La globalización iconoclasta

Viñeta

Tras haber amenazado a cualquiera que osara representar al profeta Mahoma, los grupos de furiosos se dedican a reventar exposiciones de pintura simplemente porque se burlan de los fanáticos… hay que creer que se toman ellos mismos por Dios o por su profeta. ¿No es la peor de las blasfemias?

Un montón de piedras sin alma ni forma. Eso es todo lo que queda de la puerta de una de las mezquitas centenarias de Tombuctú, violada y destruida por la locura de grupos autodenominados “defensores del islam”. Su furia iconoclasta recuerda a la que desfiguró a los budas de Bamiyan. Pero ahora ha superado nuevos límites. En Afganistán, los fanáticos tomaban como objetivo los símbolos de otras religiones. En Mali, la escalada llega hasta el punto de destrozar la entrada de una mezquita a golpes de pico, simplemente porque contiene símbolos provenientes de la tradición artesana ancestral, y no sólo islámica, de Tombuctú. Ayer, se trataba de destruir mausoleos musulmanes a golpes de “Allah Akbar” (“Alá es grande”) porque albergaban el culto de santos.

¿Dónde se parará esta locura?

Nunca ha tenido el menor sentido, y ahora ya no tiene ni límites ni fronteras. La “globalización de la yihad” y su odio a la cultura pretenden abiertamente “uniformizar el islam” por la destrucción, al hacer desaparecer toda sutileza cultural y por supuesto espiritual, es decir todo matiz en el seno del mundo islámico. La guerra declarada a los occidentales y a las otras religiones no es más que un pretexto, sangrante, para ocultar la guerra que se libra en realidad, y en primer lugar, contra los musulmanes laicos y ateos, pero también contra musulmanes creyentes, practicantes de otro islam.

Basta observar la suerte reservada desde hace décadas a los Zikri, a los Hazara o a los Hamadi en Pakistán: todos practican, cada uno a su manera, un islam pío y devoto, pero que no es el islam político dominante, y lo pagan caro: setecientos Hazara masacrados, lugares de culto destruidos, leyes contra la blasfemia que sirven para meterlos en la cárcel. Su libertad religiosa es violada, pero es contra la laicidad a la francesa, por supuesto, que la delegación de Pakistán protesta desde hace años… una laicidad que sin embargo protege, mejor que cualquier otro sistema, el equilibrio entre mayorías y minorías religiosas. No es la menor de las victorias en una época rebosante de conflictos políticos que pisotean a las minorías confesionales y sus culturas en todos los rincones del planeta, bajo pretexto de defender la identidad o la religión dominante.

Incluso en Túnez, la furia iconoclasta nos recuerda que cada día nos adentramos un poco más en la oscuridad. En una exposición de pintura en La Marsa, uno de los lienzos más figurativos, que desencadenó violentos disturbios, mostraba a un salafista furibundo, con el humo saliéndose de las orejas. Así, tras haber amenazado a cualquiera que osara representar al profeta Mahoma, los grupos de furiosos se dedican a reventar exposiciones de pintura simplemente porque se burlan de los fanáticos… hay que creer que se toman ellos mismos por Dios o por su profeta. ¿No es la peor de las blasfemias?

Ya es hora de poner punto y final a esta locura aniquiladora y uniformizante. De proteger los valores universales que son la libertad de expresión, la libertad de conciencia y la libertad religiosa. De salvar estos tesoros culturales -también universales- que los yihadistas quieren hacer desaparecer de nuestra memoria y de nuestra historia común.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde el pasado 6 de julio. Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

La voz de Barcelona (10.07.2012)

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