Los efectos de la corrupción

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España baja hasta el lugar 31 en el ranking anual de la honestidad de los países

Stop corrupciónTransparency International es una organización independiente que desde hace quince años publica el Índice de Percepción de la Corrupción. En su última clasificación ha situado a España en el lugar 31, con una calificación de 6,2 sobre 10, habiendo descendido ocho puestos en los últimos siete años, cuando se la puntuaba con un 7,1. La lista la encabeza Nueva Zelanda (9,5), seguida de Dinamarca (9,4), Finlandia (9,4), Suecia (9,3) y Singapur (9,2). En los últimos lugares de este ranking de la honestidad figuran Corea de Norte y Somalia, que comparten el puesto 182, con una ridícula calificación de un punto. Países como Argentina y México, que obtienen un 3 de nota, comparten el puesto número 100. Venezuela se sitúa en el 172 (1,9).

La verdad es que abrir un diario español es como sumergirse en un catálogo de corrupciones, inmoralidades o malas prácticas. Esta misma semana hemos conocido más novedades del caso Gürtel, del caso Urdangarin, del caso de los Eres. Hemos sabido igualmente que el Parlament creaba una comisión de investigación sobre diversos escándalos en la sanidad catalana de los últimos años. Hemos leído que la Audiencia Nacional imputaba a toda la cúpula de Bankia por cuatro posibles delitos, mientras la fiscalía de Barcelona abría una investigación sobre las retribuciones percibidas por altos cargos de CatalunyaCaixa. Partidos políticos, instituciones del Estado, entidades financieras están bajo sospecha. Se diría que en los años de bonanza la lupa con la que se miraban las operaciones públicas y privadas era de menos aumentos que en la actualidad, con la gente pasándolo mal y dispuesta a no perdonar ni una a quienes han dejado en poco tiempo de encabezar las páginas de política y economía para encumbrarse en la sección de sucesos y tribunales. Uno de los personajes más amorales de la historia fue el francés Joseph Fouché, sobre quien Stefan Zweig escribió una magnífica biografía titulada El genio tenebroso, donde explicaba que llegó a declarar que «todo hombre tiene un precio y lo que hace falta saber es cuál.» En los últimos años, demasiados servidores públicos han llevado la etiqueta con su precio en la chaqueta.

La corrupción tiene efectos devastadores para la política, reduce la confianza en los gobernantes y desmoraliza a la sociedad. La propia democracia se resiente de estas prácticas, los países pierden credibilidad y los inversores se alejan. Una de las pocas cosas positivas de esta crisis es que no resulta el mejor momento para que los facinerosos se vayan de rositas. La ciudadanía está alerta y exige responsabilidades. Y, sin duda, eso es una buena noticia para empezar a regenerar el sistema. Joan Baez declaró en una ocasión: «Si no peleas para acabar con la corrupción y la podredumbre, acabarás formando parte de ella.» La gente lo ha entendido, sin necesidad de que Baez se lo dijera con música.

Màrius Carol

La Vanguardia (8.07.2012)

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