La ‘marinización’ de los espíritus en la UMP

Manuel Valls

Existe una izquierda naíf; existe incluso una izquierda idiota. Es ésa que se alegra de ver a musulmanes integristas comparar la política de Manuel Valls (ministro socialista del Interior) a la de Nicolas Sarkozy, sólo porque defiende el derecho a la seguridad y la laicidad.

Habrá hecho falta bien poco para acercar a la extrema derecha al electorado conservador: una treintena de triangulares y un resultado de tan sólo el 13,6% a nivel nacional para el Frente Nacional (FN). Es algo más que en 2007, cuando Nicolas Sarkozy consiguió cautivar al electorado frontista, pero lejos del récord de 1997 (15% de los votos en la primera vuelta). La diferencia está en otro sitio: el 66% de los votantes de la UMP de hoy desean forjar alianzas electorales con el FN. Es aquí, en esta cifra, donde se juega la ruptura de la presa republicana. No en las alianzas, sino en los espíritus.

Así se comprende mejor la actitud de los dirigentes de la UMP y su decisión de optar por al estrategia del ni-ni: ni FN, ni voto a favor del Partido Socialista (allí donde éste se enfrente al FN). Una no-decisión, en realidad, provocada por la presión de las bases, y que se convierte en una verdadera tortura para personalidades como Nathalie Kosciusko-Morizet. Verla renegar (de sus propias convicciones) hasta ese punto es doloroso para todos los que creen en el compromiso, a veces sincero, de algunos políticos. Pero esta crueldad no ha caído del cielo. Es la consecuencia lógica de una política y de un eje diseñado por Nicolas Sarkozy, Patrick Buisson y sus aliados.

Empezando por los excesos en todos los órdenes, sobre los peligros de la inmigración, sobre la seguridad, sobre los cuerpos intermediarios… Los que han fabricado estos discursos no siempre se los creen. Pero sí lo hacen quienes los escuchan. Resulta difícil hacerlos regresar a los matices. Sobre todo, cuando basta que el FN amague con dar un paso para que la UMP siga corriendo detrás.

Por ejemplo, al manipular unas cuantas banderas extranjeras para celebrar la victoria de François Hollande en la Bastilla (la más visible era la de la oposición siria a Bachar Al-Assad). Por no hablar del rumor, falso, según el que la nueva ministra de Justicia (Christiane Taubira, independiente vinculada al partido radical de izquierdas, PRG) quería amnistiar a los que queman banderas francesas… O alertando contra el laxismo, cuando esta misma ministra de Justicia pretende, de manera fidedigna en este caso, suprimir los tribunales correccionales para menores y los jurados populares. Algo que no es más que devolver la República a su lugar.

Existe una izquierda naíf; existe incluso una izquierda idiota. Es ésa que se alegra de ver a musulmanes integristas comparar la política de Manuel Valls (ministro socialista del Interior) a la de Nicolas Sarkozy, sólo porque defiende el derecho a la seguridad y la laicidad. Es ésa que cree que da respuesta a lo que Laurent Bouvet denomina “inseguridad cultural” al proponer el derecho de voto de los extranjeros en las elecciones locales, pero sin insistir en el necesario respeto a los valores comunes; es ésa que cree que se pueden dar respuestas económicas, pero en ningún caso en el terreno de los valores laicos, que considera propios de la derecha anti-islam.

Esa izquierda existe, pero es minoritaria y está poco presente en el seno del Gobierno. No hay nada racional que justifique la comparación entre el PS con un peligro tan grande como el FN. De igual forma que no es honesto hacer la amalgama entre el Frente de Izquierdas (Front de Gauche, alianza entre el PCF y el Partido de Izquierda o Parti de Gauche, PG, escisión radical del PS) y el FN. El Frente de Izquierdas es un partido antirracista donde resulta desesperante ver que un amigo de complotistas y antisemitas (Réné Balme, candidato del PG a las legislativas) es tolerado. El FN, en cambio, es un partido cuyo credo jerarquiza a los franceses, en el que sorprende que ciertas personas sean excluidas por haberlo recordado con demasiada nitidez. Es toda la diferencia entre la regla y la excepción. Fingir que no hay ninguna diferencia es una decisión política, estratégica, pero que tendrá consecuencias ideológicas.

Caroline Fourest es profesora en el Instituto de Ciencias Políticas de París, Sciences-Po París, y redactora jefe de la revista feminista Pro-Choix

[Artículo publicado en Le Monde el pasado 15 de junio. Reproducido en español con autorización de la autora. Traducción de Juan Antonio Cordero Fuertes]

La voz de Barcelona (19.06.2012)

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