Tertulias ¿de calidad?

Ana Pastor

El domingo pasado, en la sección Tendencias de este periódico, se trató el tema de las tertulias radiofónicas y televisivas, un asunto popular y de gran interés desde el punto de vista de la formación de una opinión pública libre, presupuesto imprescindible de toda democrática. Pues bien, no cabe duda que, actualmente, las tertulias sobre temas que afectan al interés general son un elemento constitutivo importante de esa opinión pública.

Las tertulias radiofónicas diarias son un fenómeno relativamente reciente. Creo que fue Luis del Olmo quién las ensayó por primera vez en un programa radiofónico de la mañana y entre sus colaboradores habituales figuraban, si no recuerdo mal, Horacio Sáenz Guerrero y Santiago Dexeus. Era una tertulia reflexiva y culta, desapasionada, inteligente. Después quizás se añadió el maestro Iñaki Gabilondo en la Ser. Josep Cuní, otro gran talento, tuvo el acierto de incorporarlas en la Catalunya Ràdio de fines de los ochenta. Pero a mediados de los noventa todo empezó a descontrolarse y las tertulias proliferaron por doquier, sobre todo en televisión. Su número actual se acerca casi al infinito.

¿Todas son de calidad? A mi parecer no, sólo muy pocas, casi ninguna. Y me refiero a las de carácter general, aquellas que ayudan a formar una opinión pública libre en el sentido antes indicado, no a las deportivas, las de cotilleo o las de entretenimiento. Veamos, pues, los requisitos que entiendo deben configurar una buena tertulia.

En primer lugar, pluralismo ideológico. En este aspecto, hay que distinguir entre las emitidas por medios públicos y por medios privados. En los primeros, el pluralismo es una exigencia para preservar la neutralidad de un medio que pagamos entre todos. Ello se ha conseguido pocas veces, pero una excepción han sido los programas de los medios públicos estatales de los últimos años, tanto TVE como Radio Nacional. Esperemos que el reciente cambio de director continúe este gran nivel de imparcialidad y de alta calidad, reconocida por numerosos premios, no sólo en las tertulias dirigidas por Ana Pastor y Xabier Fortes (y antes por Vicente Vallés) sino también en los excelentes telediarios de Ana Blanco y Pepa Bueno o el programa de las mañanas que dirige Juan Ramón Lucas en Radio Nacional. Esperemos que sea así y que esta esperanza no sea en vano: sería un grave error interrumpir esta línea de información objetiva y de opinión plural y razonada. En los medios públicos de la Generalitat esta excepción no existe y sólo se invita, en ocasiones, a algún discrepante para disimular. Incluso su reglamento interno es discriminatorio por razón de lengua.

El pluralismo adquiere un significado distinto en los medios privados: si bien es conveniente desde el punto de vista de la calidad -el debate siempre implica, por definición, pluralismo – no es exigible por razones de neutralidad. Las empresas tiene derecho a escoger los límites de su campo ideológico.

El segundo requisito de calidad es el rigor, el grado de conocimiento de las materias tratadas. Aquí medios públicos y privados adolecen de notorios defectos. Ahora mismo se comprueba al escuchar como pontifican sobre la crisis económica contertulios especialistas en generalidades cuya opinión vale tanto como la mía, que soy un absoluto desconocedor de la materia. Cuando ello sucede, y es muy a menudo, lo mejor es cambiar de canal. En estos temas complejos se precisa la voz del experto, aquel que conoce la materia en profundidad y que, acertado o equivocado, plantea razonablemente un asunto: sus fundamentos y posibles soluciones, cada una con sus consecuencias y derivaciones. La prudencia de juicio suele denotar el grado de conocimiento: cuanto mayor es la ignorancia, más contundente es la opinión. Ahí se descubre al incompetente.

El tercer requisito de una buena tertulia es la actitud de sus participantes, especialmente su tono de voz y el estilo de sus gestos. Este no es, como puede parecer, un componente formal sino esencial. Las interrupciones continuas, la sobreactuación, los gritos y exclamaciones extemporáneas, no son mera forma, son fondo: reflejan intolerancia, incapacidad argumentativa, falta de ecuanimidad, negativa al diálogo y a la posibilidad de aprender del otro. En el fondo, son un reconocimiento de la propia ignorancia. Conocer implica escuchar al otro, estar dispuesto a aprender de los demás, saber que en una disputa dialéctica son más importantes los argumentos que la conclusión. Hay que atender las razones del contrario pausadamente, meditarlas y, en su caso, responder de manera argumentada. El guirigay, tan frecuente, es, además, un mal ejemplo de convivencia democrática. Si gana quien más chilla, se trasmite la impresión de que gana la violencia; no la razón ni el espíritu de diálogo. Añadamos, además, una punta de ironía, buen humor inteligente y hasta carcajadas.

Pues bien, si ustedes, lectores, están más o menos de acuerdo en que las tertulias deben reunir los requisitos de pluralismo, rigor y buen tono: ¿cuántas son de calidad? Si las contamos con los dedos de la mano, nos sobran dedos.

Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB

La Vanguardia (7.06.2012)

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