¿Es tan mala la señora Merkel?

Angela Merkel

Cada día leo en artículos, o escucho en tertulias de radio y televisión, que una misma persona sostiene que los males de Europa provienen de la falta de liderazgo y, a renglón seguido, se queja de que es la señora Merkel quien lo ejerce. En qué quedamos: ¿hay o no hay liderazgo? Ambas cosas no pueden ser ciertas al mismo tiempo. A su vez, también asistimos a otra paradoja. Los mismos que censuran con vehemencia el disparatado gasto inútil de los poderes públicos españoles durante los últimos años también descalifican a la señora Merkel, con el mismo ardor retórico, por obstinarse en que la UE imponga a España, y a otros países meridionales, políticas de austeridad. ¿Por qué critican a quien está dándoles la razón?

Existe ya un amplio consenso en que una de las causas de la crisis es el excesivo gasto público y privado que ocasiona una creciente deuda externa, también pública y privada, dando lugar a una situación de insolvencia por parte de las administraciones, los bancos, las empresas y los particulares. En más o en menos, por acción o por omisión, aquí han pecado, si no todos, exagerado sería afirmarlo, sí muchos, entre ellos bastantes de los que atribuyen sus propios errores a los demás. Está de moda echar la culpa a políticos, banqueros y empresarios irresponsables. Y es justo. Pero también deben asumir sus culpas, en la medida que las tengan, los ciudadanos.

¿En qué han pecado estos?, me dirán ustedes. Como mínimo en dos cuestiones: en vivir del crédito y de la hipoteca y en no ejercer un control adecuado sobre nuestros políticos. Cuando el banco nos ofrecía una hipoteca cuyo valor excedía el precio del piso que acabábamos de comprar, ¿no se nos ocurría, por un mínimo sentido común y aun sin ser expertos en economía, que aquello era un disparate que no podía durar? Ahí tienen mucha mayor responsabilidad las entidades financieras porque debido a sus conocimientos eran más conscientes del riesgo y, a pesar de ello, nos empujaban a asumirlo sin informarnos del peligro. Pero los particulares también éramos en muchos casos culpables por codicia o estupidez. No escondamos la cabeza bajo el ala.

¿Y no queríamos una escuela en la esquina, una universidad en cada capital de provincia, unas autovías por las que no circulaban automóviles, un tren de la más alta velocidad posible y, por supuesto, un aeropuerto, aunque fuera de juguete, cuando el de verdad estaba tan sólo a unos pocos kilómetros? Todo servicio debe estar lo más cerca posible de nuestra puerta: este era el nuevo derecho creado dentro del eufórico clima de aquellos felices años de la abundancia a crédito.

Y encima nos quejábamos de pagar demasiados impuestos y, como nos quejábamos, nuestros serviciales e incompetentes políticos los bajaban: tenían más interés en que les votáramos en las próximas elecciones que en defender con inteligencia y seriedad nuestros verdaderos intereses, aquellos que tienen en cuenta el largo plazo. ¿Es que no sabíamos que nada es gratis, el más elemental principio económico, como comprobamos en la vida diaria? Porque, además, quien ganaba las elecciones no era quien mejor argumentaba sus propuestas sino aquel que formulaba más promesas. Promesas que pensaba pagar con pólvora del rey, es decir, trasladándolo a estos tiempos, del soberano actual, con pólvora del pueblo. Ahora empezamos a pagar estas demagógicas promesas y parece que la broma se alargará un tiempo.

Por tanto, políticos, banqueros, empresarios, particulares y toda la corte de cada uno de estos grupos (partidos, patronales, sindicatos, ejecutivos, medios de comunicación, universidades), hemos sido responsables. Hemos demostrado que, como los niños en la escuela, no se nos puede dejar solos: necesitamos controles que nos aten para que no hagamos tonterías. Solos somos un desastre. ¿Verdad que estamos convencidos de ello? Pues bien, ahora estamos acusando de ser el malo de la película a quien quiere imponernos estos controles.

Me refiero, como es natural, a la señora Merkel que, efectivamente, ejerce a veces su papel con repelentes aires de señorita Rottenmeier. Pero, ¿no tiene bastante razón la señora Merkel, no nos conviene su mano férrea para ver si de una vez los europeos del sur nos comportamos como adultos y dejamos de ser niños traviesos como la entrañable Heidi? Merkel, naturalmente, nos sirve de símbolo de una cultura cívica y una ética social luterana, hasta puritana si me apuran, de la cual quizás nos convendría, en alguna medida, contagiarnos. Es más, de la que es imprescindible que nos contagiemos si queremos sobrevivir dentro de un mundo nuevo en el que la vieja Europa ya no es la abuela rica de la que sus nietos pueden abusar sin temor a que su fortuna se acabe.

No entro en política económica, de la que no entiendo. No sé si conviene la unión bancaria, los eurobonos o la mutualización de la deuda. No sé muy bien, incluso, el exacto significado de estas palabras. Sólo me refiero a actitudes. Si no nos hemos regenerado a nosotros mismos, bienvenidos sean aquellos que nos exigen la disciplina que no hemos sabido aplicarnos.

Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

La Vanguardia (21.06.2012)

Sé el primero en comentar en «¿Es tan mala la señora Merkel?»

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*


Traducción »