Las leyendas se oxidan (y III)

De los Ríos, Pablo Iglesias y Besteiro, en Celorio (Asturias), en 1921 

No conozco ningún hecho histórico o historia nacional que no admita contarse de dos maneras. Para niños crédulos o para adultos sin prejuicios. La gente, en general, prefiere siempre la primera versión. En Asturias la hegemonía conservadora, que algún sarcástico podría situar ya en tiempos de Don Pelayo, sufrió un serio quebranto durante la transición. De pronto la izquierda dominaba, o lo parecía. Es verdad que la cúpula socialista asturiana poco tenía que ver con el pasado, procedía en buen parte, primero, de la extrema izquierda radical y católica, luego de la élite militante del PCE, masacrada y humillada por ese viejo jovial que ahora encandila a la derecha y que dejó al comunismo asturiano convertido en un enfermo terminal y crónico. Me estoy refiriendo a Santiago Carrillo, de Gijón.

La supuesta hegemonía de la izquierda asturiana durante la transición fue un espejismo al que se podría aplicar aquella reflexión de la marquesa de Llanzol a su hija Carmen Díez de Rivera, al día siguiente de la victoria socialista, en octubre de 1982. “A mí no me dan ningún miedo estos chicos, porque si lo miras bien, la mayoría han estudiado en los mismos colegios que tus hermanos”. En el caso asturiano eso podía atribuirse a los centros de poder de Oviedo y Gijón, cuyas diferencias formaban parte del paisaje más que del paisanaje.

La conversión de las cuencas mineras en un gueto de subvención socialista generó tales consecuencias que hablar de ellas hoy constituye una provocación que a más de un periodista local le ha costado disgustos y amenazas. Las prejubilaciones mineras suculentas rompieron la clase obrera asturiana y la convirtieron en rentista con hijos golfos. El tráfico y consumo de droga a un nivel tan elevado como para ocupar el primer lugar del ranking hispano es inseparable de esa corrupción legalizada. Nápoles no tiene nada que enseñar a las cuencas mineras, y ciertos barrios periféricos de las grandes ciudades, menos. ¡Pero qué dice este cabrón! La corrupción de la sociedad trabajadora con la sonrisa cómplice del Partido Popular.

Digamos que la distribución de los mercados políticos asturianos estaba perfectamente definida. Oviedo para mí, Gijón para ti, Avilés a repartir; villas y pueblos en equilibrado baile. Una especie de “danza prima”, que responde perfectamente a los movimientos políticos; un paso adelante, dos atrás, un paso adelante, dos hacia atrás, pero siempre moviéndose conforme a las agujas del reloj. ¡Qué sabia es la naturaleza popular en la adaptación al medio! Se creó un especimen político perfectamente adaptado a ese medio. El político de abono natural, o lo que es lo mismo en asturiano, el político-cucho. Un abono, eso es el cucho; deposición de vaca, mezclada con hierba y hojarasca, hacen del cucho algo típicamente autóctono. Un abono tradicional, casi identitario.

La invención del político-cucho arraigó. Es verdad que tiene el problema del olor; ese característico olor a cucho que a los foráneos les parece excesivo aunque no osen manifestarlo. ¡Pero, y sus ventajas! El político-cucho abona la vida ciudadana, se encarga de que las asociaciones, los museos –no hay lugar de España donde haya tantos museos de las cosas más indescriptibles–, los vecinos, los ayuntamientos, en fin todo lo que hoy se denominada asociacionismo pueda subsistir. Un político-cucho huele pero te consiente una buena cosecha en subvenciones. Y lo que es válido para una comunidad de vecinos, o una asociación de antiguos resistentes que montan viajes a Benidorm, también lo es para un medio de comunicación, un periódico, una radio, un programa de la tele, un artista.

La transición fue creando una auténtica escuela astur de políticos-cucho. Por encima de las ideologías, ¡qué sarcasmo! Servían para el PSOE, para el PCE, para el PP, para todo. Sin un político-cucho no tenías futuro. El modelo que alcanzaba el paradigma era un antiguo maestro de escuela, que había coqueteado con la extrema izquierda y que descubriría en el PSOE su auténtica casa. Antonio Trevín, al que los amigos malvados, que en Asturias siempre están con la manía de poner apodos, reconvirtieron su apellido en “Trepín”, que doy en suponer viene de trepar.

Antonio Trevín

Hoy es senador del Reino, pero el tiempo lo fermentó hasta convertirle en el paradigma, porque a él se debe el abono más importante de la sociedad astur, marginada y muy guapa, muy guapa, pero inclinada a la berza que es flatulenta y a los quesos que huelen. Proveedor de veraneos. Los comentaristas posmodernos no tienen ni idea de lo importante que es para la política el lugar donde se vacaciona. Porque durante ese mes, cortito y ansiado, se relaja el poder y se personaliza la política. Adolfo Suárez fue un maestro en la utilización de las vacaciones veraniegas. Antonio Trevín devino en abono del socialismo local entre Ribadesella y Colombres; en la costa oriental asturiana se fue asentando una colonia digna de una aristocracia política. De Elías Díaz y Peces Barba, hasta llegar a Rubalcaba y Lissavetzky.

Era un mundo repartido entre socialistas veraniegos –hay una foto legendaria del estío astur, con Fernando de los Ríos y Julián Besteiro, años veinte– y peperos incombustibles, que combinaban los negocios dudosos con las yeguadas de alazanes. ¿Por qué a los líderes recién ascendidos les fascinan las cuadras de caballos? ¡Qué ofensa para animal tan elegante!

Somos gente poco ejercitada en la reflexión. Por ejemplo, no nos preguntamos cómo llegó Zapatero a presidente; cómo llegó, en detalle, no las grandes líneas. Tampoco lo hicimos con Rajoy, y menos aún qué pasó con Álvarez-Cascos. Un tipo perdido en un mundo en traslación decide que la salida es instalarse en Asturias. El ejemplo lo tenía en su maestro, Manuel Fraga y su fuga-retirada en Galicia. Lo peor de Cascos consiste quizá en que tuvo un profesor poco dúctil. La impronta Fraga no creo que haya sido buena para Cascos, otra cosa es que le haya sido útil. Los retos de Fraga fueron en ocasiones como una evocación de la destemplanza de Cascos. Ese es el dedo que apunta a la luna, pero no analizamos la luna, porque la luna es Rajoy.

La apuesta de Cascos por Asturias fue de una audacia temeraria. Sin cálculo fraguista, a puro huevo y financiación asegurada. Manuel Fraga jamás hacía nada sin darle muchas vueltas; fíjense bien en la diferencia entre lo que decidía y lo que hacía. Cascos es otra generación, apegada a ese pasado poco feliz, pero su apuesta por Asturias dejó literalmente perplejos a amigos y enemigos. Discúlpeseme la ofensa patriótica, Asturias no sólo no es Galicia sino que no tiene nada que ver. Asturias es más tierra de cucho y pretensiones.

Perdió porque no ganó lo suficiente. No evaluó los límites que marca un territorio minado, al que ni siquiera su arrogancia podía desatar lo que el pasado había ido fraguando. Lo he dicho ya en otra ocasión, jamás hubiera votado a Cascos; menos aún a ese compañero de antiguas fatigas, Álvarez Areces, “Tini, el sucio”. Respecto a la izquierda de “la montera picona”, me quedan tan lejos como Pinón y Telva. A determinadas edades el voto es como una confesión de laicos. No tiene la más mínima trascendencia, ni para nosotros ni para la sociedad, porque pertenece al ámbito de lo íntimo. Peleamos durante años porque el derecho a votar fuera un signo de civilización.

En el fondo, en la abstención, no hay más que esa frustración de quienes creyeron que la democracia, la urna, la libertad, hacía mejores a las personas. Asturias demuestra que, como Nápoles, se forman sociedades orgullosas de su astucia, pero con la diferencia de que Nápoles es capaz de parir desde un Vico a un Saviano. La comparación resulta terrible, por humillante. Los “boroños ilustrados”, otra especie autóctona de mi tierra, aseguran que eso pasa en todas partes. Un artificio, en forma de argumento, que debemos a la hegemonía conservadora. Que nadie se queje, es lo que hay.

Gregorio Morán

La Vanguardia (7.07.2012)

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