Las leyendas se oxidan (I)

Alfonso Guerra y Fernández Villa

“Mi bisabuelo se sublevó en el 34, mi abuelo en el 36, mi padre en el 62, y yo ahora, cincuenta años más tarde”

Si los dioses caducan, cómo no iban a oxidarse las leyendas. Si es verdad que Asturias, “en algunas ocasiones” –como dice la canción– traspasó la realidad y alcanzó el mito, se ha ido al carajo de esa manera entre faltona y zafia con la que acaban los sueños cuando se posan en los más tontos del lugar. No es que haya más o menos idiotas que en cualquier otra autonomía, la diferencia está en el lugar que ocupan y en la conciencia que tienen de sí mismos. Ya sé que la parroquia se tiene en muy alta estima, como no podía ser menos en lugar tan dado a la grandeza de aldeano rico, vulgo “indiano”; esa mezcla inocua, tan poco explosiva como un petardo, que da el “grandonismo” junto a la simpleza del paleto. ¡Desde el siglo IX, paisano, el “Noveno”!

Lo novedoso no es que Asturias se haya ido al carajo, sino la cantidad de años que va yéndose, con esa modorra de siesta de fabada y arroz con leche. Ahora contempla, sin demasiada expectación, su última batalla; después de eso, nada. La minería, fuente y sustento de su historia moderna tenía fecha de caducidad. El año 2018 sería declarada parte del pasado y borrada del presente; era un acuerdo de todas las partes, la asturiana, la española y la europea. Pero hete aquí que llegó eso que muchos denominan “crisis”, palabra de origen griego, para mayor recochineo, y algunos “estafa”, que es palabro procedente del hampa italiana. Donde habían dicho digo escribieron Diego, y redujeron el 62% de la subvención, unos 200 millones. España entera, de Cádiz a Girona, está en contra de subvencionar lo que sea, pero siempre que no sea lo suyo, que para eso es imprescindible y siempre se hizo.

No se pueden romper los contratos impunemente porque aparece un fantasma que se llama crisis o un monstruo que se denomina estafa. Si uno ha cumplido con rigor y respeto a la regla y a la tarea no pueden salir ahora unos tíos que cambian la ley porque se han dado cuenta que se pasaron tres pueblos robando, o apropiándose de los bienes comunales, llámelo como quiera, y “los mercados” les exigen que devuelvan lo que robaron descontándolo de nuestros salarios. Si esto ocurre, todo está permitido, incluso la violencia. No seamos idiotas, no hay acto más violento que poner en la puta calle a un empleado cumplidor y respetuoso de normas y horarios, y llevar al hambre a su familia. Terrorismo sin sangre, no da para la foto. Es impresionante el esfuerzo de los jóvenes mineros asturianos porque haya una foto, si es posible con sangre, aunque sea la suya. De no ser así su batalla estará irremisiblemente perdida.

Lo que más irrita a los líderes es cuando alguien les pregunta cómo hemos llegado a este punto. Pues fue muy sencillo: Asturias es un condensado de mafia política y corrupción económica, y si quiere ponerle salsa puede incorporarle dosis de periodismo local. El periódico que marca la pauta, por buen nombre La Nueva España, ha escrito un editorial emblemático; decimos emblemático cuando lo extraordinario supera nuestra capacidad de asombro. “Asturias tiene que tomar las riendas de su destino”. Hay que tener huevos de avestruz, que como es sabido superan en volumen a las otras especies voladoras, para haber cohabitado con la corrupción, la trampa, la subvención, el pacto mafioso, para ponerse estupendo y apelar al destino y las riendas de no sé qué caballo.

No hay destino, caballeros, hay una mierda de presente donde domina la cocaína –Asturias es el principal consumidor de España– y una clase política, que ni es clase ni es política, sencillamente un grupo de compadres de parranda que cantaban Asturias patria querida antes de que se convirtiera en himno. Vamos a vivir un afloramiento astur-txale, variante autóctona del independentismo, pero en plan sidrería y sacar pecho, “venimos del siglo noveno”. Un reciente titular anunciaba los restos de un chaval de hace 49.000 años hallado en las faldas del Sueve: “Niño, asturiano y neandertal”. Ahí queda eso.

Resulta patético escuchar a un joven minero evocando los hitos de la historia que se hicieron leyenda. “Mi bisabuelo se sublevó en el 34, mi abuelo en el 36, mi padre en el 62, y yo ahora, cincuenta años más tarde”. Este chaval voluntarioso olvida los años 80, sus pañales cambiados por el abuelo artrítico y el padre con silicosis, esa peste minera. ¡Ay, Rodiezmo! Esa campa entre Asturias y León, donde cada año, siguiendo un ritual que inventó el PSOE porque había poco de dónde agarrarse, y allí tras un cordero a la estaca, Alfonso Guerra y Fernández Villa, sellaban el pacto del dentista; yo no te haré daño si tú me alivias. El Estado, en la ilustre persona del gran Guerra, y las huestes socialistas en familia, representadas por el padrino de las cuencas mineras, acordaban las subvenciones del presente y del futuro. (Catalunya es otro mundo, ni mejor ni peor, diferente. Entre la campa de Rodiezmo y el restaurante del hotel Majestic donde pactaron Pujol y Aznar hay una diferencia abismal. La que otorga la satisfacción, el gozo. Hay quien disfruta y quien cumple. ¡Si pasa con el sexo, cómo no habría de ocurrir con la política!).

El PSOE tenía especial interés en mantener la leyenda, al fin y al cabo, su sindicato SOMA-UGT no tenía parangón con los restos de todos los naufragios que eran los sindicatos socialistas durante la clandestinidad franquista. Ya sé que lo habré contado alguna vez, pero recuerdo cuando me vi obligado a localizar a sindicalistas socialistas en la zona sur de Madrid, desde la plaza de Atocha hasta los dos Villaverdes. Encontramos a dos ugetistas en una fábrica de la plaza de Legazpi, detrás entonces del Mercado Central. Trabajaban en Manufacturas Metálicas Madrileñas (MMM) y uno de ellos leía a Erich Fromm, al menos llevaba El miedo a la libertad en los asientos traseros del coche. No había nadie más, fuera de una tabernera que repartía los panfletos del socialista disociado Tierno Galván en una tasca infecta de las estribaciones de los barrios de Vallecas y La China, hoy territorios comanches. Estoy hablando de Madrid hacia 1970. Lógicamente la transición les pilló en mantillas. El cordero a la estaca de Rodiezno y su pacto del dentista fueron un hallazgo. Tenían clase obrera asturiana, la de la leyenda minera; mientras la pagaran.

Pero todo eso se fue al carajo sin apenas notarlo, porque la transición en Asturias fue un enjuague maravilloso de reparto de papeles. Te doy un Clarín, por dos Vigones; un Melquíades Álvarez por Cándido y Manolo Avello; un Torcuato Fernández Miranda por dos paisanos gijoneses nacidos en Madrid, Rato y Cascos. La transición asturiana necesita una pluma que la escriba, sin trascendencia, nada de Pelayos ni Covadongas, sencillamente como una historia costumbrista de maíz y berza, mucha berza, y varios señoritos para aderezarla.

De no ser así resulta difícil acercarse a ese mundo de jóvenes mineros airados que creyendo estar luchando por sus intereses, más que legítimos, no han entendido nada de ese juego maléfico del Estado que consiste en dejarles que peleen y que les creen problemas a sus paisanos –una interrupción de carretera o autopista de cinco horas se la bufa al Estado pero exaspera a quien la sufre, que se convierte en adversario– mientras ellos se escudan en ese pacto que nació en la transición y que nadie logró romper; los socialistas y los populares se repartieron los papeles y están muy contentos de haberse conocido. De no ser por Cascos y su intromisión todo hubiera seguido como si fuera la leyenda cantada por los bardos locales. Los mineros hirsutos y los burgueses implacables, cuyos dirigentes mineros y burgueses compartían la misma espicha y las mismas tonadas de Cuchichi-Botón-Miranda y Claverol, los cuatro ases.

Álvarez-Cascos conocía el paño –había ayudado a tejerlo– y rompió el pacto porque no le dejaron otra opción. Y entonces apareció la Sicilia del norte español; nadie puede optar a un cargo si no paga peaje a los padrinos.

Gregorio Morán

La Vanguardia (23.06.2012)

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