Eurolaberinto

Pesetas

Mientras se preparan medidas de integración económica y política, la sociedad no espera y los mercados acechan

¿No tiene usted una impresión surrealista al acostarse cada noche consultando cómo va la prima de riesgo de la deuda pública española? Porque de eso depende nuestra pertenencia al euro y qué hacer con sus ahorros. El índice mide el diferencial con la confianza de los mercados de capitales cuando prestan a Alemania. Lo cual determina hasta qué punto España puede endeudarse en ese mercado y el interés que tiene que pagar. Con los tipos de interés en los niveles actuales, el endeudamiento se hace imposible como forma de financiamiento público a medio plazo. Y como la recaudación fiscal baja por la recesión y el déficit público es insostenible, los estados central y autonómico corren riesgo de insolvencia. De ahí sobrevendría el colapso del euro. Si un Estado no puede pagar servicios esenciales, no tiene otro remedio que imprimir moneda. En pesetas, porque no puede emitir euros. (Por cierto, me cuenta una pajarita fiable que están listas en el Banco de España las planchas de impresión de pesetas).

Si España saliera del euro, seguida a buen seguro por Italia, se acaba el euro. Krugman tiene razón: ese es el gran argumento de España. Se puede subsidiar o sacrificar a Grecia, pero no a España, y por tanto alguna solución tiene que hallar el Eurogrupo para estabilizar la moneda. Técnicamente no es difícil. En lo inmediato, recapitalizar directamente a los bancos que lo requieran asumiendo ellos la deuda, garantizada por el MEDE y no por los estados para no incrementar el riesgo de la deuda soberana. Comprar deuda pública española y de otros países con intereses por debajo del mercado por medio del BCE o del MEDE. Y emitir eurobonos ( deuda pública conjunta de la eurozona) cuando haga falta recurrir a los mercados para financiarse. Todo con una provisión suficiente de los diversos fondos de estabilización financiera e inversión europeos para disuadir maniobras especulativas masivas contra el euro. Medidas que serían seguidas a medio plazo por una unión fiscal y bancaria de la eurozona. Y, a más largo plazo, por una integración política avanzada en la que definitivamente los estados ceden gran parte de su soberanía a unas instituciones necesariamente dominadas por Alemania y Francia, con los demás pudiendo ejercer simplemente un derecho de bloqueo conjunto cuando les aprieten demasiado.

Ahora bien, este esquema técnico se encuentra con enormes obstáculos políticos porque, en realidad, es también una estrategia política claramente instrumentada por Merkel para crear una Europa integrada bajo hegemonía alemana. El primer obstáculo se plantea dentro de la propia Alemania, porque los ciudadanos no quieren sufragar los gastos de estos meridionales vagos y aprovechones que intentan vivir a costa del esfuerzo germánico. Los recientes sondeos sobre la percepción recíproca entre griegos y alemanes son escalofriantes. No puede haber solidaridad sin identidad mínimamente compartida. Y lo que domina es la xenofobia por ambas partes. La oposición de izquierda y derecha en Alemania y la amenaza de recursos en el Constitucional contra el tratado de unión fiscal que propone Merkel motivan su intransigencia a la hora de exigir austeridad y sacrificio de los países subsidiados como condición para abrir las espitas del BCE. Pero el dogmatismo de la austeridad empezó a erosionarse en la cumbre del 29 de junio ante la negativa de Monti, respaldado por Rajoy, a aceptar sus condiciones y el apoyo de la Francia socialista a la rebelión del sur. Con Obama y el FMI empujando por detrás a Merkel porque si explota la crisis financiera en Europa, se juega la reelección. Y así, por primera vez, se abre la posibilidad de una cobertura financiera de la eurozona a los bancos y estados en peligro. Por eso los mercados han respondido en positivo, pero con prudencia, aunque una prima cercana al índice 500 y un interés a 10 años por encima del 6% es una situación que hace poco tiempo se hubiese juzgado crítica.

Pero el quid de la cuestión es que la estabilización financiera, aún frágil, no resuelve la crisis económica. De hecho, la agrava pues retira gasto público que es el único inmediatamente disponible para reactivar la economía. Se habla de 120.000 millones de inversión pilotada por los distintos fondos europeos para complementar la austeridad con crecimiento. Esa ha sido la baza electoral de François Hollande que intenta reequilibrar la UE planteándose como alternativa a Merkel con el apoyo del sur. Pero no hay plazos determinados, ni canales precisos, ni objetivos claros ni reparto establecido para dicha inversión que es más una cifra para crear imagen que un plan inmediato. Sólo las exportaciones tiran de economías deprimidas pero como la mayoría son dentro de la eurozona están reduciéndose. Una estrategia ambiciosa, pero que ningún gobierno se plantea, sería una devaluación conjunta del euro para dar un salto inmediato de competitividad. Estamos en una transición de políticas económicas nacionales a una política europea y, por tanto, no hay instrumentos adecuados para esta última.

Y mientras se renegocia todo y se activan nuevos y viejos mecanismos, y mientras se preparan medidas de integración económica y política, la sociedad no espera, los mercados acechan y los juegos de poder se acentúan. Porque la desconfianza en el sistema financiero es total, tras los fallos de supervisión y regulación en todos los países, incluyendo Inglaterra, donde Barclays y el Banco de Inglaterra se acusan mutuamente de la destructiva manipulación de los índices. Y España en donde la presunta estafa de Bankia está por aclarar. El paro juvenil aquí está por encima del 50% y el general en el 24%. Los emprendedores y exportadores no reciben crédito. Mientras los políticos siguen emperrados en sus juegos de poder a espaldas de la sociedad. El Reino Unido se replantea Europa. El otrora poderoso Sarkozy puede acabar en la cárcel. La sesgada elección de Grecia se contesta en la calle. Y sólo el turismo estacional mantiene una economía española anémica a la que amenazan con rematar con nuevos recortes.

Manuel Castells

La Vanguardia (7.07.2012)

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