Las leyendas se oxidan (II)

Viñeta

Así son las leyendas, se oxidan y hay que describirlas con su moho y su herrumbre de época

Stop corrupciónResulta extraño escribir sobre Asturias en un periódico que desde hace meses ya no se puede comprar en los quioscos asturianos, pero quizá sea esta una de las singularidades del periodismo en el que nos adentramos: dirigirnos a gente que cada vez está más distante de nosotros. Recuerdo que tras una serie anterior dedicada a Asturias, un letrado asturiano, votante socialista, me manifestó que tenía la sensación de que eran la consecuencia de quien había pedido algo y no se lo habían concedido.

Si hay algo que envenena las relaciones entre la prensa y el poder es la complicidad. En cierta ocasión, hace ya varios años, como criticara yo no sé qué tontería político-teórica en la que se había metido Felip Puig –hoy conseller de Interior–, llamó a un amigo común para preguntarle “qué me había hecho para que dijera aquellas cosas de él”. No el “qué” había hecho, que con eso bastaría, sino qué “me” había hecho. Nada, absolutamente nada, al menos hasta hoy. Nada tampoco me pudieron negar las autoridades asturianas porque nada pedí, pero basta esa concepción para ir entendiendo las cosas.

A raíz de las investigaciones en torno al caso Marea, un asunto de corrupción que llevó a la cárcel a varios altos cargos de la administración socialista asturiana –la prensa estatal apenas dio noticia de ello–, la policía descubrió 323 empresas de funcionarios que facturaban para la Administración. Tratándose de una población de un millón de habitantes, la media no está nada mal. La concepción es muy simple, si tú trabajas para la Administración pública y has de contratar tal o cual servicio, para qué demonios has de dar de ganar a nadie de fuera, si todo se puede quedar en casa. Montas una empresa con tu señora, un cuñado, un sobrino o tu propia hija, que te harán unos precios de ensueño y así conseguirás ser doblemente patriota; ganas como funcionario y como suministrador de la administración.

Entre nuestras ingenuidades históricas estaba la creencia en la democracia como elemento formador de ciudadanos respetuosos con el dinero público y con la ética del gobernante. Quizá lo sea en determinadas condiciones históricas que no son precisamente las nuestras. Asturias ha privilegiado la corrupción desde que se constituyó en autonomía; no quiero decir que el poder autonómico fuera corrupto en general, sino que aquel que usaba de procedimientos más irregulares en beneficio propio, ése mismo, resultaba bendecido por las urnas. Hay muchos ejemplos por España entera, pero un par de ellos en Asturias alcanzan la categoría de excelsos.

La alcaldía de Oviedo y su antiguo alcalde, el popular Gabino de Lorenzo, cuyos desaguisados urbanísticos sumados al incremento de su fortuna personal deberían haberle llevado al ostracismo, cuando no a sitio peor. Hoy es delegado del Gobierno, la representación del Estado en Asturias. Llanes, dominada por lo más corrupto del PSOE asturiano, hasta el punto de ser invalidados y con reiteración sus planes urbanísticos, que se pasaron por el arco del triunfo alcaldesa y concejales, acaban de ser recompensados con un alto cargo, Administración Local, en el nuevo gobierno constituido por el socialista Fernández.

Las leyendas asturianas pesan como siglos de pereza y tópicos. Se podría hacer un catálogo de leyendas oxidadas por el tiempo y el abandono. La primera sería la potencia de la izquierda astur, temible desde principios del siglo XX. Falso, la hegemonía derechista en Asturias fue siempre prácticamente omnímoda antes de Jovellanos, con Jovellanos y después de Jovellanos. Pobre Jovito, hicieron de él un liberal avant la lettre cuando apenas se trataba de un conservador inteligente, moderado hasta el sonrojo, ese rubor que afirmaba sentir cada vez que se sentaba a la mesa con el rijoso Godoy y su amante.

Podríamos seguir con los grandes intelectuales locales. Pérez de Ayala, que dejó la pluma por la botella apenas cumplidos los 44 años, un caso patológico aún por estudiar, como tantos. Fernando Vela, el gran traductor del inglés que sólo conocía la lengua escrita, para pasmo de los británicos, un masón emboscado, con el miedo en el cuerpo siempre, al que Ortega y Gasset descubrió por su fidelidad más que por su talento, que lo tenía, porque don José quería fieles y listos, por eso sentía un desprecio infinito por Julián Marías, que era muy fiel e inclinado a la tontuna. ¡Otro político de leyenda, Melquiades Álvarez! Oxidada, sí, pero no lo suficiente. Hombres tan complicados como Azaña y Ortega, nunca coincidieron en nada salvo en don Melquiades. Fue la gran esperanza política española, asturiano de Gijón, piquito de oro, abogado, por supuesto. Se hizo un perillán trepador y oportunista, le falló el talento; en Asturias somos muy dados en suponerle gran talento a cualquiera listo que sobresalga de la tribu, llámese Juanin Cueto, el cosmólogo de la comunicación, o Natalio Grueso, el trilero del Niemeyer.

Estábamos con don Melquiades Álvarez, le mataron los rojos, por cabrón, decían. Si le llega a pillar Fernández Ladreda, la derecha hirsuta de Oviedo, CEDA insurrecta dispuesta a matar infieles hasta dejar el cuartel de Santa Clara lleno de sangre y vilipendio. Si los franquistas de Oviedo llegan a echarle el guante antes de que le mataran los republicanos de Madrid, no queda de Melquiadines, el enano de Gijón, ni la punta de su lengua. Así son las leyendas, se oxidan y hay que describirlas con su moho y su herrumbre de época. ¿Qué decir de los filósofos, pensadores locales más allá de su tiempo? Don Pedro Caravia, el granjero filósofo y ágrafo.

Valentín Andrés Álvarez, autor de un libro importante; ¡dos hubieran sido un esfuerzo excesivo! Marchó a París. ¿A la Sorbona? ¡Chaval, no seas gilipollas! Fue a aprender a bailar el tango, el primero que lo consiguió en Asturias. Los espectáculos de música sentida, entonces, exigían damas de compañía, y en Oviedo no hubo señoras de tronío salvo la querida de Lángara, el futbolista vasco que conmocionó el Oviedo santurrón y acojonado de los cuarenta. Nieves “la de Lángara”, inolvidable en su ingenuidad cascada, con un cuerpo letal que se exhibía con desparpajo por la ciudad sumisa. ¡Nieves, la de Lángara, es un tema que daría para Elegías del Duino y del Nora, pero los chicos posmodernos traducen a Trakl al bable, nada que ver con lo cafres que fuimos!

Nunca la izquierda fue hegemónica en Asturias, ni siquiera cuando aspiraba a tomar el poder por las bravas. La experiencia de octubre del 34 fue demoledora. Seamos claros, los bárbaros trataron de tomar Oviedo, la ciudad de las señoras –las putas de postín estaban en Gijón, que mira al mar– y las derechas esperaron su ocasión para ocupar su sitio. Los bárbaros en Asturias es una especie interclasista, orgullosa de serlo, desde el “noveno”, guaje, desde el “siglo IX”.

Lo de menos es que Franco se casara con una ovetense de la calle Uría, las Polo, una familia de brujas sin más dinero que el imprescindible para alquilar la escoba. Oviedo fue importante en el franquismo, no por nada especial, sino como escaparate. Lo que exhibía era lo que había pero no se podía comprar, sólo tenían un ejemplar. Me fascina la Asturias franquista; me ocurre también con Catalunya. Esos esfuerzos por difuminar cuarenta años de historia, casi tres generaciones, que diría Ortega. La pasión por borrar el pasado escribiéndolo de nuevo.

Baste decir que la izquierda, que supuestamente capitaliza la transición asturiana, la componen un Masip, un Pedro de Silva y Jovellanos, ay, traído por los pelos, y una señora Felgueroso y Rato, entre otros, que pasaban de una victoria de padres y abuelos a otra de hijos y nietos. Yo me fui de Oviedo con un alcalde fascista que se llamaba Masip y volví a la ciudad con un alcalde socialista que también se apellidaba Masip, su hijo. ¡Lampedusa, no sabes lo que te has perdido! ¿Acaso el timbal de macarrones siciliano no es comparable a la fabada?

Gregorio Morán

La Vanguardia (30.06.2012)

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