonalismo de Viva Cartagena. Al tiempo.

 

El PSC es nacionalista por dos razones: una, porque para el nacionalismo es vital -repito, vital- amarrar al socialismo a la causa patriótica, y dos, porque al PSC no le importa, no le desagrada serlo. Para unos es necesario, para los otros no hay inconveniente. Sumando el amor apasionado por un lado y el dejarse querer por el otro, el resultado era predecible: matrimonio, aunque fuera de conveniencias. Un PSC catalanista, formando piña con el bando ‘nacional’, y asumiendo como el que más los símbolos, los himnos y la identidad, es decir, la raza, o su equivalente, la lengua. A cambio, la sociedad catalana premia a los socialistas reciclados, los incluye en sus agendas como gente maja, e incluso hacen trapicheos juntos: véase Alavedra y Prenafeta compadreando con el Luigi y el Bartu…

 

1.- Para el nacionalismo es vital que el socialismo se sume a la causa nacional. El catalanismo debía ser el ‘pal de paller’, marcar el campo de juego. Todos los partidos debían asumir unos postulados nacionales mínimos, y el PSC -sobre todo el PSC- no debía quedar fuera. Primero se sembró el campo ideológico en plan maniqueo, buenos y malos: los catalanistas y los anticatalanes. La gente de izquierdas anticatalana eran lerrouxistas, algo malísimo, va de retro. El PSC debía huir del lerrouxismo como de la tiña, y para ello debía ser catalanista: catalanista de izquierdas, of course. Hubo un momento, cuando el caso Banca Catalana, en que Pujol tensó la cuerda hasta el máximo, y le salió bien. La bronca contra los socialistas ‘renegats’, ‘botiflers’, fue tremenda, y cayó toda entera sobre Raimon Obiols, zarandeado y escupido como un eccehomo. De allí salió el propósito de no dar ni el más mínimo rastro de sospecha de anticatalanismo. El PSC juró de hinojos «a Dios pongo por testigo que nunca más seré mal catalán». Como la Scarlett O’Hara de ‘Lo que el viento se llevó’. Yo tengo más que sospechas de que el PSC fue cooptado desde fuera para dar un perfil catalanista aceptable, ‘com cal’, incluso infiltrando gente dentro del partido. Tengo la convicción de que hacia los años 90 se destinó a gente nacionalista a militar en el PSC, para amarrarlo bien a la causa. Yo me relacionaba con gente del entorno de Ómnium, obsesivamente nacionalistas, y de repente los veías que se habían caído del caballo y se habían vuelto socialistas de piedra picada. Quizá alguien algún día documente esa ‘operación rescate’ del PSC.

 

2.- Y al socialismo, ser catalanista no le desagrada. El franquismo con su estúpida persecución del catalán había lavado la causa nacionalista de las adherencias que la hacían odiosa al proletariado. El catalanismo quedó como una causa blanca, intrínsecamente buena, inobjetable. Además había habido una corriente, minoritaria en el socialismo, más o menos catalanista: Campalans, Nin. También debió contribuir la mala conciencia por la revolución libertaria, que había malogrado la ocasión que le brindó la guerra, contribuyendo incluso a la derrota. Y la Iglesia, que explica tantas y tantas cosas de este país, vehiculó la frustración por las crueldades del franquismo. Y lo hizo como una expiación, asumiendo las causas de los perdedores: el marxismo y el nacionalismo juntos y a la vez. En los seminarios y los colegios de curas devorábamos literatura sobre Argelia, Vietnam y Cuba. Y soñábamos con la Yugoslavia autogestionaria: era nuestro modelo para España, para cuando Franco cayese. Espero que, tras no heredar el socialismo autogestionario, no hayamos heredado tampoco el nacionalismo de serbios y croatas, de infausta y sangrienta memoria.

 

Fuente: La Voz Libre

 

Jesús Royo Arpón es profesor de Instituto de Secundaria y ex militante del Partido Socialista de Cataluña. La mayor parte de su vida docente ha sido catedrático de Lengua Catalana. De familia castellanohablante, entendía que el acceso de los trabajadores ‘charnegos’ al catalán era la condición de su acceso al poder (tesis de “Una llengua és un mercat», 1990). Posteriormente, quizá demasiado tarde, comprendió que, al contrario, el énfasis sobre la lengua en Cataluña corresponde a una estrategia de exclusión social: el catalán es, al cabo, una marca territorial, como los puntos de orina de los lobos, que delimitan la legitimidad, y equivalen a cualquier otra marca como la raza, la religión o la pureza de sangre: ‘Si no hablas catalán no eres nadie, cállate (tesis de “Arguments per al bilingüisme», 2000)’. Él considera que «hoy en Cataluña opinar así equivale al ostrascismo, a la muerte cívica». Por eso no es extraño que fuera expedientado y expulsado del PSC, su ex partido.

 

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